
Hay una presunta que me asalta. ¿Por qué escribimos? Ante esta pregunta, uno no tiene del todo claro por qué habría que conjugar el verbo en la primera persona del plural. Alguno podría sostener —con no pocas razones— que el autor está proyectando su necesidad de escribir sobre las necesidades de una comunidad. Podría decir, seguidamente, que muy lejos estamos de querer escribir y, en la medida que delegamos tal necesidad en otra persona o en la famosa máquina del momento, más lejos todavía estamos de preguntarnos por ello. Llegados a este planteamiento, fruto de la fantasía de un diálogo, no me quedaría otra que reformular la pregunta: ¿por qué no escribimos?
Ambas cuestiones resultan, en el fondo, complementarias, pues uno escribe y no escribe según sus circunstancias. Empero, tanto los motivos que nos hacen escribir como los que nos mantienen indiferentes, no siempre coinciden con las razones por las que uno considera que debería o no escribir.
Seamos honestos o, en palabras más honestas: sé —me digo a mí mismo— honesto. Que yo me haya planteado estas preguntas responde al deseo, tiempo atrás, de escribir en un espacio como este. Pero que yo escriba, ahora, lo que estoy escribiendo, no responde exclusivamente al deseo; responde a unas condiciones que movilizan mi deseo de cubrir unas expectativas todavía no resueltas: en suma, escribe ahora o calla para siempre.
Uno puede escribir como pharmakon de la memoria, para no olvidar, con el fin de fijar en caracteres el pensamiento y la oralidad que el tiempo va corroyendo. Y lo que fue, para Platón, en estos términos, la escritura, lo puede seguir siendo para nuestro tiempo. Se quiere conservar, ya no solo textos, también aquella oralidad que se ha promovido desde algunas plataformas digitales. Pero ni siquiera en los museos se vive de conservas.
Es aquí donde Platón, para nuestra contemporaneidad, constituye una nota a pie de página: no es tanto lo escrito o, por extrapolación, lo que se quiere conservar, sino nuestra intensa e íntima relación con aquello que representarían, o están por representar, las palabras de las que queremos —torpemente— adueñarnos. Torpe y tardíamente, pues la adquisición de una lengua, un alfabeto y, quizás, toda una cultura —si el lector asimilado me permite la expresión en nuestra, probablemente, lengua común— está marcada por el forcejeo, la sangre y la humillación que la historia desdibuja a su paso. Y uno piensa, habla, incluso escribe olvidándolo. Necesariamente, olvidándolo.
Y yo, me pregunto y, a ti, te preguntaría, ¿por qué no habríamos de seguir escribiendo?
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