15 de mayo 2011: Plazas llenas, urnas vacías

Miguel Ángel Sanz Loroño - Doctor en Historia - marxenelaula@gmail.com
mayo 2021 | 15M | DEMOCRACIA | CRISIS 2008 

La Puerta del Sol en Madrid durante el 15M

Se cumplen 10 años de la eclosión del 15M. Un movimiento de indignación que llenó las plazas de una España que había dejado en la estacada a millones de jóvenes sin futuro, sin casa y sin trabajo. Los temblores de este terremoto provocaron un tsunami que echó por tierra el prestigio la transición española y el régimen del 78, el bipartidismo y la credibilidad de la corona, entre otros asuntos.

Hay fechas que tienen aire de fin de época; otras, en cambio, parecen una efeméride mortuoria. A diez años del 15 de mayo de 2011, el sentido del “15M” aún se nos escapa, aunque, a buen seguro, no fue un día cualquiera. Quizá por estar a solo una década vista, quizá por ser parte de una crisis más amplia, no se puede calibrar del todo las consecuencias de este acontecimiento. No cabe duda de que la explosión de indignación moral que llenó las plazas de jóvenes, hasta entonces, alienados de la vida política, es un hito importante en nuestra vida. Sin este estallido repentino, el PSOE, que es el auténtico soporte del régimen, no hubiese pasado el calvario que pasó durante los siguientes años, y, por tanto, no estaríamos donde estamos, con un gobierno de coalición por vez primera en ochenta años. De hecho, sin el 15M es probable que la mitificada Transición, ya puesta en duda por el fenómeno de la recuperación de la memoria represaliada a partir del año 2000, no hubiese dado lugar a la revisión radical que ha sufrido; y la Constitución que la resume y engloba, no sería conocida hoy por una parte considerable de la población como el “candado del 78” o el “régimen del 78”.

 

Y estalló la burbuja...

Hay acontecimientos que no pueden ser bien explicados, y, por ello, dan lugar a palabras que los nombran y renombran todo lo pasado. El 15M es, sin duda, uno de ellos. 2011 señala el comienzo del final de una época, que es la del bipartidismo borbónico restaurado en 1977. Inaugurada la democracia liberal actual en 1977, los padres de la cosa constitucional tuvieron en el turnismo entre dos grandes partidos, el conservador y el liberal, el modelo de funcionamiento para el futuro. A la altura de 2011, tras tres años de una crisis de sobreproducción de ladrillo devastadora, el sistema comenzó a resquebrajarse con el escape de gas, que no explosión, del 15 de mayo. La gestión del gobierno socialista, que incluyó recortes presupuestarios asociados con la derecha, abrasó al presidente José Luis Rodríguez Zapatero, a la sazón buque insignia del progresismo en el gobierno. Lo de copiar la política económica de la derecha no era, sin embargo, novedoso, pues la cosa venía de largo, como poco, desde los tiempos bárbaros de Boyer y de Solchaga, cuando forrarse, o soñar con hacerlo, era lo primero que tenía que hacer un buen ciudadano en el paraíso socialista de la entrada en Europa y la reconversión de la industria en un desierto. Fue Zapatero quien aflojó el impuesto de sociedades y eliminó el impuesto de patrimonio en la época alcista del ciclo económico. Fue Zapatero, ayudado por luminarias tecnocráticas liberales como Pedro Solbes y Miguel Sebastián, el que negó la existencia de una burbuja inmobiliaria sobre cuyo crecimiento enloquecido se había cimentado el vuelo de Ícaro del reino.

A la altura de 2008, el presidente pudo decir sin temor al ridículo que España estaba en la Champions League de la economía europea, y se podía mirar a Italia por el retrovisor de la motocicleta de gran cilindrada que montaba. Pero el crecimiento iba dopado hasta las cejas de deuda privada, mientras que la pública permanecía en un confortable 35 por 100 del Producto Interior Bruto. Con salarios mileuristas, que se sufrían porque la ideología liberal -aspiracional y meritocrática- prometía ascender socialmente hasta el reparto de prebendas, la ratio de endeudamiento se elevó a los cielos y las hipotecas tocaron el techo. Solo hizo falta que en Estados Unidos el sistema exigiese convertir en contante y sonante los pagos de unas cuantas hipotecas para que todo colapsase. Con varios millones de casas vacías, la sobreproducción de ladrillo, única industria, junto con los coches y el turismo, del reino borbónico, inició una crisis clásica, agravada por la dramática ausencia de soberanía monetaria. Con la cascada de concursos de acreedores y despidos, las deudas privadas se hicieron públicas; la recaudación del Estado se hundió en los infiernos y tuvo que pedirse prestado hasta la calderilla.

El Estado aguantó hasta donde pudo, que era poco, como se vio en el Plan tímidamente keynesiano de Zapatero, llamado Plan E en un síntoma inequívoco de cutrerío metafórico y de impotencia fiscal. Este impulso anticíclico acabó en nada, porque España, desde hacía más de veinte años, lo había fiado todo a la playa, al ladrillo y a Europa. Liquidados los dos últimos, solo quedaba el primero, pero con eso no alcanzaba. Sin tener la capacidad para devaluar moneda, solo podía acudirse al recorte del gasto público y a la devaluación de los salarios para hacer los productos más competitivos. O eso, al menos, es lo que se dijo en la prensa y en el Congreso calcando el discurso de la derecha. Muy a su pesar, pero afirmando que lo haría costase lo que le costase, Zapatero sacó la tijera y se abrió las venas en sede parlamentaria por el bien del reino y la estabilidad de la Hacienda.

Es sabido que de hombres buenos está la escombrera de la Historia llena. Y de renuncias y derrotas saben los primeros tanto como la segunda. Con un Estado tragándose la deuda privada a dos carrillos y sujetando con un hilo a millones de parados, comenzó a extenderse el olor a putrefacción y a fin de época. Olía a sueños quemados en todo el reino, menos en los palcos y en los reservados, donde ese misterio de la plusvalía siguió haciendo su magia solo para los iniciados. El resto del personal contemplaba atónito cómo ese misterio de la Economía (con mayúsculas se escribía entonces, de tanta reverencia que se le tenía a la cosa oscura y a los brujos que la custodiaban) devoraba vidas enteras y carreras apenas comenzadas, miradas que se perdían en las expectativas incumplidas y en los proyectos desguazados en los impagos de alquileres e hipotecas. Toda una selva de palabras nuevas estalló como si fuese una inmensa herida abierta, tanto en la ideología aspiracional de la clase media, que veía en la educación un ascensor social y en el mundo una Disneylandia, como en las posibilidades de la clase trabajadora, recortadas drásticamente por los despidos y los hachazos presupuestarios. En este embrollo, en este mundo de un único sistema posible sin alternativa, solo los que podían hacer dinero sin moverse de su silla iban a salir ganando.

Bailada con ganas la milonga de la meritocracia y celebrado con euforia el crecimiento sustentado en la deuda y el ladrillo, la música se detuvo de repente, sin apenas preverlo. La juventud se quedó sin silla, pues no ameritaba ni a una pensión ni a un subsidio. La curva del paro ardió como la escarlatina y la gestión política de la crisis, inane e incapaz, hizo el resto. El pacto constitucional, es decir, las promesas hechas en torno al Estado del Bienestar solidificado en los años de 1980 a cambio de la reconversión industrial, se disolvió lo suficiente como para lanzar España a una crisis de representación política. De esta crisis se intuía la entrada, pero no la salida. De ahí bien podía pasarse a una crisis de legitimidad del Estado, que podía implicar a todas las instituciones, incluyendo la jefatura, o, a la más grave de todas, una crisis de hegemonía, que podía suponer la completa desorganización tanto del poder del Estado como del poder político de la clase que lo dirigía. Por suerte para los dueños del tinglado, la lectura fue más moral que política, y las consecuencias en términos de representación habrían de esperar varios años hasta que surgieron en escena los partidos del politólogo de la audacia Pablo Iglesias y del inefable vendedor de seguros Albert Rivera.

Por el momento, la lectura estuvo lejos de la fundación de un nuevo partido que canalizase el descontento en las urnas, de un asalto al Palacio de Invierno o de una huelga general revolucionaria. Estos dos últimos extremos, propios del siglo XX, habían quedado descartados en Europa después de la victoria liberal de 1989. La respuesta, por tanto, fue la impotencia, el desconcierto y la rabia. Qué engaño ha sido éste, se lamentó la juventud de España, qué estafa ha tenido lugar allí abajo, en ese reino oscuro de la economía. De una manera u otra, la farsa liberal, cebada por todos los ministros de economía y toda la prensa salmón y amarilla, había terminado. España reventaba de deuda y paro, de hipotecas impagadas y de ausencia de soberanía fiscal y monetaria. Las perspectivas eran, como poco, desoladoras.


Y comenzó el 15M...

Frente a tanta impotencia, las plazas, vacías durante la edad dorada del ladrillo, florecieron de gritos al cielo y de esperanzas frustradas. La España que no conoció ni la Transición ni la dictadura, sino la modernización socialista y todas sus promesas de adosados y recompensas meritocráticas, se reunió fuera de los centros comerciales, las celebraciones deportivas y las colas del paro para encontrarse por vez primera. No nos representan, gritaron los que habían dado por buenos mil euros al mes, hipotecas a cuarenta años y una afiliación sindical ridícula. Como hidalgos de medio pelo desposeídos de lo más valioso, se vieron con títulos que no valían lo que les había costado, con certificados de idiomas que todo el mundo tenía y con una sensación de ser acreedores a un futuro que nada, en verdad, les debía. Sin experiencia organizativa ni política en muchos casos, para una gran parte de los que acudieron a las plazas fue un bautismo inesperado, un descubrimiento de realidades que habían permanecido ignoradas por todos, empezando por ellos mismos. Ante la afluencia masiva, el Estado contuvo el aliento, sabiendo que estas partidas se juegan siempre a largo plazo. Afloraron los campamentos, surgieron estantes y se practicó la democracia. No la formal, sino la que ha temido el liberalismo desde el principio de sus días, cuando se negó en redondo, al menos hasta finales del siglo XIX, a aceptarla. Se habló de todo, se adueñaron del tiempo y del espacio públicos, y, tras un coletazo de la policía del Estado, que mordió como acostumbra, se deseó algo nuevo que nadie conocía.

Ante la juventud indignada, el Estado esperó paciente. Él, y nadie más, era el verdadero dueño del tiempo y del espacio. Después de unos comienzos atrabiliarios, Rubalcaba comprendió que esas palabras eran desahogos que arderían en la noche como chispas de un incendio que no iba a prender ni en Moncloa ni en Zarzuela. Lo único, en el fondo, que quería esa gente, pensó Pérez Rubalcaba, era volver al momento previo en el que Lehmann Brothers cayó como un borracho contra la acera. Más allá de la indignación no había mucho, pensó, quizá nada. Es sabido que lágrimas y fábulas no hacen daño de cuando en cuando. Todo lo contrario. Como un padre comprensivo pero severo, el gobierno reconvino, aconsejó y pastoreó mostrándose él, también, indignado. Así chispeó la primavera hasta terminar agostándose, desolada, en la reforma constitucional que el Estado perpetró para satisfacer al Minotauro que vivía en Europa.

En la canícula de agosto, el Parlamento se puso firme para salvaguardar la honra crediticia del reino. Libra de carne tras libra entregada a sus acreedores, España temblaba de fiebre, deudas y paro. Ya en los huesos, Europa llamó al presidente. Otra libra más, le ordenó por teléfono y por carta. Y entonces, en lo oscuro del laberinto donde los economistas fingen ver más que el resto, se hizo un pacto como los de siempre, como se llevan haciendo desde que se fundó el turnismo por el bien, se empezó a decir entonces, de los mercados. Porque España, que tributaba diez puntos menos que Francia, no tenía otra manera de regar sus plantas que pedir el agua prestada a quien le sobraba. Y Zapatero, que ya no perseguía horizontes a esas alturas, pero sí arrastraba sombras del pasado, asintió cabizbajo de nuevo. Cueste lo que le cueste, dijo para el que no le había oído primero. Y así cumplió con lo dicho, sin que el reino entendiese bien en qué consistía ese artículo 135, en el que grabó en bronce el pago de la deuda por encima de todo derecho.
 

El principio del fin del bipartidismo entre otros temas

Con el reino puesto en almoneda y la juventud alienada de las siglas socialistas, Zapatero adelantó las elecciones y anunció su retirada. Encorvado por millones de parados y una derrota que le había hundido la sonrisa, el presidente cedió el testigo a Pérez Rubalcaba, que aceptó el encargo por ambición, primero, y por sentido de partido y de Estado, segundo. Con Rubalcaba al mando, el estallido de mayo, esa fisura de juventud y rosa muerta que se abrió en el sistema bipartidista, no habría ocasión para que el PSOE se acercase a lo innombrado. Rubalcaba se defendió con su esgrima habitual, pero la estadística era una ametralladora que disparaba, inapelable, cientos de datos y de desgracias.

Con la primavera agotada y el crédito del reino más o menos asegurado, Rajoy golpeó a Rubalcaba con la Historia de su lado. Derechazo tras derechazo, el Estado, el Madrid cortesano y los casinos, los palcos y los despachos, tiraron la casa por la ventana para llevar al gallego trotón a La Moncloa. Vaciadas las plazas, las urnas, en cambio, no se llenaron de gritos, sino de votos para los de toda la vida. Izquierda Unida, partido que a priori debía de recoger el descontento, apenas cogió aire después de la catástrofe ocasionada por la sangría del voto útil y esa calamidad llamada Gaspar Llamazares. El PSOE perdió más de cincuenta diputados; el PP, en cambio, arrasó con sus votos de siempre, porque las derechas que vencieron en 1939 votaban como un solo hombre por entonces, y, pasada la pelea actual en torno al reparto del botín presente y futuro, el horizonte de la unión se presenta otra vez en lontananza.

Victorioso, el Partido Popular montó su tradicional balcón de mayorías absolutas. Llena de banderas rojigualdas y gaviotas que se preparan para la rapiña, la noche madrileña vibraba con la estridencia de la música cañí y pepera. La España del adosado, de los náuticos y del jersey de punto cruzado sobre los hombros, había entregado el gobierno a los de toda la vida. Esta era la última carta de la baraja fabricada en 1978, aunque nadie de los allí presentes, ni los altos funcionarios que sonreían como marrajos, ni Mariano Rajoy, que botaba feliz ante el Madrid cortesano, tenía idea de cuán profundo era el agujero por el que se iba a desaguar el bipartidismo, el prestigio de la Corona y la estabilidad de las instituciones. Años después, al final de la gestión cicatera y reaccionaria de Rajoy, marcada por los escándalos de corrupción, la devaluación salarial y los recortes sociales, la levadura del 15M, levantada en mareas en defensa de los derechos sociales y plataformas de afectados por las hipotecas y la subida de los alquileres, el 15M derivaría, a costa de secar todo este tejido social, en un nuevo partido político. Este partido, que se presentó como heredero de aquel momento, puso los pelos como escarpias a un grupo social, el de la Corte y los cortijos, el de los despachos climatizados y los reservados, el de los secretos y los corrillos, que había pensado que el fin de la Historia, ese grito de euforia neoliberal lanzado tras 1989, había caído del cielo como una bendición bíblica.■





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