La despoblación tiene rostro de mujer


Annabel Roda - periodista freelance
marzo 2020 ACTUALIDAD | FEMINISMO | DESPOBLACIÓN | MUNDO RURAL

El vaciamiento de los pueblos ha conllevado que la población residente pase a estar totalmente envejecida. // A. Roda

Empenta Artieda y Artesa son proyectos que buscan repoblar el mundo rural mirando las necesidades de la población femenina. 

Artieda resiste al invasor como si fuese la aldea gala de Asterix y Obelix y en lugar de legionarios romanos, lo que acecha desde hace décadas a este pequeño pueblo del Pirineo aragonés, en la comarca de la Jacetania, es la despoblación. Un fenómeno que persigue como una sombra al mundo rural donde las mujeres y, sobre todo las jóvenes, son las desaparecidas en una pirámide de población totalmente invertida.


“Llevamos avisando desde los años 70, cuando la política de polos de desarrollo aceleró un éxodo de lamujer que había comenzado unas décadas antes”, señala Luisa Frutos.

El padrón continuo de 2019 del Instituto Nacional de Estadística revela con claridad cómo el peso demográfico de los hombres (44.000) es claramente superior al de las mujeres (32.500) en los pueblos de menos de mil habitantes y cómo tiende a equilibrarse, aunque siempre con mayoría masculina hasta los municipios de entre 10.000 y 20.000 habitantes en los que tradicionalmente se sitúa la barrera del mundo rural. Curiosamente, el número de mujeres es levemente mayor al de los hombres en los núcleos más grandes y en las capitales de provincia. “Llevamos avisando desde los años 70, cuando la política de polos de desarrollo aceleró un éxodo de la mujer que había comenzado unas décadas antes”, señala Luisa Frutos, catedrática emérita de Análisis Geográfico de la Universidad de Zaragoza en declaraciones a Publico.es. Las consecuencias del proceso resultan obvias: “Si hay menos mujeres, hay menos parejas y menos niños; que haya menos mujeres que hombres en edad fértil conlleva una menor natalidad y un mayor envejecimiento de la población“ por falta de relevo, anota la profesora. 


Las mujeres jóvenes son las grandes desaparecidas en los municipios pequeños. // A. Roda


Los cuidados y Empenta Artieda
Hace seis años, Artieda se levantó contra el goteo constante de gente yéndose del pueblo con el proyecto Empenta Artieda -nombre en aragonés que vendría a traducirse por un “Empuja Artieda”-. Un proyecto que busca revertir la despoblación en esta localidad a través de un proceso de investigación de acción participativa y donde son conscientes que el sector joven y femenino es el más escurridizo de atraer a la vida rural. Este proyecto les ha conducido a analizar las necesidades y demandas tanto de la población residente como de aquella que no vive permanentemente y extraer diferentes áreas de trabajo: una de ellas, los cuidados. “Identi-ficamos que teníamos que trabajar los cuidados como área de trabajo sí o sí. A nivel teórico, teníamos claro que la forma en la que se gestionaban los cuidados históricamente ha cambiado y esto ha favorecido la despoblación. Para mí este es el motivo principal”, explica Víctor Iguácel, uno de los integrantes de Empenta Artieda. Durante estos años, el proyecto y concretamente su eje de trabajo en los cuidados se ha centrado en el envejecimiento. “La línea ha sido profesionalizar algunos de esos cuidados para descargar a las familias, principalmente a las mujeres y también atender a aquellas personas mayores que no tenían familia en el pueblo. Gente a la que no está cuidando nadie de manera continuada”, explica María Pulido, una de las repobladas de Artieda tras el lanzamiento de Empenta. 


En los pueblos no hay un sistema de cuidados garantizado de residencias, guarderías, ayudas a domicilio, casas tuteladas… Si no está esto garantizado las mujeres se ven que tienen que ocupar ese rol de cuidar

Según el estudio Diagnóstico de la Igualdad de Género en el Medio Rural, el 66,5% de las personas que convive con algún dependiente en las zonas rurales son cuidadores principales frente al 47,4% en los municipios periurbanos. Y es que la inexistencia de servicios que cubran estas necesidades conduce a sumar otra barrera más al sector femenino. “En los pueblos no hay un sistema de cuidados garantizado de residencias, guarderías, ayudas a domicilio, casas tuteladas… Si no está esto garantizado las mujeres se ven que tienen que ocupar ese rol de cuidar a la gente mayor o los pequeños y es más difícil conciliar”, explica María Barba, trabajadora del único centro rural de la Fundación CEPAIM en Molina de Aragón (Guadalajara).

El vacío de las mujeres jóvenes en los pueblos lo achaca Pulido a la lejanía o carencia de servicios de cuidados de infancia, pero también a la falta de trabajo. 


La división sexual del trabajo se acentúa en el mundo rural donde las mujeres cargan con más énfasis de los trabajos de cuidados. // A. Roda


Empleo y mujeres en el mundo rural
La falta de oportunidades para las mujeres es otro de los factores clave del declive del mundo rural. “El problema para las que se quedan es que no tienen trabajo, ni siquiera en el sector agrario”, apunta Frutos, lo que las lleva a emplearse en actividades como la agroindustria, a menudo de carácter artesanal, o el agroturismo, “que no dejan de ser una prolongación de su actividad doméstica“, además de en los servicios.

En el centro de Molina de Aragón de la Fundación CEPAIM se han dado cuenta que la única manera prácticamente de fijar población es a través del autoempleo. “El empleo, a primera vista, se analiza que es el problema pero no es tan fácil. No hay tanto empleo público y ni privado”, dice María Barba. Desde 2016 esta fundación ha puesto en marcha el proyecto Artesa, un programa para la mejora de la empleabilidad de las mujeres rurales. “Los primeros años hemos fomentado la motivación y la puesta en valor de los pequeños proyectos que pongan en valor los recursos de la zona; hemos creado espacios de encuentro entre las mujeres para que se puedan producir sinergias. Los dos últimos años hemos asesorado más individualizado y estamos recogiendo los frutos”, afirma con tono positivo. “Hay proyectos en marcha que ya lo estaban antes, pero ahora ya se encuentran totalmente regularizados. Después del trabajo hecho, algunos proyectos se han consolidado y están en marcha de forma oficial como una cervecería artesanal o una nutricionista”, explica. 


“Se corre el riesgo de que cualquier mujer que venga al pueblo tiene que enfrentarse a la inercia de asumir las dinámicas machistas que hay en la localidad”


A pesar de la puesta en marcha y asentamiento de determinados proyectos, muchos se han quedado por el camino. “Había un montón de ideas del sector agroalimentario pero la burocracia y la legislación complican extremadamente” que se conviertan en realidad estas iniciativas en una comarca como la de Molina de Aragón. La integrante de la fundación explica: “Unas mujeres querían montar una quesería en un pueblo de 7 habitantes y les pedían la misma burocracia que a la nacional García Vaquero. El propio sistema ha ido apagando a los proyectos agroalimentarios”.

Las facilidades administrativas en cuanto a legislación o flexibilidad fiscal deberían estar a la orden del día para fomentar el desarrollo rural desde la visión de Barba. Así como, facilitar el acceso a la vivienda tan compleja en los pueblos.

Más allá de los recursos
A primera vista, el acceso al trabajo y la vivienda, la falta de recursos y la carga de cuidados se apuntan como los principales frenos a la hora de que las mujeres retornen o se queden en la zona rural, pero hay engranajes detrás. En palabras de Iguácel, “se corre el riesgo de que cualquier mujer que venga al pueblo tiene que enfrentarse a la inercia de asumir las dinámicas machistas que hay en la localidad”. En esas dinámicas se incluyen que las mujeres accedan o no a los espacios de poder sean ayuntamientos o asociaciones; cuestionar la organización de las familias y lo que se considera natural en el cuidado dentro de ellas; así como repensar qué valor se le da a una actividad remunerada o no remunerada.

En Artieda, aunque su trabajo se ha centrado en el cuidado a mayores, son conscientes de la necesidad de introducir el género como perspectiva al proyecto y favorezca así que el pueblo sea un lugar más habitable para las mujeres. Un camino que ni siquiera se ha empezado a pensar, pero del que Pulido divisa los posibles primeros pasos: “Habría que fortalecer mucho y facilitar que las mujeres del pueblo accedan a esos espacios de toma de decisiones. Adaptarlos, tener en cuenta los horarios, empezar con espacio específico para mujeres y luego, ir viendo si se puede incorporar a otros espacios. Lo que sí que creo es que hay que contar con todas las mujeres del pueblo sino hay voces que no se están escuchando”
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