#AlbertoDíaz - Entre Ícaro y Frankenstein: El cerebro: la última frontera



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Aunque al final del artículo les propongo una serie de lecturas, en esta ocasión no voy a analizar títulos  o autores concretos, sino a sugerirles una amplia reflexión sobre un tema complejo. A partir de este texto, ustedes pueden ampliar sus conocimientos con los libros que les recomiendo. Pero antes piensen un poco en lo que sigue.

William Blake, el poeta, grabador y pintor inglés del siglo XVIII, lo cantó en un poema enigmático, místico y brillante: “Para ver un mundo en un grano de arena,//y un cielo en una flor silvestre,//sostén el infinito en la palma de tu mano//y la eternidad en una hora”. Nuestro cerebro es ese grano de arena en la inmensidad del universo. Es un milagro de la evolución cuyo origen jamás podremos conocer. Creer o no en la “casualidad” cósmica que química y orgánicamente ha producido este milagro, que escondemos en nuestra cabeza cada uno de nosotros, o lo atribuyas a un Ser Trascendente, lo cierto es que hemos sido favorecidos y dotados de un instrumento prodigioso que apenas ahora en pleno siglo XXI comenzamos a conocer en su amplio poder. Los miles de millones de neuronas que lo constituyen, con sus sinapsis innumerables, son tan complejas y abundantes como los astros que siembran el universo visible y como él, es un misterio, encerrado en un enigma y repleto de incógnitas insondables.

Como en la fábula de Ícaro nuestro cerebro esconde las alas que pueden llevarnos como especie a los espacios más ignotos e imprevisibles, pero también muestra una vulnerabilidad y unas limitaciones que tal vez convendría no ignorar, no sea que acabemos como el pobre Ícaro estrellándonos contra el suelo de la realidad, cuando el sol de la Naturaleza derrita las alas de cera. Y, por otra parte y ya entrando en la tecnología que trata de replicar al cerebro humano y mejorar sus potencialidades, ¿no estaremos encubando el huevo de la serpiente, no llegaremos a concebir una criatura pseudo humana o demasiado humana , que acabe siendo un monstruo destructivo?

El modelo  a estudiar es sideral: ochenta y cinco mil millones de neuronas conectadas unas con otras en miles de sinapsis, forman un escenario sobrecogedor: las “selvas impenetrables” de las que hablaba el pionero de la neurobiología, Santiago Ramón y Cajal, hace 150 años.

En estos años los avances han sido sorprendentes pero aún no hemos descorrido del todo el velo mistérico que envuelve el cerebro. Tenemos una visión, como diríamos, de “foto a foto” y ya se sabe que el cerebro es un sistema emergente que funciona como una película, así que los científicos están variando su modelo de acceso y estudio. Las capacidades cognitivas, el pensamiento, las ideas, la creatividad, se encuentran en algún lugar de ese tejido que genera la mente humana. El cerebro es, pues, lo que somos.

Nuestra personalidad es un concepto dinámico que cambia e interactúa con su entorno y aún no sabemos cómo y en qué lugar del cerebro se produce. Y eso no lo averiguearemos si no podemos ver la actividad cerebral en su totalidad, si no tenemos un mapa visible de todo el cerebro. Exactamente como si lo “miráramos desde arriba” asegura el profesor de la Universidad de Columbia, el neurobiólogo, Rafael Yuste, que trabaja en un proyecto global e interdisciplinar llamado “Brain” que más que ahondar en los misterios del funcionamiento cerebral está diseñando y creando las herramientas que en un próximo futuro podrán hacerlo.

Pero las ciencias auxiliares, sobre todo las computacionales y la ingeniería genética ayudada por técnicas láser comienzan a experimentar la manipulación cerebral en animales, desde fuera del cerebro. Esas técnicas abren las puertas a interfaces cerebro-ordenador que pueden ayudar a personas con parálisis a mover miembros robóticos, como sus brazos o piernas. Ya se experimenta con electrodos implantados en pacientes de patologías como Parkinson, psicosis, depresión, bipolares. Las tecnologías que se están innovando permitiría a los neurólogos entrar en los circuitos cerebrales del paciente para comprobar y mejorar su funcionamiento.

Esto supone un mundo de posibilidades que da un poco de vértigo. Y de miedo. Ya hay científicos que alertan sobre las “avances” de la neurotecnología, aliada y combinada con la robótica y la IA, la inteligencia artificial. Nos acercamos al “síndrome de Frankenstein”. Las sutiles fronteras de la ética respecto al desarrollo tecnológico íntimamente relacionado con el cuerpo humano, principalmente el cerebro, instaura una problemática no sólo de signo legal y moral, sino económico, de diferencias de clases, de privilegios de los más poderosos, de control político y de las grandes corporaciones: un corpus complejísimo  de casuísticas que requerirían el estudio y control internacional de especialistas en bioética, derecho, finanzas, junto a los científicos relacionados con las ciencias del cerebro y la neurocomputación.

El futuro no nos pertenece, lo construimos en nuestro presente día a día. Si ahora ignoramos o minusvaloramos la importancia de regular  esta problemática compleja y esencial para el género humano, pondremos en peligro mucho más que la libertad humana: nuestra propia humanidad.

Un grupo internacional de científicos, juristas y filósofos han elaborado una incipiente propuesta base para empezar a regular, o al menos mentalizar al mundo de la tecnología y del poder, un código ético que estructure legalmente lo que el futuro está apresuradamente haciendo presente. Formular una serie de neuroderechos que sean aceptados por la comunidad internacional y elevados al rango de ley, antes de que sea demasiado tarde.

La defensa de la privacidad mental

No sólo de los datos (como los que ya aprovechan y manipulan las grandes corporaciones, Google, Facebook, Twiter, etc.) sino la intimidad de los pensamientos que pueden ser  rastreados por electrodos no invasivos. Freud alucinaría con esta forma de explorar el subconsciente y Asimov se horrorizaría al ver que el código robótico es una broma comparado con lo que nos viene encima. Lo que piensas define quienes somos. Los neurodatos, nuestra identidad, es propiedad de la persona y no objeto de mercadeo.

El derecho básico a poder tomar nuestra decisiones

Lo que antiguamente se llamaba el libre albedrío, es substituido por los algoritmos. Ellos pueden conseguir variar nuestros gustos y condicionar nuestras decisiones. Y sin sistemas cerebrales invasivos, sólo conectándonos a la red. ¿Verdad que esto les suena demasiado actual?

Ya se está trabajando en la mejora cognitiva como resultado de un especial tipo de implantes. Esa tecnología será patrimonio de las grandes fortunas, de una clase que pueda pagarse  el convertir un cerebro mediocre en el de alguien preparado para multitud de habilidades idiomáticas, técnicas, jurídicas, entre otras, ahorrándose los esfuerzos que requiere el aprendizaje. Se creará una clase nueva, los superdotados en determinadas disciplinas junto a los pocos que lleguen por sus propias dotes… y el resto, muy por debajo. Se pide que se regule ese crecimiento cognitivo inducido y que sea equitativo y solidario con todas las clases sociales. ¿Creen que eso será viable? Lo dudo. A mi parecer los sesgos de diferencia poblacional como origen, sexo, economía, minorías raciales o religiosas, se agudizarán y volveremos a esos temores postapocalípticos de una bipolarización radical, entre los poderosos, inteligentes e ilustrados y una mayoría  destinada a servir a la clase dominante. Esperemos que se quede en ciencia-ficción.

 


Bibliografía sugerida:

Y EL CEREBRO CREÓ AL HOMBRE. - Antonio Damasio. Booket.

EL RIO DE LA CONCIENCIA. -Oliver Sacks. Anagrama.

EL FUTURO DE NUESTRA MENTE. -Michio Kaku. DeBolsillo.

LA CONQUISTA DEL CEREBRO. Daniel Tammet. Blackie Books.

LOS TÚNELES DE LA MENTE. Massimo Piatelli. Crítica.

THE GAME. Alessandro Baricco. Anagrama.

PSICOPOLÍTICA. Byung-Chul Han. Herder. TODO EL MUNDO MIENTE. Seth Stephens Davidowitz. Capitán Swing.

 


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