
Walid Ayadi preside la Asociación de Inmigrantes del Bajo Aragón y conoce de cerca una realidad que se repite cada campaña agrícola: la llegada de trabajadores temporeros a los pueblos de la comarca y las dificultades que muchos encuentran para vivir, desplazarse y trabajar en condiciones dignas. Ayadi denuncia la falta de vivienda, el descontrol en el transporte, los abusos laborales y la escasa planificación institucional. Pero, sobre todo, pide mirar a los temporeros como lo que son: personas con derechos, familias, responsabilidades y voluntad de formar parte de la comunidad.
P. Cuando escucha la palabra temporero, ¿qué cree que se está dejando fuera de esa definición?
R. Muchas veces, cuando hablamos de trabajadores temporales, solo se piensa en personas que sirven para trabajar. Como mano de obra para coger fruta o para hacer cualquier tarea. Pero se olvida que son personas, que tienen vida, responsabilidades, familias y derechos. No son solo trabajadores. También son vecinos e incluso familiares.
P. Usted es presidente de la Asociación de Inmigrantes del Bajo Aragón. ¿Qué realidad se encuentran cada año cuando empieza la campaña agrícola?
R. Cada campaña llegan personas de muchas edades. Vienen jóvenes, familias, gente con papeles y gente sin papeles. Y cada año la situación va peor. Antes venía mucha gente con documentación, con un jefe, y entraba directamente a trabajar. Ahora vienen familias con niños, jóvenes que no saben dónde vivir ni dónde ir. Nosotros intentamos orientarles, ayudarles a buscar trabajo o, si falta comida, ponerles en contacto con la comarca, Cáritas u otras entidades. Pero podemos hacer poco. No tenemos local, no tenemos material. Trabajamos por teléfono y con la colaboración de la gente.
P. Se habla mucho de la llegada de trabajadores, pero menos de sus condiciones de vida. ¿Cuál es hoy el principal problema: el trabajo, la vivienda, los papeles o la convivencia?
R. Todo es importante, pero la vivienda es lo más urgente. La gente que viene aquí no encuentra dónde vivir ni dónde dormir. No hay suficientes casas, no hay habitaciones, no hay albergue. Hay personas que duermen al lado de los campos, en edificios, en la calle o dentro de coches. Ese es el problema más grave.
Han reclamado en varias ocasiones un albergue para temporeros. ¿Por qué consideran que es tan necesario?
Porque es necesario para evitar problemas y para que la gente viva una vida digna. Una persona que termina de trabajar tiene que poder ducharse, descansar y dormir en una cama. Si no tiene un hogar, pasa todo el día trabajando al sol y pensando dónde va a descansar por la noche. En otros pueblos, cuando saben que llegan trabajadores para dos o tres meses, se preparan alojamientos y recursos. Aquí, cuando hablamos de eso, a veces nos dicen que quien viene a trabajar tiene que buscarse la vida. Yo pienso lo contrario: las autoridades del pueblo también son responsables.
P. ¿El transporte está también descontrolado?
R. Sí. Hay furgonetas que llevan gente cobrando dinero y no sabemos bien de quién son. El transporte tiene que estar controlado. No podemos olvidar accidentes en los que han muerto trabajadores que solo venían a ganar dinero para sus familias. Si una persona tiene contrato y va a trabajar, no puede jugarse la vida para llegar al campo.
P. A veces se dice que faltan trabajadores para el campo, pero también que sobran inmigrantes en los pueblos. ¿Cómo convive con esa contradicción?
R. En campaña no sobra gente. Todo el mundo trabaja. Lo que pasa es que el mercado laboral no está bien organizado. Antes el INAEM organizaba más las cosas. Ahora hay personas que dicen tener empresas, coches o contactos, apuntan trabajadores, hacen altas o no las hacen, y falta control. Mucha gente vive en Caspe, pero trabaja fuera, en otras zonas. Por eso parece que hay demasiada gente aquí, pero no todos trabajan aquí.
P. ¿Cree que el Bajo Aragón reconoce suficientemente la aportación económica y social de la población inmigrante?
R. No lo suficiente. Muchas actividades económicas, especialmente el sector agrícola, dependen de su trabajo. Sin esa mano de obra, muchas campañas no saldrían adelante. Pero todavía falta reconocimiento. Se habla de los trabajadores cuando hacen falta, pero no siempre se piensa en cómo viven.
P. ¿Siguen apareciendo abusos o malas prácticas laborales durante las campañas?
R. Sí, y hay miedo a denunciar. Una persona que viene tres o cuatro meses a trabajar no quiere perder el empleo ni quedarse en la calle. Por eso acepta trabajar más horas, cobrar menos o pagar transporte. Hay empresas que no cumplen el convenio. También hay sitios donde las cosas han mejorado con organización sindical, asambleas y diálogo con los jefes.
P. ¿Qué papel juegan las mujeres migrantes en esta realidad?
R. Un papel muy importante, aunque mucha gente no lo ve. La mujer marroquí, por ejemplo, puede llegar sin madre, sin padre, sin amigas y sin idioma. Se levanta a las cinco o seis de la mañana, prepara a los hijos, ayuda al marido, trabaja también, cocina, lleva a los niños y les ayuda con los deberes. Sostiene la vida de la familia. Hay que escuchar más a las mujeres para conocer su realidad.
P. ¿Qué le diría a un vecino que mira con recelo la llegada de temporeros o de población migrante a su pueblo?
R. Yo intento no discutir con quien no quiere escuchar. Pero somos humanos. Todos queremos cambiar la vida del mal al bien, convivir, hablar con los vecinos y vivir tranquilos. Hay gente que no habla bien español, pero trabaja mucho y somos orgullosos de ellos. Lo importante es escuchar y conocer la historia de las personas.
P. Si pudiera sentar en una misma mesa al Gobierno de Aragón, ayuntamientos, agricultores, entidades sociales y vecinos, ¿qué medidas pediría?
R. La primera, alojamiento obligatorio. Los temporeros no son animales, necesitan un alojamiento digno. Si una persona viene con contrato, tiene que tener un lugar digno donde vivir. La segunda, transporte controlado y seguro. No se puede dejar a la gente en manos de cualquiera. La tercera, organizar el empleo y aumentar las inspecciones. No puede ser que haya casas con 30 o 35 personas, intermediarios sin control y trabajadores cobrando por debajo de lo que corresponde. No podemos quedarnos con los brazos cruzados. Si se organiza bien, gana todo el mundo: los trabajadores, los agricultores y los pueblos.
¿Te ha gustado este artículo? Compártelo