
En apenas 25 kilómetros de distancia lineal, entre las localidades de Chiprana y Fabara, en las inmediaciones del Ebro, se encuentra una de las mayores concentraciones de mausoleos de la Hispania romana. Los mausoleos romanos son grandes monumentos funerarios construidos por familias adineradas para perpetuar la memoria y rendir culto, como santuarios, a sus difuntos. Por este motivo, muchas de estas edificaciones tienen forma de templo. En Aragón estos antiguos monumentos se concentran sobre todo en dos áreas que tienen en común un gran potencial agrícola: el Bajo Aragón, en la comarca de Caspe, y las Cinco Villas.
La construcción de estos grandes sepulcros en la Hispania romana tuvo lugar sobre todo entre los siglos I y IV de nuestra era, coincidiendo con un periodo de paz y prosperidad económica (denominado “Pax Romana”), que facilitó la construcción de grandes villas y explotaciones agrícolas el medio rural.
En el caso del Bajo Aragón, tras el abandono generalizado de los poblados fortificados de tradición ibérica ubicados en lo alto de cerros estratégicos de fácil defensa, la población se concentró en el llano y, especialmente, en las inmediaciones del curso del Ebro que adquirió en ese periodo una importancia capital como vía de comunicación. No hay que olvidar que el Ebro era entonces navegable hasta Logroño siendo una frecuentada vía de transporte comercial gracias al paso de embarcaciones de escaso calado capaces de remontar la corriente y, por supuesto, descender hacia el Mediterráneo. Es en ese contexto en el que florecen las grandes villas y explotaciones agrícolas, generalmente de tipo cerealista y regentadas por ricas familias de terratenientes, en cuyo entorno se construirían los mausoleos donde enterraban y veneraban la memoria de sus difuntos.
En la comarca del Bajo Aragón-Caspe, en las localidades de Chiprana, Caspe y Fabara, se han documentado hasta el momentos restos, en distinto estado de conservación, de hasta cinco grandes mausoleos de época romana, casi todos ellos construidos en el siglo II de nuestra era. De todos ellos es especialmente conocido por su magnífica y sorpréndete conservación el Mausoleo de los Atilios de Fabara.
A apenas un kilómetro del centro urbano de Fabara (Zaragoza), en la margen izquierda del río Matarraña, se localiza uno de los mausoleos mejor conservados del Imperio romano. Se trata de un monumento funerario construido probablemente en época de los Antoninos, entre los años 140 y 190 d.C., como lugar de enterramiento, culto y memoria de un importante personaje, sin duda miembro de una familia adinerada de la época. El monumento se inserta plenamente dentro del tipo sepulcro-templo, originario de Grecia y adaptado por Roma a partir del siglo I d.C. Su construcción responde tanto al deseo de continuación de la vida real de los difuntos como al culto a los antepasados que eran venerados entonces como espíritus benévolos protectores del hogar y la familia.
El mausoleo de Fabara, orientado al este, es de planta cuadrangular (7,40 x 6,06 m de medidas exteriores) y fue construido siguiendo la técnica de opus quadratum con grandes sillares de arenisca muy bien labrados y unidos mediante grapas de hierro, sin utilizar mortero alguno. El edificio imita la forma de los templos in antis romanos con un pórtico de cuatro columnas (las dos centrales exentas y las dos laterales adosadas) rematadas por capiteles de orden toscano y sobre ellos un entablamento y un tímpano en el que se fijaron con letras de bronce el nombre del difunto al que estaba dedicada la imponente tumba: Lucio Aemili Lupi. El edificio estaba cubierto por un tejado (no conservado) de grandes losas de piedra dispuestas a dos aguas.
En la fachada principal se abre la única puerta que da acceso al interior del mausoleo que, siguiendo el modelo habitual de la época, consta de dos espacios diferenciados y superpuestos: una cámara subterránea (conditiorum), donde reposaban los restos de los difuntos, y, sobre ella, una cámara (cella), destinada a la realización de sacrificios y libaciones en honor de los fallecidos. Ambas salas se cubren con bóvedas de cañón y se comunican mediante una escalerilla de piedra existente en el parte izquierda de la planta baja. El mausoleo está ricamente decorado en los entablamentos de su fachadas exteriores mediante relieves vegetales (volutas, hojas de acanto, guirnaldas, flores) y animales (águilas).
Las primeras noticias sobre la importancia de este singular edificio y su reconocimiento como “obra de romanos” datan de finales del siglo XVIII gracias a la paciente y poco reconocida labor investigadora de Mosén Evaristo Cólera (Calaceite 1772 - Valdeltormo 1837), que fue párroco de Fabara entre los años 1792 y 1807 y posteriormente de Valdeltormo, hasta su fallecimiento. Durante su estancia en Fabara pudo tener acceso al monumento y reconocer su importancia e interés que plasmó en varios informes, entre ellos el que tiene como título “Descripción de un edificio antiguo inmediato a la villa de Fabara. Año 1807. Borradores”, que incluye interesantes dibujos y descripciones del edificio.
Evaristo Cólera comentaba en un uno de sus escritos sobre el mausoleo que los vecinos de Fabara conocían a ese edificio como “Casa de los moros” y que creían que en su interior “… había una mora encantada, airada contra cuantos se acercaron al monumento para dañarlo, origen de muchas desgracias para los atrevidos. Algunos hablaban de que una vez se quiso destruir, pero se levantó tan fuerte tempestad, que lo impidió.” Quizás esta curiosa leyenda, unida a la gran solidez del edificio, podría explicar su extraordinaria e inusual conservación. Durante los últimos siglos el edificio, ubicado en una finca propiedad de los señores de la villa, fue utilizado como almacén y refugio de labradores, mendigos y bandoleros.
El Mausoleo Romano de Fabara fue declarado Monumento Histórico-Artístico en 1931 y vendido por sus propietarios al Estado en 1942. En 1991 el Gobierno de Aragón llevó a cabo obras de restauración y acondicionamiento de su entorno siendo declarado Bien de Interés Cultural en el año 2003. Hoy, el Mausoleo de Fabara sigue siendo, sin duda, uno de los mejores exponentes de la civilización romana en Aragón.
¿Te ha gustado este artículo? Compártelo