#OlgaMontañés - #BAF - 8M

Manifestación del 8M 2018. Plaza España Alcañiz. José Puche

 
Dicen que el movimiento feminista anda revuelto, que hay posiciones irremediablemente distanciadas. Por un lado argumentan que se va a desdibujar el concepto de lucha de las mujeres, incluso que se va a borrar el concepto de mujer si se aceptan otras realidades hasta ahora silenciadas.



Por el otro contestan que hay un feminismo blanco, burgués y poderoso que no quiere perder sus privilegios y mira el mundo desde su atalaya, ya no con gafas moradas sino con las anteojeras propias de quienes se sienten amenazadas por lo diferente.

Oímos por ahí que el feminismo es un movimiento que señala como el problema está en la estructura profunda de nuestro sistema social, que el patriarcado subyace a la práctica totalidad de las culturas que conocemos y pretende erradicarlo, que es un movimiento vivo y revolucionario, sembrado de miradas distintas y realidades diversas y no puede construirse desde la uniformidad.

Y a esto algunas rebaten que los nuevos feminismos están impregnados de posmodernidad, las teorías " queer" no tienen que ver con el feminismo, que hay peligro de perder el norte y distraerse.

Como feminista, es decir, como persona comprometida con la lucha, como mujer que ha sufrido en su trayectoria vital -de diferentes formas, bajo distintos disfraces- el peso del patriarcado, tengo mi propia posición: Estoy con un feminismo que lucha por la igualdad efectiva de todas las personas, inclusivo con todas aquellas realidades minoritarias, invisibilizadas, marginales; un feminismo atento a la injusticia, al abuso de poder, venga de donde venga, aunque venga de dentro; un feminismo que cuida, en definitiva y que nunca ha de dejar de renovarse en una realidad cambiante.

Pero no solo es lucha el feminismo, también es refugio, encuentro, esperanza; es otra manera de mirar el mundo y ahí cabemos todas, todos, todes. Esto es lo que quise reflejar en este poema, escrito hace ya cierto tiempo, sobre la cuestión.

Aquí os lo dejo.

 

Me llaman feminazi, me llaman radical

o simplemente reformista.

(esto último no lo llevo bien.)



Cómo explicar

que yo solo añoro

la cueva, el cado, la madriguera.

La casa nuestra,

donde mirar desde el ventanuco

la guerra ambiente

y planear estrategias para la paz.

Donde me curen las quemaduras

de atizar el fuego que nos calienta

y el compromiso,

intrincado sin remedio con la vida,

me cambie los andares,

y me gradúe las gafas de ver de cerca

mujeres alegres y tristes

que me saludan con risas

y me alimentan

las ganas de cambiar el mundo.



“Y no, no quiero solo la mitad del cielo”

pienso cuando marcho junto a mis hermanas,

quiero ver a nuestro lado

a los hombres justos de nuestras vidas

mientras nos descubren

y nos acompañan,

y a la gente rebelde

que se niega a encajar

en binarias etiquetas

y me enseña a borrar estereotipos.

Quiero su presencia fuerte

en el mundo que imagino.



Seres humanos, seres hermanos

desbrozando este gran zarzal

de conciencias diversas y libres.■

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