Como director del Instituto de Estudios Humanísticos (IEH) anticipé a comienzos del pasado mes de abril que las tres escenas de las pinturas murales góticas del castillo de Alcañiz, que aparecen en este resumen como FOTOGRAFÍAS 1, 2 y 3, cambiarían de interpretación histórica en esta tercera entrega descubriendo algo muy grande para Alcañiz y para nuestra historia nacional e internacional. Y así lo hice con mi ponencia Decodificación humanística de las pinturas murales góticas del castillo de Alcañiz, III (¿Una comitiva de caballeros abandonando una ciudad amurallada? ¿Tres damas dolientes y un caballero? ¿Un encuentro entre dos reyes?) que clausuró el III Curso Interdisciplinar de Humanidades «La Semana Santa a través del Humanismo alcañizano» que se ha celebrado en el Palacio Ardid de Alcañiz durante los días 27 y 28 de marzo.
Es más, no solo he cambiado de rumbo la interpretación de dichas escenas, sino que he descubierto la existencia de cartelas identificativas y explicativas que, aunque mal conservadas, constituyen la base metodológica más sólida para la investigación que unirá para siempre el nombre de Alcañiz a algo tan grande como la primera reconquista hispana del Peñón de Gibraltar de 1309 y a una serie de personajes de primerísima fila, como podrá comprobarse.
Abrí mi ponencia haciendo ver que esas tres escenas habían sido estudiadas por distintos investigadores desde mediados del siglo pasado con el denominador común de pensar que respondían a distintos hechos del reinado de Jaime I el Conquistador (intento de tomar Albarracín, conquistas de Murcia o de Villena, vistas de Alcaraz, asistencia a la boda en Burgos de Fernando de la Cerda y Blanca de Francia, etc.), pero que no estaban conectadas entre sí. Es más, en esa falta de coherencia temática se llegó al extremo, desde los comienzos mismos de la investigación, de intentar unir la escena del caballero y de las tres damas dolientes con la escena del supuesto salvaje y la doncella, que ya interpreté el año pasado como Jeremías y la Virgen de Israel bailando de alegría junto al Árbol de Jessé por el anunciado retorno de los israelitas desde el Cautiverio de Babilonia.
Recordé, además, que entre los estudiosos había ya voces que hacían ver que los datos no cuadraban y que reclamaban que la investigación había de abrirse también a épocas posteriores y coetáneas al propio tiempo en que suponían que fueron pintadas, esto es, entre finales del siglo XIII y el XIV.
Frente a dichas investigaciones anteriores postulé que esas tres escenas tienen como protagonistas principales a Fernando IV de Castilla y de León y a Jaime II de Aragón en su decisión de unirse para luchar contra el reino nazarí de Granada y, más concretamente, como ya se ha dicho, para reconquistar el Peñón de Gibraltar, cuestión muy bien estudiada por distintas y magníficas investigaciones entre las que destaca el espléndido libro sobre el monarca castellano realizado por el profesor César González Mínguez.
Haciendo un resumen de todas las investigaciones hasta ahora realizadas, cabe señalar que ambos reyes, tras encontrarse, a principios de diciembre de 1308, dos días en el Monasterio de Santa María de Huerta y otros dos en Monreal de Ariza, acordaron atacar al reino nazarí de Granada dentro de la llamada Batalla del Estrecho.
Ese acuerdo se plasmó por escrito el 19 de diciembre del mismo año en el llamado Tratado de Alcalá por haberse celebrado en el Palacio Arzobispal de dicha ciudad. Allí se decidió que el 24 de junio de 1309 Fernando IV comenzaría la «cerca» de Algeciras y Jaime II la de Almería. Este último se comprometía igualmente a ayudar al sultán meriní Abul-ur-Rabí Sulaymán a conquistar Ceuta que se la había arrebatado el reino nazarí de Granada.
Jaime II se comprometía también a enviar para dicha operación diez galeras y cinco leños poniendo al frente a sus dos mejores marinos, esto es, el almirante Jasper de Castelnou y al vicealmirante Eimeric de Bellveí, personaje este último cuya valentía y destreza serían comparadas entonces con la del legendario Roger de Lauria.
Al margen de proyectar esta magna empresa bélica, Castilla y Aragón cerraban sus pasadas diferencias proyectando el enlace matrimonial del príncipe aragonés Jaime, de 12 años, y Leonor de Castilla, nacida poco antes en 1307, enlace este que no se efectuaría de hecho por rehuirlo el propio príncipe Jaime.
Fernando IV salió de Toledo para dicha operación militar a finales de mayo o principios de junio de 1309 tras haber convocado las Cortes de Madrid (las primeras realizadas en la hoy capital de España) para pedir ayuda financiera tanto en Castilla y León como ante el Papa Clemente V, a quien le rogó que declarara como «cruzada» su empresa bélica y que concediera la indulgencia plenaria a todos los que participaran en ella. El sumo pontífice accedió tanto a esto último como a sufragar la guerra contra Granada concediendo la décima de todas las rentas eclesiásticas por tres años.
Tras pasar por Córdoba, Sevilla y Jerez de la Frontera el monarca castellano llegó a Algeciras el 27 julio, más de un mes después de lo acordado.
Lo mismo sucedió con Jaime II, que no llegó a Almería hasta el 11 de agosto. No obstante, la flota del monarca aragonés había apoyado ya a los benimerines en la conquista de Ceuta, que tuvo lugar el 20 o el 21 de julio.
En este contexto y contando con la ayuda de la flota aragonesa, Fernando IV puso en marcha la reconquista de Gibraltar tanto por su interés bélico como por su valor simbólico, dado que, como indica su etimología (deriva del árabe Ŷabal Tāriq, esto es, «monte de Tāriq»), el peñón se llama así en homenaje al general bereber Tāriq ibn Ziyad, quien estuvo al frente del desembarco de las fuerzas omeyas en el año 711 d. C. que marcó el comienzo de la conquista musulmana de la península ibérica.
El monarca castellano decidió atacar por todas partes a Gibraltar, mandando que por tierra (esto es, por lo que hoy es La Línea de la Concepción) lo hicieran el arzobispo de Sevilla, don Fernando Gutiérrez Tello, las milicias del concejo de esta ciudad, el noble Juan Núñez de Lara y el infante Juan Manuel (el mismísimo autor que escribió El Conde Lucanor) y por lo alto (a donde hubieron de subir por la parte sur y más baja l del peñón) el ilustre Alfonso Pérez de Guzmán (es decir, el mismísimo Guzmán «El Bueno») y la Orden de Calatrava con su Maestre, García López de Padilla, a la cabeza.
Por su parte, la flota aragonesa y castellana, comandada por el almirante Jasper de Castelnou y el vicealmirante Eimeric de Bellveí, impidieron que los sitiados recibieran ayuda por mar.
Pero lo más sobresaliente de esta gran hazaña bélica es que el héroe de Tarifa hizo gala de su destreza militar, construyendo una torre para defensa de sus tropas y atacando la fortaleza de Gibraltar con dos «engeños», esto es, con dos catapultas que lanzaron innumerables grandes piedras que obligaron a una rápida rendición de sus 1125 habitantes a finales de agosto, que fueron deportados al norte de África, posibilitando así la triunfante entrada de Fernando IV el 12 de septiembre de 1309.
A nadie se le escapa la brillantez de la operación militar que López de Padilla, que participó en ella, inmortalizó en el castillo de Alcañiz, del que era comendador y donde pasó tanto tiempo de su vida y, en especial, en los años finales de la misma.
Al hilo de esta idea señalé que fue una suerte que López de Padilla decidiera inmortalizar la hazaña, pues la realidad es que la Crónica de Fernando IV no menciona ni su intervención personal ni la de su orden. Téngase en cuenta, precisé, que hoy sabemos que el filioagonesismo del Maestre de la Orden Calatrava no era muy bien recibido en la corte castellana.
El primero en constatar la participación de López de Padilla en la primera reconquista de Gibraltar fue Jerónimo Zurita, quien en sus famosos Anales de la Corona de Aragón hizo partícipe al mismo del éxito de tan rápida como brillante operación bélica.
Constaté, además, que existen diversos documentos, algunos ya publicados y otros inéditos en el Archivo Histórico Nacional, con donaciones de Fernando IV a López de Padilla que mencionan su participación en la «cerca» de Algeciras y que, al tener el primero de ellos fecha de 5 de septiembre de 1309, obliga a pensar que la generosidad del rey era fruto de la actuación del Maestre de la Orden de Calatrava en la reconquista de Gibraltar.
Una vez señalado y documentado todo esto, pasemos hora a hacer ver mi verdadero trabajo al conectar las tres citadas pinturas murales góticas de la planta noble de la Torre del Homenaje del castillo de Alcañiz con todo lo expuesto y haciendo ver cómo encajan perfectamente en dicho hilo narrativo.
El encuentro de los dos reyes de la parte superior del Arco I - Lado Sur (FOTOGRAFÍA 3) se corresponde con el encuentro de Fernando IV y Jaime II en las proximidades del Monasterio de Santa María de Huerta a primeros de diciembre de 1308.

Por otro lado, la escena del Muro Oeste con el caballero y las tres damas dolientes (FOTOGRAFÍA 2) no tiene nada que ver con la de un supuesto auxilio a la bella secuestrada por un salvaje, como se ha postulado, sino que se trata, en realidad, de la salida del rey Fernando IV de Toledo, a finales de mayo o principios de junio de 1309, para sumarse a la Batalla del Estrecho. Las tres damas dolientes no son otras, de izquierda a derecha, que la reina María de Molina, madre de Fernando IV, la reina Constanza de Portugal, su esposa, e Isabel de Castilla, su hermana mayor (recuérdese que la menor, Beatriz de Castilla, vivía en Portugal donde se crio en la corte del rey Dionisio I con su prometido el infante Alfonso, después futuro rey lusitano).
De otra parte, la identificación del castillo del Muro Sur - Lado Norte con Gibraltar (FOTOGRAFÍA 1) tiene diversos argumentos a su favor y, entre ellos, el que el que se trate de una fortaleza castellana ubicada en la falda de un lugar elevado y rodeada de agua, como hacen ver las pinturas.


Además de las tres citadas imágenes, estudié otras tres no menos relevantes del mismo lugar: un monte en la parte central del Muro Sur-Lado Norte, que tiene una silueta similar a la que tiene el Peñón de Gibraltar desde la perspectiva de la Línea de la Concepción (FOTOGRAFÍA 4); un supuesto puente amurallado en el Muro Oeste, que realmente es el Palacio Arzobispal de Alcalá de Henares donde se firmó el Tratado de Alcalá (FOTOGRAFÍA 5); y, por último, un segundo monte que aparece en la parte inferior derecha del Arco I - Lado Sur, cuya silueta se parece a la pared del Peñón de Gibraltar al entrar desde La Línea de la Concepción (FOTOGRAFÍA 6).



Nos encontramos, pues, con una convergencia de datos que, aunque ya de por sí forma una hipótesis muy solida, cobra mayor fuerza al engarzar yo, además, la victoriosa entrada de Fernando IV en el Peñón de Gibraltar con la escena en la que Jeremías y la Virgen de Israel bailan contentos porque los israelitas iban a volver al Monte Sión desde el Cautiverio de Babilonia. La escena religiosa, en fin, concluí, tiene como finalidad principal la de conectar el retorno de los israelitas a su patria con el retorno de los cristianos al Peñón de Gibraltar, haciendo ver así que este feliz hazaña forma parte de una cadena de acontecimientos previstos por la Providencia.
No olvidemos a este respecto que la traza de los castillos del Muro Sur y de la pared inferior del Arco I - Lado Norte tiene un mismo elemento simbólico en su parte superior: un escudo castellano, muy similar al que en 1502 concedió a Gibraltar la reina Isabel «La Católica», que a todas luces fue añadido como elemento de castellanización. Y tengamos en cuenta, además, que en la imagen del Muro Sur (FOTOGRAFÍA 1) hallamos un campanario que no aparece en la inferior izquierda del Arco I - Lado Sur (FOTOGRAFÍA 6), porque en esta convenía hacer ver que el lugar estaba por cristianizar y en aquella que ya estaba cristianizado. Subrayé igualmente la importancia de la convergencia entre los datos del hilo narrativo histórico y los detalles de las pinturas murales góticas del castillo de Alcañiz, a los que añadí uno más y no menos importante: en el monte central del Muro Sur (FOTOGRAFÍA 4) hallamos dos catapultas en correspondencia con los «engeños» que, como ya se dijo, utilizó Guzmán «El Bueno» para hacer que se rindiera la ciudad.
Y, por si fuera poco, sumé a todos estos argumentos un estudio de la heráldica que evidencia también que a todas luces el hilo narrativo es el expuesto: baste citar aquí, a modo de ejemplo, que entre los «Nueve de la Fama», esto es, entre los nueve personajes que, junto con Fernando IV, conforman la comitiva que entra victoriosa en el castillo de Gibraltar aparecen, de un lado, las dos calderas de Guzmán «El Bueno» (aunque en negro y no jaqueladas en oro y gules (rojo) por estar repintadas o mal restauradas) que, para que no se confundieran con las de Juan Núñez de Lara (en negro), separa un puñal en recuerdo del que el héroe de Tarifa arrojó anteponiendo la defensa de la ciudad a la vida de su hijo, y, de otro, el escudo del infante Juan Manuel cuyas armas cuarteladas son un ala de cuya base sale una mano empuñando una espada y un león (1º y 4º) y un león rampante sin corona (2º y 3). Y, por si esto no bastara, hallamos allí también, de un lado, a Eimeric de Bellveí luciendo la heráldica propia de Roger de Lauria, personaje con el que, como se ha dicho, se le comparó en su época, y de otro, a Rodrigo Ponce de León, yerno de Guzmán «El Bueno», al que identifica claramente su pertenencia a la casa de los Cabrera de Córdoba que, frente a los de Cataluña, tienen dos cabras y no una sola.
De igual forma, en la escena del encuentro de los dos reyes, los personajes que rodean a Jaime II son claramente identificables por su heráldica, como es el caso de los cuatro más cercanos al monarca; Artal de Luna, Bernat de Sarria, Bernat de Fonollar, que aparecen de pie a la espalda de Jaime II, y el propio príncipe Jaime, que monta a caballo y asistía por motivo de su futuro enlace con Leonor de Castilla.
Pero, si importante es todo lo expuesto hasta aquí, mucho más lo es mi descubrimiento que realicé al final de mi ponencia como prueba final para transformar en tesis no ya las hipótesis defendidas en esta intervención sino también en las dos anteriores y en las nueve que le seguirán: las pinturas murales góticas del castillo de Alcañiz tienen, como era lo habitual, innumerables cartelas identificativas y explicativas, sin que nadie se haya percatado hasta ahora de ello. Estas cartelas fueron grabadas en bajorrelieve y por ende forman parte y seguirán formando parte para siempre de las paredes del castillo de Alcañiz donde están dichas pinturas.
Cosa distinta es la gran dificultad que tiene una persona no experta en leer esas inscripciones por la estrechez de las letras y por la pérdida de la pintura que las acompañaba a lo largo de los siglos y de la siempre indebida intervención humana. Debo puntualizar, además, que a dichas inscripciones góticas se le sobrepusieron otras más pequeñas, aunque más legibles con el mismo contenido, pero esos repintes, al perderse su pintura, han acabado dificultando aún más la lectura.
En este contexto me trasladé al Institut Amatller d’Art Hispànic de Barcelona y encargué una reproducción digital de todo del material fotográfico del siglo pasado para poder acceder a las cartelas en una estado mucho mejor, en determinados casos, que el actual. Gracias a todo ello he podido evidenciar la tremenda rentabilidad de este descubrimiento no observado por ningún investigador hasta ahora: las cartelas de las pinturas ratifican, dentro de la primera entrega, que estamos ante el León de Judá y que es David el que está encima del Árbol de Jessé y, dentro de la segunda, que ese mismo árbol aparece también en la escena de Jeremías y la Virgen de Israel, personajes que igualmente son identificados como tales en las inscripciones.
Mucho más importante es evidenciar que las cartelas ratifican, dentro ahora de la actual tercera entrega, que es correcta la interpretación de Fernando IV y Jaime II en lo que concierne al encuentro de los reyes; que es ese monarca castellano el que sale de Toledo para irse a dejando sumidas en el dolor a su madre, esposa y hermana; y que en esa guerra el monarca castellano conquistó Gibraltar.
Las cartelas permiten asimismo identificar a los personajes ya mencionados que acompañan a los reyes en sus respectivas comitivas, descollando entre ellos Guzmán «El Bueno» y el infante Juan Manuel, así como el propio López de Padilla.
Pasé después a presentar una divertida nota de humor: en la comitiva de la victoriosa entrada en Gibraltar del 12 de septiembre de 1309 aparecen también como mascotas dos monos (el que se ve entero al lado del propio rey), que solo tienen sentido si estamos en dicho lugar (FOTOGRAFÍA 7, ampliación realizada a partir de la fotografía GUDIOL T-107/1935 del Institut Amatller d’Art Hispànic, donde los dos macacos se ven mucho mejor que en la actualidad).
Por último, cerré mi trabajo insistiendo en la importancia que su incuestionable tesis tiene no solo para Alcañiz, sino también a nivel nacional e internacional: pensemos, en efecto, concluí, que el descubrimiento no solo afecta a España, sino también a Inglaterra, y consideremos, además, el incalculable valor de estas imágenes del Peñón de Gibraltar para ambos países no ya por ser las más antiguas del mismo y recoger una empresa bélica tan importante, sino por resultar capitales para resolver determinados problemas históricos, como es el caso de la interesante cuestión de si Guzmán «El Bueno» construyó o no una torre en la parte superior del «monte de Tāriq» para defensa de sus tropas como la que se ve encima del monte que aparece en la parte inferior derecha del Arco I – Lado Sur (FOTOGRAFÍA 6).

Como colofón, expresé mi agradecimiento de nuevo tanto al Ayuntamiento de Alcañiz y, en especial, a su Alcalde, don Miguel Ángel Estevan Serrano, por su apoyo al IEH y a mi investigación como a don Joaquín Escuder Viruete, profesor de Pintura de la Universidad de Zaragoza y miembro del Consejo Científico del IEH, por las atinadas precisiones que hizo en su ponencia, previa a la mía, sobre Problemas de restauración de las pinturas murales góticas del castillo de Alcañiz, III (¿Una comitiva de caballeros abandonando una ciudad amurallada? ¿Tres damas dolientes y un caballero? ¿Un encuentro entre dos reyes?).
Hice pública, además, mi alegría como andaluz y Catedrático de Filología Latina de la Universidad de Cádiz, como Director del IEH y como Presidente Nacional de la Sociedad de Estudios Latinos y, sobre todo, como «alcañizano de corazón» por el regalo que me ha hecho la diosa Fortuna haciendo que sea yo quien descubra que García López de Padilla mandó pintar unas pinturas en la planta noble de la Torre del Homenaje del castillo de Alcañiz que unirán para siempre la ciudad del Guadalope no ya con el Peñón de Gibraltar, sino también, por razones obvias, con Cádiz y Andalucía.
Es más, expliqué igualmente que esa alegría mía es tanto mayor cuanto que mi investigación demuestra no ya el valor interdisciplinar del Humanismo y del Griego, del Latín y de la Cultura Clásica, sino que, lo es mucho más importante, que mi propia investigación es una buena prueba para demostrar que estas disciplinas han de ser declaradas por la UNESCO, como defendemos desde la SELat y desde el IEH, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
El pasado 4 de marzo anuncié que, cuando hiciera pública el 28 de ese mismo mes la tercera entrega de mi investigación sobre las pinturas murales góticas del castillo de Alcañiz, esta daría «un salto brutal y dichas pinturas dejarían de ser de Alcañiz para pasar a ser de todo el mundo». Y así ha sido para suerte de todos, como demuestra no solo el ingente cúmulo de noticias que ya han salido a la luz y que seguirán saliendo, sino que incluso el mismísimo Gibraltar Chronicle ha hecho público en inglés mi valioso descubrimiento sacándolo, primero, en la portada y en dos ingentes páginas de su versión impresa y, después, en una versión electrónica que está llevando el nombre de Alcañiz y del Peñón de Gibraltar por todo el mundo.
Debemos felicitarnos y estar orgullosos todos. Y debemos estarlo con tanta más esperanza cuanto que, como ya he anunciado, si este descubrimiento es grande, mucho más grande es el que verá la luz en unos meses.
Para terminar, comienzo por dar las gracias una vez más, como debo, a Compromiso y Cultura y a su director don Raúl Andreu Tena por su gran apoyo para divulgar mis propios resúmenes de las doce entregas en que me he visto obligado a partir mi ingente investigación.
Y, para cerrar del todo este breve, pero, como digo, necesario epílogo, ruego a mis lectores que permitan a este «alcañizano de corazón» (insisto en ese viejo y cada vez más fuerte sentimiento mío) que con la mayor fuerza y alegría deje aquí también constancia escrita de su mayor y feliz proclama a la luz de su propio gran descubrimiento:
¡De Alcañiz al cielo!
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