
El otro día me venía a la mente aquel concepto lingüístico tan interesante que proponía Raymond Williams donde la palabra «country» adquiere en el idioma británico unos matices tan amplios como afines. Por una parte, evocaba el concepto de «nación», mientras que, por otra, podía perfectamente referirse a una parte de la tierra; esto es, desde la sociedad en su conjunto hasta su zona rural. Los músicos de folk norteamericano lo entendieron a la perfección, llegando así a cada rincón del país.
Nosotros, a nuestra manera, tenemos la palabra «Pueblo», también de origen latino y una belleza conceptual que puede entenderse, bien como nación, bien como núcleo rural. Es por eso que cuando estamos hablando de un pueblo de treinta habitantes adquirirá un sentimiento y cuando se hable de pueblo español, podría adquirir otro.
Esas seis letras no ocupan el mismo hueco en la boca, pues otra de las grandezas de este vocablo es que se expande o se contrae dependiendo de si hay elecciones o de si el invierno ha sido, más bien, tirando a tranquilo.
Ocurre, muy a menudo, que las promesas rurales electorales vienen en periodo vacacional, fíjense ustedes qué interesante paradoja. Es un gran momento para irse al pueblo, brindar en las fiestas del pueblo, pasear por el pueblo, para ver a la familia del pueblo y usar la palabra con el pecho bien henchido. Luego, cuando venga el otoño, esos pactos verbales que habían sembrado, los riegan desde la capital, la manguera se nos queda corta y, entonces, toca afinar para hablar de que somos un gran pueblo y el pueblo debe permanecer unido y demás ardides que enseñan en la facultad, pero una cosa deberían ustedes saber: la boina es inmune al poder del birrete.
Con o sin regadera, sería interesante implorar al corazón de la palabra y recordar que quienes han elegido formar parte de nuestro legado cultural junto a ríos, montañas y las cada vez más escasas nieves, ya sean uno, diez o cien, y quienes pasean por la Plaza del Pilar, todos, tenemos los mismos derechos y las mismas necesidades. Tal vez no tengamos los mismos anhelos, pero sí la misma manera de sentirnos integrados, pues, de lo contrario, podremos ser muchas cosas, pero nunca seremos pueblo.
Autoridades políticas: son ustedes esclavos de sus palabras, y si sus deseos son alcanzar el respeto de sus semejantes, deben empezar por tratarlos como tal. De lo contrario, siempre les quedará el vocablo «ciudadanía» y la ética de mantener la llama de sus rentables proyectos lejos del bosque.
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