
Fernando Pessoa, aún hoy, sigue siendo un asombroso autor entre la oscuridad popular y la leyenda erudita, después de varios decenios de publicar en todo occidente libros que han ido surgiendo gracias a la labor de estudiosos, expertos y académicos de varios países. Una ingente labor profesional sobre el contenido del famoso «baúl» (un enorme cajón donde Pessoa fue guardando lo que escribía) que fue vendido por los herederos del poeta a la Biblioteca Nacional de Lisboa) lleno de páginas y recortes manuscritos o legajos a máquina, con correcciones y añadidos a mano, sin orden ni separación clara de las obras entre sí.
De todo ese maremágnum de material se ha ido constituyendo una enorme biblioteca internacional con libros de sus escritos en prosa y sobre todo de poesía, a más de biografías, estudios literarios, reediciones comentadas.
Dénse el placer de leer El libro del desasosiego (Acantilado, 2003). Este libro inclasificable, pero inolvidable, lo firmó Pessoa con el pseudónimo de Bernardo Soares –un oscuro «ayudante de tenedor de libros»–. Pessoa, como su heterónimo, trabajó en empleos de poca monta –traductor de catálogos y escritos técnicos o comerciales, o mecanografiando cartas comerciales en inglés (idioma que dominaba)– en oscuras empresas. Y ello sin dejar ni un solo día de escribir poesías o pensamientos, dar largos paseos por una ensimismada Lisboa, ciudad vieja y señorial, que vivía de sueños de pasadas grandezas y sin descanso visitar dos o tres cafés y bares como cliente perpetuo, con una enorme capacidad para beber y cultivar la amistad de poetas y literatos (con tanta discreción que muy pocos conocieron la enorme calidad literaria del atildado y tímido escribiente).
¿Cuál es la característica diferencial de este autor? Que raramente firmó sus libros y artículos con su nombre y apellidos. Sino que usó varios «heterónimos», entidades ficticias dotadas cada una de sus propias biografías personales, caracteres psicológicos, profesiones u oficios, en ramos y actividades que nada tenían que ver entre sí y, por supuesto, unos estilos literarios y filosóficos totalmente distintos: Bernardo Soares, Álvaro de Campos, Ricardo Reis, Vicente Guedes, Antonio Mora y los menos usados Abilio Quaresma, Jean Seul de Meluret, Raphael Baldaya, Alberto Caeiro. Alexander Search o el Chevalier de Pas (que tiene el honor de ser el primero de la lista) o el Barón de Teive.
Casi medio centenar de personajes distintos que escribían de diferente manera cada uno y que ostentaban biografías propias sin relacionarse entre ellos.
Poesía, narrativa, ensayo y los 20 años dedicados a escribir el «Libro del desasosiego», una inquietud literaria de pensador inmisericorde consigo mismo. Cualquier persona, usted lector, cuando ha reflexionado sobre sí mismo, habrá encontrado a veces confusión, contradicciones, vergüenza o generosidad, iniquidad y desasosiego. Y debe saber que no es el único, un extraño, un «outsider». Mire a su alrededor, los más insignificantes han pasado alguna vez por ese calvario: «Pienso que mi voz interna, tan poca cosa, encarna la sustancia de millares de voces parecidas», apunta Pessoa. Esa es la sustancia del libro de Pessoa-Soares, la banalidad de la existencia humana en muchos momentos. Pero eso sí, como remarca Pessoa en muchas de sus obras, acompañada por «el ahínco y el empuje sólido y batallador por vivir».
Pero Pessoa no es Nietszche, ni Cioran, ni Kierkegaard, ni Camus, Sartre o Schopenhauer: el pesimismo no le domina, logra hacerlo a un lado, permite brillar la luz leve de la esperanza. En sus «Estudios sobre genio y locura» dice que «el genio es la mayor maldición con la que Dios puede bendecir a un hombre» pero también añade: «el hombre superior es aquél que goza en alto grado los tres estados humanos de mayor autoconsciencia: la reflexión, la conciencia y el esfuerzo».
En la obra de Pessoa ambos conviven alternativamente. Y el lector acaba –como reflejo del autor– preguntándose cuántos síntomas de psicopatología hay en Pessoa (él lo insinúa claramente) y qué efectos cabe atribuir a los excesos de la bebida, uno de sus tormentos y también vía de destellos geniales. «Somos dos abismos, un pozo mirando fijamente al cielo».
Quizá nunca como en esta primera mitad del siglo XXI, Pessoa ha sido tan actual: un espejo roto reflejando la realidad, oscilando entre la angustia, la crueldad y la estupidez destructiva. Hay desánimo y angustia en los libros de Pessoa, pero también hondas y nobles llamadas al ser humano que es el lector: «No busquemos el placer, ni la gloria, ni el poder. Sólo la libertad».
En la monumental biografía (1500 páginas) que Richard Zenith le dedicó en 2021 y que acaba de publicar Acantilado, con traducción de Ignacio Vidal-Folch, se dice que Pessoa creó a los cuatro mejores poetas del Portugal del siglo XX, cuatro heterónimos tras los que se disfrazaba Pessoa. Holderlin, Hermann Hesse, René María Rilke, Kafka o Musil, son espejos fraternos de la singularidad literaria de Pessoa. Acabo con una frase lapidaria del Libro del Desasosiego: «Todo lo que es literatura consiste en un demudado esfuerzo por hacer real la vida». Y en eso, Pessoa fue un maestro.
Fernando Antonio Nogueira Pessoa nació en Lisboa el 13 de junio de 1888, en la Plaza de San Carlos. Su padre era funcionario de la Secretaría de Estado y publicaba crítica musical (anónimamente) en el Diario de Lisboa. Pertenecía a una familia de «cristianos nuevos», denominación que sugería ancestros judíos (de los que presumía Pessoa atraído por la indudable inteligencia de ese pueblo, aunque se mantuvo alejado de su religión, creencias y rituales). Como nota a destacar, la madre del poeta era de las Azores y poseía una extraordinaria cultura (hablaba francés, inglés, alemán, leía en latín y solía escribir versos).
El padre de Pessoa murió en 1893 y la madre contrajo segundas nupcias –por poderes- con el comandante Joae Miguel Rosa, cónsul interino de Portugal en Durban (Sudáfrica). Con 8 años de edad Pessoa pasó a vivir en un mundo nuevo y sugestivo, en plena guerra de los boers, lo que influyó en la rica y variada educación inglesa que recibió el futuro poeta, aunque por propia y temprana decisión se mantuvo exclusivamente fiel a su amor por la lengua portuguesa (con unos pocos poemas en inglés, firmados por dos heterónimos de esa nacionalidad). Murió de una cirrosis hepática en 1935 a los 47 años, en el hospital San Luís de Lisboa y fue enterrado en el cementerio «dos Prazeres» en un panteón familiar, en la calle 1 con el número 4371.
PESSOA, UNA BIOGRAFÍA.-Richard Zenith/ LIBRO DEL DESASOSIEGO.-Fernando Pessoa/ ESCRITOS SOBRE GENIO Y LOCURA/LA EDUCACIÓN DEL ESTOICO/todos editados porAcantilado/ANTOLOGIA POETICA. Traducción y estudio de Ángel Crespo. Espasa.Austral/POEMAS DE ALVARO DE CAMPOS (3 TOMOS)Ed. Hiperión.
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