
Quien les escribe esta somera reflexión, les aviso para que no se llamen a engaño, es un acérrimo y obstinado aficionado del Real Zaragoza. Ser del Real Zaragoza es, desde hace ya demasiados años, un ejercicio de resistencia emocional y física, un problema. Un sufrimiento. Quienes heredamos el sentimiento de los «Magníficos» o de los «Zaraguayos», quienes crecimos con el gol de Nayim grabado en las pupilas, llevamos tiempo habitando una realidad gris. Sin embargo, lo vivido esta temporada no es un tropiezo más; es una estocada en el orgullo de una afición que no se merecía este final. El descenso consumado del equipo a la tercera categoría del fútbol español es una herida abierta, un luto deportivo que congela el alma.
Y, sí, mi sentimiento zaragocista condiciona probablemente un posicionamiento sociopolítico que se extiende, por ejemplo, a mi defensa a ultranza de cualquier tipo de intervención, inversión y propuesta desde lo público para que el circuito de Motorland siga en su sitio y, con todo sobre la mesa, albergando carreras de MotoGP. Cueste lo que cueste. No estoy solo, es verdad. En la Cámara de Comercio de Teruel lo tienen claro también. Cada gran evento deportivo que se organiza en cualquier sitio de la provincia duplica inmediatamente la caja de las empresas del sector servicios que caminan por ahí cerca. Con lo que eso tiene de impacto en empleo, equilibrio territorial… Soy perfectamente consciente de que el deporte mueve la economía. Y más cuanto más repercusión tiene la actividad deportiva correspondiente.
Por eso el «plan de rescate» de clubes deportivos anunciado por la vicepresidenta del Gobierno aragonés, Mar Vaquero, ante las Cortes de Aragón esta última semana del mes de mayo es, fundamentalmente, un acierto. En lo conceptual, en lo administrativo, y en lo político e ideológico. Llega tarde, de hecho. Por aquellas cosas que a veces suele tener la izquierda española, que aún debe aprenderse la lección socialdemócrata que explica el impacto multiplicador de cualquier inversión pública, el ciclo autonómico del cuatripartito liderado por el PSOE vio cómo se iba desmoronando el tejido deportivo de máximo nivel en Aragón y dejó hacer en la más pura tradición anarcoliberal, con esa elitista mirada de superioridad que cree que nadie percibe y que le resta votos elección tras elección desde hace ya cinco años.
Cierto. Hubo una pandemia por el medio, y la izquierda se despistó. Llegó la derecha de Azcón y la prioridad nacional de Nolasco, decidieron en su primera legislatura aplicar los principios ultracapitalistas en los que dicen creer más de lo que realmente creen, y confiaron en que el poderío de la disidencia cubana trumpista rescatase al Real Zaragoza y de paso al Huesca. Como es normal, eso ha sido un desastre de proporciones siderales, más o menos como desastre fue dejar a los fondos buitre dominar el mercado hipotecario de los años noventa. Así que, tarde, a destiempo, toca rescatar al deporte aragonés como hace veinte años tocó rescatar a los bancos españoles. Antiliberal, intervencionista. Socialdemócrata. Y pertinente.
El primer mes de la segunda legislatura del gobierno de Jorge Azcón con Vox y su prioridad nacional que impide disponer de trabajadores necesarios en nuestras comarcas es ya, por derecho propio, el más intervencionista de la historia de Aragón. Es el primero que ha planteado un rescate público para los clubes deportivos en declive en Aragón. De corazón, espero que sea real, ambicioso y eficaz. Porque mi equipo y su impacto en la sociedad lo merecen. Mi madre, por cierto, espera una operación de cadera desde hace dos años. Desde ese mismo impulso intervencionista, porque es mi madre y porque el impacto de la sanidad pública en la sociedad es igualmente reseñable, espero un rescate igualmente ambicioso para la sanidad de Aragón.
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