#JoséRamónVillanueva - La supuesta «conspiración republicana» de Alcañiz de 1821

Panorámica de Alcañiz en 1846. Acuarela realizada por Manuel Vilademunt

La supuesta «conspiración  republicana» de Alcañiz de 1821


En la agitada historia de nuestro siglo XIX, España vivió un breve tiempo de libertad durante el llamado “Trienio Liberal” (1820-1823). Éste, iniciado tras el levantamiento del general Rafael de Riego contra la monarquía absoluta de Fernando VII, intentó llevar a cabo una profunda transformación política, económica y social de España: se restableció la Constitución liberal de 1812, se limitó el poder real, se llevaron a cabo reformas fiscales y territoriales, se inició la desamortización de los bienes eclesiásticos, se estableció la libertad de imprenta y se creó la Guardia Nacional como garante de las conquistas del liberalismo.

En este contexto, entre las reformas liberales y la abierta oposición de la monarquía, el clero, la nobleza y las oligarquías locales, tuvieron también lugar los primeros signos de actividad del incipiente republicanismo hispano. No obstante, como señala Demetrio Castro, el adjetivo “republicano” era, “en buena medida abusivo, porque no puede hablarse en puridad de organización política por aquel entonces ni tan siquiera de un corpus ideológico articulado”. Pese a ello, tuvieron lugar las “conmociones” de 1821 que se registraron en diversos lugares de España y que más tarde los republicanos harían suyas como las ocurridas en Málaga (enero), Barcelona (julio), Zaragoza (septiembre) y Alcañiz (octubre).

Lo cierto, y en ello coinciden la mayoría de los historiadores, es que estas supuestas conspiraciones “republicanas” tenían su origen en los bulos (las “auditonadas”) propalados tendenciosamente por los absolutistas (o “serviles”) para perturbar, inquietar y desestabilizar a las instituciones liberales evocando, de paso, los excesos de la República jacobina francesa. Se pretendía así asociar en la opinión popular el sistema liberal con el desorden, el caos y la “degollina” y, consecuentemente, presentar a la República como sinónimo de anarquía y no como una forma de Estado y un sistema de gobierno alternativo a la monarquía. Como vemos, esta idea tendría un largo eco en el pensamiento tanto de la derecha conservadora como del fascismo español.

Como ejemplo de todo ello, veamos un caso concreto: los sucesos de Alcañiz de octubre de 1821. Se trata de un oscuro motín que, en su origen, fue calificado como de signo “republicano” y, sin embargo, todos los autores que aluden a estos sucesos (García Ruiz, E. Vera y González, Gil Novales o Pedro Rújula), consideran que sus instigadores fueron los “realistas”, los partidarios de la monarquía absoluta. Por su parte, Estanislao de Kotska, señala que, “pretestando (sic) los absolutistas los planes de república soñados por unos cuantos mentecatos, se atrevían a vejar en Alcañiz a las autoridades”, y desarmar “violentamente” a la Guardia Nacional. Lo que parece claro es que el motín de Alcañiz no puede (todavía) calificarse como “republicano” no sólo por la evidente ausencia de una base activa republicana en tan temprana fecha en la capital bajoaragonesa, sino porque la realidad de los hechos parece situarla en la esfera de una estrategia desestabilizadora de los realistas locales. De hecho, el domingo 14 de octubre de 1821, grupos de realistas atacaron a la Guardia Nacional en la Plaza de la Constitución; posteriormente, una multitud se dirigió a las casas de los liberales, saqueándolas en busca de pruebas de una supuesta conspiración “republicana”, situación que fue “consentida” por el Ayuntamiento y que se prolongó durante varios días hasta que llegaron fuerzas del Ejército procedentes de Zaragoza.

Los sucesos de Alcañiz, calificados por Pedro Rújula como “movimiento insurreccional de importantes dimensiones” fueron recogidos en la prensa nacional: la Gaceta de Madrid, en su número del 31 de octubre, señalaba cómo algunos periódicos se hicieron eco de “varios desórdenes ocurridos últimamente en Alcañiz”. A lo largo del texto de la Gaceta, es curioso observar cómo, desde posiciones afines al liberalismo oficialista, se ataca la supuesta orientación “republicana” con algunos de los tópicos que, más tarde, empleará la derecha reaccionaria. De este modo, se señala que dichos “desórdenes” pueden “sumirnos de nuevo en la profundidad del caos”, se contrapone “el grito de las pasiones” a la “razón” y la “justicia”, o que, frente a la “felicidad general” representada por el liberalismo, se contrapone el “desorden” y la “anarquía” republicana. Acto seguido, la Gaceta arremete contra los supuestos republicanos instigadores de los sucesos de Alcañiz, contra la “siniestra y equivocada idea” de “algunos hombres alucinados” que se hallan inspirados por lo que la Gaceta no duda en calificar como “horroroso ejemplo de la revolución de Francia”.

En cuanto a los motivos, pese a la realidad de los hechos, parece no tener dudas sobre el carácter republicano de estos sucesos para, acto seguido, descalificar de plano los ideales republicanos:

“Una república soñada, un miserable pretexto: y decimos pretexto, porque en Alcañiz, aún más que en otro cualquier pueblo de la Península, se debe tener por imposible el que haya pensado nadie en semejante despropósito. Sin embargo, la opinión se había extraviado horrorosamente. Y esta opinión extraviada extravió todavía más la sensatez de aquel pueblo”.

Una vez más, se emplea la recurrente idea del “buen pueblo” manipulado por los “malvados propósitos” de un grupo de “conspiradores”

(republicanos). Por ello, a la hora de buscar al culpable de estos sucesos violentos, se exime al pueblo llano de Alcañiz y, por el contrario, se carga toda la responsabilidad en “los que lo sedujeron, los que lo extraviaron de un modo tan feroz”, razón por la que añade: “es verdad que no se dirigieron [los amotinados] contra las autoridades, sino contra los soñados republicanos; pero sin embargo la autoridad fue desobedecida, la libertad ultrajada, y los imprescriptibles derechos del ciudadano bárbaramente atropellados”.

Ciertamente no hubo “conspiración republicana” en Alcañiz en octubre de 1821, sólo un rumor reaccionario empleado como arma política. En cambio, lo que sí hubo a partir de estas fechas fue una creciente agitación realista contra el liberalismo constitucional y, por ello, Joaquín Capapé, (a) “el Royo de Alcañiz”, será uno de los primeros en levantar partidas armadas. En poco tiempo, nada quedó de aquellos confusos sucesos de una supuesta conspiración republicana en Alcañiz, una zona en la cual se sufrirá durante largos años el embate de la reacción, ahora agrupada bajo las banderas del carlismo, durante buena parte de del agitado siglo XIX, vivido, y sobre todo sufrido, en el Bajo Aragón.■

 


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