
Europa está en peligro, y con ella todo su proyecto de cohesión social e internacional, basado en la democracia, el estado del bienestar, la paz y la lucha contra la catástrofe climática. Los populismos euroescépticos, aupados desde poderes extranjeros, devoran lo que queda del sueño de Schuman, aquel ministro francés que quiso construir la unidad europea desde la solidaridad y la cooperación, como mejor vacuna contra futuras guerras y desastres.
Tras su fundación en 1957, la Comunidad Económica Europea, y más tarde la Unión Europea, han transformado nuestro continente. Según las controvertidas palabras de Josep Borrell, vivimos en «un jardín» rodeado de «la jungla» que es el resto del mundo. Y aunque el entonces responsable de Asuntos Exteriores de la Unión fue muy duramente criticado, es posible que quien haya viajado más allá de nuestras fronteras haya tenido alguna vez esta sensación. En comparación con el resto del mundo, la UE destaca por sus garantías jurídicas, sus libertades individuales y políticas, su nivel de vida, su protección social, su protección del medio ambiente, una relativa igualdad de género y una voceada apuesta por la paz y la cooperación. A todo esto hay que sumar una pujanza económica casi permanente. Es lógico, pues, que Europa sea un destino predilecto para la inmigración procedente de tantas zonas del mundo en las que nacer no otorga unos derechos y posibilidades parangonables.
A pesar de ello, hay dos prototipos de europeo medio, a un lado y otro de la trinchera política, no muestran demasiado entusiasmo a la hora de defender lo que sus antecesores inmediatos han construido. Para los unos, la UE es la versión más aberrante de «Papá Estado», cobrando impuestos para mantener a burócratas chupatintas, y redistribuirlos en forma de subvenciones y ayudas para grupos de población que no los merecen, molestando con incómodas leyes ecologistas, permitiendo la libre circulación de personas y obligándote a acoger en tu patria a peligrosos demandantes de asilo. Para los otros, la UE fue construida, en su día, por la élite capitalista occidental, con la mera idea, de frenar el avance del socialismo, y su vocación actual es la de seguir explotando y oprimiendo al resto del mundo, abanderándose con un discurso pacifista que no pasa de ser una mera fachada hipócrita.
Sin embargo, otros muchos europeos sienten una creciente preocupación por los nuevos problemas que parecen amenazar a la Unión. Si aplicamos la perspectiva histórica, la UE ha sido capaz de favorecer una atípica paz durante décadas en la mayor parte del continente, de lograr un desarrollo cohesionado entre los distintos pueblos europeos, de garantizar (hasta Trump) la defensa de sus fronteras y, de lograr que todo ello no sea exclusivo para unos pocos países ricos occidentales, sino que se vaya expandiendo por un amplísimo territorio desde Dublín hasta Bucarest, y desde Malta hasta Escandinavia. He aquí el mayor logro de la Unión. La mayoría de las personas de cierta edad que viven en países del Sur y Este del continente, donde han conocido dictaduras de uno y otro signo, saben apreciarlo bien.
La invasión rusa de Ucrania en 2022 pareció anunciar el fin de la expansión de la Unión hacia el Este, mientras que el referéndum favorable al Brexit en 2016 evidenció que el proyecto también puede retroceder. Más recientemente, la posible llegada al poder de partidos populistas y euroescépticos, apoyados por Trump, Putin y un oscuro criptocapitalismo tecnofeudal, con raíces en EEUU, Rusia, Israel y el mundo árabe-petrolero y tentáculos por todo el mundo, no ofrecen una perspectiva nada halagüeña. Jóvenes —y no tan jóvenes— europeos que se consideran a sí mismos muy políticamente rebeldes, repiten como papagayos el catecismo de los diez hombres más poderosos del mundo. Su voto, perfilado por redes sociales dominadas por enemigos del proyecto europeo, puede hacer saltar por los aires todo el sueño de Schuman en el que hemos estado viviendo.
La ofensiva ultra se alimenta principalmente del problema de la inmigración. A este respecto el Brexit representa un ejemplo muy esclarecedor: si hace unas décadas el euroescepticismo británico solo era predominante entre los ámbitos izquierdistas más radicalizados, su triunfo en 2016 se debió fundamentalmente a la perspectiva de endurecer el control fronterizo. A día de hoy, casi ningún británico dirá que ha mejorado algo la gestión migratoria de su país. Sin embargo, poco importa eso: las encuestas ya dan como favorito para las próximas elecciones generales británicas a Nigel Farage, promotor del Brexit y candidato favorito de Trump. Y es que cuando no funcionan sus recetas, los radicales siempre dirán que el motivo es que no se aplican con suficiente intensidad.
Putin y Trump tienen muy claro que políticos como Farage, Orban o sus equivalentes en otros países, benefician su estrategia geopolítica en la medida que socavan los cimientos de la Unión. La combinación que defienden estos partidos de adelgazamiento del Estado, fin de la cooperación, desregulación de las redes sociales, liquidación de la agenda verde y apuesta por las criptomonedas, es letal para Europa. Mientras tanto, Reino Unido ya está fuera de la UE, y si se aleja todavía más, la defensa militar de nuestras fronteras podría empezar a verse comprometida. La perspectiva de un Farage o un Orban gobernando en Alemania o Francia es, a este respecto, mucho más preocupante.Mientras tanto, nuestros siempre tan denostados políticos europeístas tratan de hacer su trabajo. Una controvertida primera línea ya abordada sería la del Rearme. En marzo de 2025 fue propuesto por la Comisión Europea el plan «ReArmar Europa 2030», una iniciativa estratégica que supone incrementar el gasto en Defensa, ante lo que su promotora, Ursula Von der Leyen, definió como «un peligro claro y presente» sin precedentes en décadas anteriores.
El miedo a que los acuerdos de defensa suscritos con EEUU en el marco de la OTAN no sean más que papel mojado, es cada vez más creciente. Ya hace décadas que los mandatarios norteamericanos piden a la UE que aumente su gasto en Defensa. Pero los europeos siempre hemos sido muy reticentes a ello, entre otras cosas porque sabemos que lo que EEUU plantea es que aumentemos la inversión en la compra del armamento que nos venden ellos. En este sentido, en los últimos años hemos incrementado el gasto, pero no está tan claro que hayamos mejorado nuestra autonomía defensiva.
Por manejar algunas cifras, en 2025 el gasto militar del conjunto de países de la UE ha sido de 380.000 millones de dólares. No parece mucho si se compara con los más de 900.000 millones de dólares gastados por EEUU, pero está por encima de los 350.000 de China o los 150.000 de Rusia. ¿Significa eso que la UE tiene un ejército mejor y más preparado que China o Rusia? Pues no exactamente. Y es que esta inversión, por gigantesca que sea, tiene sus puntos flacos. La dependencia de EEUU ya sabemos que es uno de ellos. Pero el principal es el hecho de que nuestra fuerza defensiva consiste, realmente, en el agregado de múltiples ejércitos no muy conectados entre sí. Por ello, el gran reto europeo es la creación de un «Euroejército» con plena autonomía tecnológica. Hacer esto sin que los Estados miembros renuncien a parte de su soberanía, es imposible. Afrontar esta cuestión, será sin duda el gran reto de nuestra generación. La supervivencia de la UE está en juego.
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