NachoMartínez - COVID-19 Cambio de pantalla

Nacho Martínez. Militante de IU


Hay acontecimientos en la historia que marcan el final de una época y el inicio de otra. Por citar alguno de los últimos ejemplos: la Revolución Francesa o la Rusa, las Guerras Mundiales, la Caída del Muro, etc. No surgen de la nada, antes de visualizarse, esos cambios se ha tenido que producir una acumulación de experiencias históricas prácticamente imperceptibles y que acaban por desembocar en el acontecimiento concreto que marca un antes y un después. Son procesos que pueden durar años, décadas o siglos. 

En la filosofía dialéctica se explican estos fenómenos que afectan a todo tipo de ciencias, también a la ciencia social de la historia. Son pequeños cambios cuantitativos que acaban por producir un cualitativo y viceversa. Es como la ebullición de agua, que no se podría dar sin un suministro de calor previo que provoca dicho efecto.

Es difícil entender los complejos procesos históricos en los que estamos inmersos actualmente pero, parece evidente que, la aparición del coronavirus y la respuesta ante él marcan uno de esos hitos históricos. Podemos considerarlo un accidente en medio de la historia con unas repercusiones tan profundas como imprevisibles, o bien, la forma en la que se visualizan décadas de acontecimientos imperceptibles que nos ponen ante nuestra propia realidad.

Modestamente opino, que está crisis no es una crisis sanitaria, que también; sobre todo es una crisis sistémica, de un modo voraz de producción y distribución ajeno al menor de los raciocinios. El capitalismo ha conquistado el mundo, expandiendo su modelo basado en el beneficio inmediato individual por encima de las necesidades sociales de la humanidad, incluso por encima de las posibilidades ambientales de un planeta que agoniza ante la ingente necesidad de recursos para alimentar al sistema.

Está crisis no es una crisis sanitaria, que también; sobre todo es una crisis sistémica, de un modo voraz de producción y distribución ajeno al menor de los raciocinios


Las deficiencias del sistema que ya se daban, ahora las vemos con meridiana claridad. Incapacidad para hacer frente a la pandemia; falta de medios para frenar la expansión; incapacidad para fabricar materiales imprescindibles y como consecuencia una competencia entre los estados para adquirir en una subasta trágica los medios de protección necesarios, con estafas masivas por en medio.

Hemos visto a dirigentes de estados importantes proponer medidas de darwinismo social, que aplican en lo cotidiano. E insistir una y otra vez en que lo fundamental es la producción, que la industria de los servicios no esenciales no podía parar, etc.

Discursos grandilocuentes de magnates de todo tipo para salir “unidos” de la crisis, haciendo pírricas donaciones caritativas mientras evaden sus impuestos, mueven sus fondos en busca de una seguridad, o explotan a niños través de sus empresas interpuestas.

El sistema se muestra tal cual es, evidencia sus límites, incapacidades y cinismo. Son las zonas más pobres de las ciudades las que más sufren las consecuencias de la pandemia, la gestión privada en las residencias de ancianos ha sido pésima. Camas UCI vacías en hospitales privados mientras los públicos han estado sometidos a una presión inaudita y que solo se ha salvado del colapso total gracias a los funcionarios públicos o interinos, de esos que los liberales quieren eliminar por considerarlos improductivos. Mientras nos muestran la heroicidad de las unidades militares salvándonos con sus desfiles.

Después vienen las advertencias sobre el futuro inmediato. Las amenazas de la caída del PIB, de los daños que va a sufrir la economía nos suenan a un pasado muy reciente, otra vez desde lo público se pretende rescatar a las grandes fortunas. Nos van a pedir sacrificios por el bien común de las élites económicas; o accedemos a sus pretensiones o nos amenazarán con la miseria y el caos.

La realidad se evidencia de manera cruel y desigual. Ya estaba, se acumulan décadas de crecimiento de la desigualdad, pero ahora entramos en otra pantalla, sin ser un juego, nos acercamos al momento que determinará el futuro de no sabemos cuanto tiempo, casi con toda seguridad de otra época.

Época en la que dos ideologías se van a enfrentar. Por un lado, la de aquellos que defienden sus intereses y privilegios aun poniendo en peligro al resto de la humanidad, incluso la propia existencia de vida en el planeta tal y como la conocemos; por otro, los que defendemos una planificación democrática de la economía, atendiendo a la necesidad de preservar y recuperar los recursos naturales, planificando una producción que pueda satisfacer las necesidades de la humanidad.■


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