Deng Xiaoping: Pequeño gran hombre

Miguel Ángel Sanz Loroño - Doctor en Historia - marxenelaula@gmail.com
febrero 2021 | HISTORIA | CHINA | DEN XIAOPING


Testigo en primera fila de los acontecimientos de China durante el siglo XX, ascendió a los cielos y cayó al infierno bajo el mandato del Gran Timonel Mao Zedong. Muerto éste cogió las riendas del imperio oriental sentando las bases de la gran potencia, con aspiración hegemónica, en la que se ha convertido China.

En febrero de 1997 murió una de las personalidades más importantes del pasado siglo, el dirigente chino Deng Xiaoping. Nacido en 1904, Deng tuvo una vida llena de años interesantes. Venido al mundo en un imperio decadente y crecido en una república turbulenta, militó por una república comunista, cayó en desgracia en la Revolución Cultural y dio el sello definitivo a la actual República Popular China. De estatura pequeña, pero de sombra enorme; decidido, pero prudente. Deng fue el propio siglo XX. Pocas palabras se le escaparon, y todas las que dijo dieron en su blanco. Hábil para callar en los momentos oportunos, huir en los desesperados y golpear en los críticos, con el tiempo, la experiencia y las lecturas, Deng aprendió a posar como un sabio oriental, silente y conciso, capaz de asombrar a un hombre hecho a todo como Felipe González y de resumir una situación en un aforismo de resonancias oraculares. Carente del culto a la personalidad que devoró a Mao Zedong, los retratos y estatuas en honor a su figura no abundan como setas, pero su pensamiento, elevado a doctrina fundamental del Estado, señala el camino que China desbroza desde hace más de cuarenta años. Deng cogió el timón de la inmensa república china en 1978 y todavía hoy, aún después de muerto, lo sujeta con fuerza en las figuras de sus sucesores.

Hombre crucial para unos, providencial para otros y, simplemente para los últimos, un arribista, Deng tiene hoy la categoría de fundador de régimen, al igual que Mao o, remontándonos más de dos mil años en la historia nacional, profusamente fabricada como cualquier otra, a Qin Shi Huang, primer emperador de la China unificada allá por el siglo III a. C. Entonces, más incluso que ahora, China bullía como un continente o, incluso, un mundo entero. De hecho, China era referida por los todopoderosos funcionarios (mandarines) imperiales como el “Imperio del Centro”1. China era la civilización y Asia, por extensión, constituía las afueras pobladas por gentes, a veces hostiles, como los mongoles del norte, a veces amigables o ridículos, como los viajeros de la Europa medieval y renacentista, brutal e ignorante, a la que los mandarines chinos veían como el trasero de Asia o su apéndice.



La época decadente de China

Eurasia ha sido, y es, el gran continente. Quien domina su centro, da cuerda al reloj del mundo y lumbre al infierno que lo mueve. Hasta el siglo XVIII China dominó la manija del asunto, pero la expansión colonial y la revolución industrial auparon a Europa y hundieron a una China encorvada sobre sus mandarines y tradiciones. De descubrir el papel y la pólvora a ser obligada a fumarse el opio que los británicos les vendieron para disgusto de los chinos y regocijo de los europeos. Cerrada a cal y canto a los extranjeros, China fue abierta al comercio a cañonazos ingleses. Tras el bombardeo de sus puertos, el Imperio del Centro firmó la paz con los bárbaros anglosajones en el Tratado de Nankín (1842), que permitió al imperio británico quedarse con Hong Kong durante más de un siglo y medio. Una vez hollados los puertos, las potencias europeas comenzaron a fabular con el mercado chino y con el reparto de mercancías e influencias. La derrota china marcó una época en la geopolítica mundial, señalando el paso de la luz de un extremo a otro de Eurasia. El Imperio del Centro se convirtió en el Lejano Oriente, un Estado enfermo y decadente en claro contraste con el Japón modernizado según los modelos occidentales.

La situación ardió finalmente a principios del siglo XX, cuando la rebelión de los bóxers mostró a las clases medias, intelectuales y profesionales, todas las miserias de un imperio a la deriva. China se había convertido en un problema histórico que debía ser resuelto para asegurar la propia supervivencia. Así pensaba Sun Yat-sen, fundador del partido nacionalista Kuomintang, enfrentado a la dinastía Qing de la emperatriz Cixi. Aislada en el cielo de la Ciudad Prohibida, Cixi murió en 1908 dejando al niño y heredero Puyi sin la llave para salvaguardar su trono. En 1912, el último emperador de China fue depuesto por una revolución republicana nacionalista. Otro periodo más, se temió, de convulsiones y guerras en la accidentada historia nacional. Con la república proclamada, China entraba en el siglo XX a lo bravo, aunque Puyi siguió viviendo en las dependencias palaciales del pasado, como si el cielo no hubiese caído sobre todas las ciudades y, en menor grado, sobre todas las provincias.



Los inicios de Deng Xiaoping

En una de ellas nació Deng Xiaoping. Nada en su infancia presagiaba que el rumbo de un continente dependería de sus palabras, lo que habla de la contingencia histórica que rehízo China de abajo arriba durante el siglo que entraba atropellándose. De una familia rural acomodada de Sichuan, recibió, bien es cierto, una educación internacional poco común. Enviado a Francia al final de su adolescencia, allí conoció a Zhou Enlai, futuro primer ministro comunista y estratega sin igual, y se dio de bruces con el marxismo. Deng se vio deslumbrado por las soluciones propuestas por la Revolución rusa. El siguiente viaje, obviamente, lo llevó a la Unión Soviética, donde adoptó el comunismo como solución al problema chino. Regresó a su tierra bullente de ideas y de militancia, y con la ecuación leninista del socialismo como solución a los problemas de China: la electrificación del país más los soviets. Nada más hacía falta.

Este pragmatismo soviético, de hecho, no le abandonaría nunca. Una vez en China, apoyó el pacto con el Kuomintang para sostener la república, hasta que el nuevo líder del partido, Chiang Kai-shek, salió por sus fueros dictatoriales y antimarxistas. Los comunistas huyeron y se inició un periodo de guerra civil que no terminaría, realmente, hasta la proclamación de la República Popular en 1949 y la expulsión del Kuomintang a Taiwán, donde Chiang Kai-shek, primero, y su hijo, después, gobernaron con mano de hierro durante cuarenta años. Durante este periodo el Partido Comunista sufrió unas penurias de corte bíblico. En todas ellas anduvo, con más o menos gloria, Deng Xiaoping, ascendiendo en el escalafón a medida que los cuadros caían en la represión organizada por el Kuomintang o en la Larga Marcha que Mao lideró entre 1934 y 1935.

Partidario de la línea prosoviética en un principio, la experiencia comunista en Jiangxi, donde se había puesto en marcha una república socialista, le llevó a adherirse a los postulados “ruralistas” de la estrella en ascenso de Mao. Cercada la república comunista por el Kuomintang y abandonada por la cúpula prosoviética del partido, Mao y los suyos, entre los que Deng se encontraba, salieron en un éxodo de antología. De los más de ochenta mil personas que iniciaron la marcha, llegaron vivos apenas diez mil. En el trayecto de más de doce mil kilómetros, el partido se refundó con Mao como líder, el obrero industrial fue sustituido por el campesino en el imaginario revolucionario, y Deng ascendió otro peldaño más hacia el protagonismo.

El camino, incierto, era largo, y la historia, de nuevo, actuó caprichosa y salvaje. En 1937, Japón, que ya controlaba Manchuria, inició la segunda guerra mundial en Asia por su cuenta. Deng se hizo cargo de la propaganda como comisario político contra el invasor japonés. Allí hizo y deshizo por delante y por detrás, labrándose el futuro a fuerza de conocer a todo el mundo, recordar sus debilidades y pasar facturas de favores convertidos en deudas. Lo suyo no era poner la cara ni señalar la Luna como Mao, sino manejar la tramoya para que la obra saliese a gusto del que hablaba con metáforas. El pragmatismo, confirmó de nuevo, era la mayor de las virtudes en política. Vencido Japón, Deng fue enviado al suroeste para expulsar al Kuomintang de sus últimos reductos. Sin perder ninguna ocasión para acumular méritos y poder, Deng ganó adeptos y reclutó brazos que lo aupasen a los escalafones superiores del nuevo régimen. El momento ministerial había llegado.



Xiaoping en su ascenso al poder

Durante su periodo como ministro de Finanzas y gerifalte del Partido, Deng estrechó lazos con el primer ministro Zhou Enlai, prudente y discreto ajedrecista de la política, y Liu Shaoqi, otro pragmático del marxismo adaptado a las condiciones chinas. Mao era el símbolo y el timonel indiscutible, pero después de la catástrofe provocada por su Gran Salto Adelante (1958-1961), que sembró el agro de inanición y muerte, Shaoqi y Xiaoping comenzaron otra larga marcha hacia el lado menos utópico del socialismo. En otras palabras, el problema de China, o China como problema, permanecía intacto, muriéndose esta vez no de falta de paz y de unidad nacional, sino de hambre. A partir de este desastre, que pretendía emular el éxito cuantitativo de la industrialización soviética, Deng, Shaoqi y, mucho menos significadamente, Zhou Enlai, fueron reduciendo a Mao a mero símbolo, a emperador sin cetro y sin bastón de mando. China necesitaba un cambio. Mao iba forjando uno en su cabeza, pero fue Zhou Enlai quien habló primero, y lo hizo en la dirección opuesta.



La Revolución Cultural China y la caída de Xiaoping

Para el primer ministro, China debía realizar cuatro modernizaciones vitales en la agricultura, en la industria, en la defensa y en la tecnociencia. Los medios o tácticas, que siempre son motivo de bronca, los calló a sabiendas. Que cada uno entendiese a su gusto y manera. De democracia liberal nadie dijo nada porque nadie la tenía en la cabeza. Los pragmáticos lo entendieron a su modo, tal y como expresó en su célebre “sea del color que sea, lo importante es que el gato cace ratones”. A Mao, huelga decirlo, este le dejaba como el líder supremo, pero amenazaba con arrebatarle la China que él pensaba haber creado. Como un Saturno asediado o un rey Lear desquiciado, Mao asaltó la razón desatando una feroz lucha por el control del castillo. Perdida la cúpula del partido en favor de los pragmáticos, recurrió a los guardias rojos y a los comunistas de a pie, especialmente a los jóvenes, para derribarlo todo hasta los cimientos. La Revolución Cultural, con la que el tercermundismo europeo, especialmente el parisino, tuvo sus consabidas alucinaciones escapistas, hundió a China en el marasmo económico, las purgas contra el conocimiento y los campos de reeducación maoísta. Qué buen pronóstico, se felicitó Mao, todo es caos bajo los cielos.

Entre los caídos en desgracia estuvieron Liu Shaoqi y Deng Xiaoping. Liu murió en la sombra de la condena y del secreto. Desapareció, simplemente. Deng fue detenido, despojado de cargos y honores, y enviado a la reeducación forzosa en el destierro. En el proceso, su hijo quedó parapléjico. La historia, contingente y salvaje, daba otra vuelta de tuerca al estilo chino y arrojaba a Deng al ostracismo. Paciente, esperó a que la tormenta amainase, ahogada en su propio frenesí, y, una vez muerto Lin Biao, jerarca militar adicto al poder, comenzó a tejer su vuelta a las moquetas y a los burós de la hoz y la espiga. Pidió el correspondiente perdón que Mao exigía a todo el que le llevaba la contraria. Entonces, el Gran Timonel lo recibió con una sonrisa de las suyas, amplia y taimada, como la de una bestia legendaria salida de un acertijo o un enigma. Volvió a caer, sin embargo, cuando Zhou Enlai, mudo pero intocable, murió arrasado por el cáncer. Los disturbios estallaron y Deng recibió la cuota de culpa que correspondía a los “derechistas” y “aburguesados”. Todos los gerifaltes vivos lo conocían tanto como él a ellos, y todos, incluido Mao en sus alturas, le temían porque Deng sabía dónde estaban los tigres y los cadáveres.



Y el gato se puso a cazar ratones

Finalmente, los tigres de Mao, que de papel tenían poco, se devoraron a sí mismos entre el desconcierto y la furia. Muerto el Gran Timonel en 1976, la llamada Banda de los Cuatro pretendió seguir con la ira revolucionaria, pero desaparecido el Padre, estos epígonos fueron liquidados en un periquete. La burocracia del partido había dicho basta, temerosa de más desorden y cansada de tanto mirar por encima del hombro o de las verjas. Un desconocido, Hua Guofeng, fue el designado para sentarse en el trono. Pero Guofeng era un hombre de paja, carente de prestigio, lo que en la cultura política china significaba carecer de poder. Guofeng echó mano entonces de la única leyenda que aún respiraba. Así le llegó la hora a Deng Xiaoping, superviviente de todo. Capaz, miembro de primera hora de la epopeya comunista, héroe de las victorias y víctima de las desgracias, Deng mandó parar y explorar la vía propuesta por Zhou Enlai. El momento pragmático, la solución al problema chino, había llegado. Hua acaparó cargos; Deng acumuló el prestigio de un oráculo. Y en China eso era decirlo todo.

De las cuatro modernizaciones se pasó a los cuatro principios fundamentales. Se puso fin a la Revolución Cultural y se lanzó una campaña contra el crimen. Visitó Estados Unidos y aceleró el reconocimiento diplomático por parte de éste en detrimento de Taiwán, que reclamaba ser la auténtica China. Devuelta la estabilidad al Estado, Deng propuso el crecimiento como meta. No se puede, afirmó, repartir lo que no se tiene. El gato, por tanto, debía cazar todos los ratones del vecindario. Así pasó China de la furia al esfuerzo, de la lucha contra las elites del partido a la modernización económica, del caos a la normalidad burocrática. La “reforma y apertura” hacia la industrialización y el capitalismo de Estado había comenzado.

Para ello, se revertió con tiento la colectivización de la tierra, sin incurrir en ninguna tormenta privatizadora. China era abrumadoramente rural y un éxodo masivo a las ciudades no podía soportarse de manera alguna. El Estado, sujetando los recursos estratégicos y las vidas y milagros de la población, dejó que floreciese el mercado interno una vez satisfechas las cuotas estatales. Las provincias, por su parte, pudieron experimentar con diferentes políticas “criptocapitalistas”, siendo la de Sichuan, lugar de nacimiento de Deng, una de las más exitosas. Xiaoping sacó sus lecciones y las lanzó hacia el futuro en forma de electrificación más burocracia disciplinada.

Para evitar el caos de una emigración masiva y la violación flagrante de los principios maoístas, Deng creó las llamadas “zonas económicas especiales”, que debían servir de locomotoras del crecimiento. Shenzhen fue la primera. Le siguieron otras, y el crecimiento, sustentado en las exportaciones, satisfizo todos los temores occidentales y todos los sueños orientales. Entre 1978 y 2010 China creció en torno a un 10 por 100 anual, llegando en años como 1984 al 15 por 100. Puesto el mundo chino a toda máquina, tiró del crecimiento del planeta inundándolo de productos “Made in China”. A su vez, China actuó de mercado de fantasía para inversores y vendedores. Sin embargo, el Partido Comunista no renunció ni al monopolio del poder ni a la planificación, aunque se aflojaron los estándares y las asignaciones a cargo del Estado. El mercado repartiría los recursos a partir de ahora disparando con ello el frenesí del crecimiento, la inflación y la desigualdad económica. La corrupción fue un corolario inevitable, y el choque entre las nuevas capas medias y el gobierno, entre la moral socialista y el acaparamiento burocrático, un hecho consumado. La quinta modernización, la referente a la democracia, olvidada tanto por Zhou como por Deng, resurgió salvaje en la primavera de 1989.



La masacre de Tiananmen

Tras un primer momento de vacilación, Deng, un anciano de más de ochenta años con temblor de manos, puso su prestigio en juego al autorizar la salida de los tanques a la calle y la posterior masacre de Tiananmen. Renuente a un baño de sangre, temió más, sin embargo, una vuelta a la Revolución Cultural. Semejante giro de los eventos era imposible a esas alturas, pero Deng había visto tantos volantazos en su vida que no se fiaba ni de la suerte ni de la historia. En el ínterin de sus dudas shakesperianas, le llegó el golpe que le enturbió la mirada durante una breve época. Zhao Ziyang, el delfín que lo acompañaba de cerca y lo había asombrado por su gestión en Sichuan, se suicidó políticamente al hablar en favor de los manifestantes. Nunca más volvió a aparecer en cargos de relevancia ni en la calle. La plaza del sucesor quedó vacante, porque Deng, cansado, sabía que tenía el tiempo contado. Jiang Zemin aprovechó el momento para cubrir el vacío y encaramarse a lo más alto. Astuto y cortante, controló la situación como gobernador de Shanghai evitando la matanza que sí tuvo lugar en Pekín. La sangre cercó la Ciudad Prohibida, y Deng no quiso bañarse en ella. Cansado y dubitativo, renunció al único cargo que ostentaba y dejó a Zemin el liderazgo nominativo, pero no el prestigio, inmenso, que lo seguía.



Un país, dos sistemas

La combinación de mano de hierro en política y mano invisible en economía eran, sin embargo, irreversibles. Retirado de todo y a punto de cumplir noventa años, en 1992 viajó por el sur buscando árnica para sus cuitas y solución a sus dudas. Cual Nicolai Bujarin, vio que el capitalismo como instrumento había creado una riqueza solo soñada por los más optimistas, y, cual Buda pragmático, bendijo el enriquecerse para mayor gloria de China. Se reconoció la economía privada como un “sector importante” en la Constitución comunista. Al poco tiempo, el sector privado superó al público en su aportación al Producto Interior Bruto. La privatización y la futura entrada en la Organización Mundial del Comercio señalaron la línea del horizonte. Pero antes de eso, dos espinas coloniales debían sacarse con pinzas o con yuanes.

La cultura política china se ha movido siempre dentro de sus ricas tradiciones locales, es decir, entre Confucio y Lao-Tsé, entre la jerarquía y la armonía, entre el mandato y la paradoja, entre la obediencia y la desobediencia, entre el nacionalismo y el universalismo. La importación marxista fue, en el caso de los pragmáticos, pasada por el tamiz confuciano. El nacionalismo, por tanto, es un componente fundamental del Estado chino, y lo que antaño se consideró una táctica adecuada, después, sin cambiar el rictus ni las palabras, se modificó por otra. Da lo mismo, porque el Partido tiene citas de Marx, Engels y Mao para todo. El objetivo, en cambio, seguía siendo idéntico: resolver el problema de China devolviéndola, en pocas palabras, al Centro.

Así pues, Deng bendijo el camino capitalista y la descolonización de Macao y Hong Kong como regiones especiales basadas en la fórmula de “un país, dos sistemas”. En pleno auge oriental, ni Gran Bretaña ni Portugal pudieron resistirse al reclamo, y cedieron las colonias a cambio de que China respetase, durante medio siglo, una cierta autonomía política. Deng, que miraba continentes y décadas, dijo adelante a su manera, porque cincuenta años, pensó, son nada. Y la posibilidad de un tratado similar con Taiwán bien valía el gesto y la espera.

No pudo, sin embargo, ver cumplida la transferencia de soberanía. Devorado por el Parkinson, Deng murió meses antes de que Hong Kong pasase a manos chinas. Falleció, en cambio, convencido de haber agotado la vida. Para sorpresa de él mismo, este hijo de provincias había restituido a China como Imperio del Centro. China ya no era un problema. Cuatro años después, el país entró en la OMC y se preparó para aceptar legalmente la propiedad privada y el lucro como una forma adecuada de contribuir al engrandecimiento del Estado. Hoy se abre al mundo, pero lo hace protegida. El sector público es la mitad de importante que el privado, pero su capacidad de inversión y gasto solo es comparable a la norteamericana. Su deuda es alta, pero se la debe a sí misma. Confucio señala el camino; Mao, símbolo omnipresente, mira sin magnetismo. Porque son los hijos de Deng los que diseñan la nueva Ruta de la Seda, compran tierras en África y toman decisiones a varias décadas vista. El legado de Deng está a salvo en la doctrina del actual Partido Comunista. Xi Jinping así lo atestigua. El pequeño gran hombre de Sichuan, que tuvo una vida inopinada e interesante, sonríe enigmático, pero confiado, porque el Imperio del Centro nunca se movió de su sitio.■







Bibliografía

Anderson, Perry y Chaohua, Wang, Dos revoluciones comunistas en el siglo XX: Rusia y China, Madrid, New Left Review/Traficantes de sueños, 2017.

Fairbank, John King, Historia de China: siglos XIX y XX, Madrid, Alianza, 1990.

Vogel, Ezra F., Deng Xiaoping and the Transformation of China, Cambridge, Harvard UP, 2011.

 


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