#JoséRamónVillanueva - Las lecciones de Weimar

Hitler promueve la ley habilitante en el Reichstag, el 23 de marzo de 1933.

Las lecciones de Weimar


En los actuales procesos de involución democrática alentados por grupos de extrema derecha, ya no se producen golpes de Estado como en otros tiempos, sino que la táctica del neofascismo es la de utilizar el sistema y las instituciones democráticas para irlas socavando (y desacreditando) desde dentro. En este sentido, se pueden extraer lecciones (y reflexiones) sobre lo ocurrido en la Alemania de entreguerras, período que coincide con los años del auge del nazismo hitleriano durante los años de la República de Weimar (1918-1933). Recordemos algunos datos.

Tras la derrota de Alemania en la I Guerra Mundial y el derrocamiento del káiser Guillermo II, se inició un nuevo período para la nueva joven República alemana, conocida con el nombre de la ciudad de Weimar, lugar donde se reunió la Asamblea Nacional constituyente, que fue la que elaboró una nueva constitución que pretendió dejar atrás el imperialismo militarista germano, culpable en gran medida de la tragedia de la I Guerra Mundial, de la llamada “Gran Guerra”.

Pese a las esperanzas que despertó la República de Weimar, bien pronto quedó patente la dura realidad, pues tuvo que hacer frente a una gravísima depresión económica y a una constante inestabilidad política y social, circunstancias éstas que propiciaron el ascenso del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP), el partido nazi, liderado por Adolfo Hitler. Por ello, como señalaba Madeleine Albright, el contexto al que tuvo que hacer frente la democrática República de Weimar no pudo ser más difícil, caracterizado por “una Europa rencorosa, una América indiferente y una ciudadanía herida”.

Pero el proceso de destrucción de la República de Weimar fue gradual, tuvo sus etapas y sus protagonistas hasta que culminó con la llegada de Hitler a la Cancillería del Reich en enero de 1933, primer paso para la posterior implantación de la dictadura totalitaria nazi.

A la altura de 1932, con una brutal crisis económica y social azotando a la población alemana y con el asfixiante tema del pago de las reparaciones de guerra exigidas por las fuerzas aliadas vencedoras en la Gran Guerra, temas éstos que serían demagógicamente utilizadas por Hitler para captar un considerable apoyo popular, el semanario socialista zaragozano Vida Nueva se hizo eco en diversos artículos de la situación en Alemania, cuya democracia estaba cada vez más amenazada por el nazismo, a la vez que aprovechaba para denunciar con dureza las crecientes simpatías de las fascistizadas derechas españolas para con la emergente figura de Hitler y su admiración ante el auge electoral del NSDAP.

Por su parte, Hitler era consciente que, tras el fracaso del golpe de Estado de 1923, si quería conquistar el poder tenía que hacerlo de forma gradual y por la vía legal. Es por ello que recurrió a un lenguaje pseudosocialista mediante el cual captó el apoyo de amplios sectores obreros y de los numerosos desempleados que entonces había en Alemania, usando este lenguaje con gran habilidad y demagogia, a pesar del profundo desprecio que Hitler tenía hacia la clase obrera.

Un primer aviso de la amenaza que suponía el nazismo se produjo en las elecciones federales del 14 de septiembre de 1930 en las cuales, ante la proletarización de las clases medias debido a la profunda depresión económica, Hitler canalizó el voto de los descontentos y logró un amplio apoyo entre pequeños empresarios, mujeres, campesinos y jóvenes, lo cual convirtió a los 95 diputados del NSDAP en el segundo partido del Reichtag, tras los socialdemócratas del SPD y seguido del comunista KPD. Especialmente destacable resulta el hecho de que, tras estos comicios, se diluyó el centro político y, a partir de este momento, la pugna electoral se trasladó a los dos partidos de izquierdas (SPD, KPD) frente a la extrema derecha nazi (NSDAP) que contó con el apoyo de otros grupos derechistas.

El siguiente peldaño del ascenso al poder de Hitler tuvo lugar en las elecciones presidenciales, celebradas a dos rondas, del 13 de marzo y del 10 de abril de 1932. En ellas se enfrentó Hitler, apoyado por el NSDAP y todos los grupos nacionalistas de derechas, contra el anciano mariscal Paul von Hindelburg, monárquico y reaccionario, que, pese a ello fue apoyado por el SPD de Otto Wells, con objeto de frenar el auge electoral de Hitler, de quien alguien dijo que era “un hombre enfurecido en una época enfurecida”. Aunque Hitler fue derrotado en la segunda ronda, logró 13 millones de votos (1/3 del electorado) gracias a su perversa utilización del revanchismo germano y de su negativa a que Alemania pagase las onerosas indemnizaciones de guerra que le habían sido impuestas.

Otro de los factores que favorecieron el creciente apoyo político y electoral del nazismo fue la grave involución política de la derecha parlamentaria alemana, cada vez más escorada hacia la extrema derecha, lo cual supuso, además, un serio e irreversible debilitamiento de la democracia representada por la República de Weimar. Así quedó patente tras la caída del canciller Brüning y su sustitución por Franz von Papen (30 mayo 1932).

En las siguientes elecciones federales del 31 de julio de 1932 se produjo un choque frontal entre el Bloque de la derecha, integrado por el NSDAP nazi y el Partido Popular Nacional Alemán (DNVP) y que obtuvo 267 escaños, frente al Bloque de la izquierda (SPD, KPD), al cual se unió el Zentrum católico (DZP), que logró 317 diputados.

Ante una situación políticamente enquistada hubo que convocar nuevas elecciones con la esperanza de que, de ellas, surgiera una mayoría parlamentaria que permitiera conformar un gobierno estable. De este modo, las nuevas elecciones federales del 6 de noviembre de 1932 dieron unos resultados similares a los de los comicios del pasado julio, pese a lo cual el NSDAP perdió 2 millones de votos, se produjo un auge del KPD y un retroceso del SPD, hecho éste último, consecuencia de la suicida rivalidad entre comunistas y socialistas, táctica alentada por Stalin y que dinamitó la imprescindible unidad de la izquierda para frenar al nazismo. Por su parte, Hindelburg, contrario a que el KPD entrara en el gobierno tenía un dilema: seguir convocando nuevas elecciones con muy pocas posibilidades de obtener un resultado concluyente, o encomendar la Cancillería a Hitler. Se decidió por esta última opción y, con ello, cambió dramáticamente no sólo la historia de Alemania sino la del mundo contemporáneo. De este modo, el 30 de enero de 1933 Hitler se convertía en canciller a pesar de no haber ganado una votación parlamentaria, aunque ciertamente lo hizo por medios constitucionales. Como recordaba Madeleine Albright, Hitler llegó al poder “tras haber logrado que millones de alemanes se sintieran atraídos por su figura y sus mensajes”, un demagogo delirante caracterizado por “su ambición criminal, su racismo visceral y su absoluta inmoralidad”. Es por ello que se produjo una dramática quiebra de los valores democráticos entre la ciudadanía germana ya que, como señalaba el antes citado semanario socialista zaragozano Vida Nueva el 13 de febrero de 1933, “la mayoría del país quiere vivir a la voz de mando del tirano, antes que colaborar como ciudadanos libres en la gran obra de la democracia”. La historia posterior es bien conocida y, tras su llegada a la Cancillería, Hitler acabó con la República democrática de Weimar y estableció una brutal dictadura totalitaria.

Lo ocurrido en aquellos dramáticos años en Alemania nos recuerda cómo el nazismo se sirvió de las libertades democráticas para socavar gradualmente, desde la legalidad, la democracia de Weimar. Y en esta tarea, les resultó muy útil el empleo demagógico de los desastrosos efectos de la depresión económica, así como la connivencia y complicidad de las viejas derechas parlamentarias con la extrema derecha y la suicida división de las izquierdas, que fueron incapaces de articular un Frente Popular para contener los zarpazos de la bestia parda nazi. Estas son las lecciones de Weimar que hoy resulta oportuno recordar para estar alerta ante el preocupante auge de los populismos de extrema derecha y de los nuevos fascismos del siglo XXI.■

José Ramón Villanueva
Historiador
jrvillanueva@telefonica.net





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