
Entre el bicentenario celebrado por Gerald Ford en 1976 y el 250 aniversario que Donald Trump prepara para 2026 ha transcurrido medio siglo o un mundo. En 1976, Estados Unidos celebraba doscientos años de existencia en medio de una crisis que parecía cuestionar los fundamentos de la república. La derrota en Vietnam había desangrado el relato triunfalista nacional y el Watergate había destruido la autoridad presidencial. La inflación se tragaba los sueldos y en las gasolineras se formaban colas nunca vistas. Y, sin embargo, aquel bicentenario conservó todavía el lenguaje clásico de la tradición republicana. Hubo desfiles, ceremonias cívicas, referencias a los padres fundadores y apelaciones a la continuidad constitucional. El país salía de la segregación más democrático y dudando de sí mismo, pero seguía representándose mediante los símbolos ilustrados de 1776.
Cincuenta años después, el Calígula de Nueva York prepara combates de artes marciales mixtas en los jardines de la Casa Blanca. El ceremonial republicano deja paso al pan y al circo de los mamporros y las jaulas. El bicentenario fue la conmemoración de una potencia fatigada; el 250 aniversario amenaza con convertirse en la celebración de una superpotencia atómica que se contempla a sí misma como un espectáculo podrido hasta los cimientos. La cuestión que nos plantea semejante bochorno es si estamos ante una ruptura histórica o ante la culminación de una tendencia presente en el propio origen de la república. Y para responder a ella debemos preguntarnos qué supuso realmente la Declaración de Independencia del 4 de julio de 1776.
La narrativa nacional la presenta como el nacimiento de la libertad moderna. Para Perry Anderson, en cambio, la Revolución estadounidense no destruyó una aristocracia poderosa ni transformó radicalmente las relaciones sociales existentes. Las élites coloniales conservaron buena parte de su posición económica y política dentro de unas relaciones capitalistas ya existentes que el nuevo estado se limitó a sacralizar y proteger para su posterior expansión por el continente. La ruptura con Londres eliminó los obstáculos imperiales y consolidó una sociedad ya orientada hacia el mercado, la propiedad privada y la acumulación. Desde esta perspectiva, 1776 aparece menos como el inicio de una democracia universal que como el nacimiento de una república de propietarios amedrentada por el fantasma de la tiranía y de la revolución desde abajo.
Pero esa interpretación, siendo acertada, no agota todos el significado del hecho. Eric Foner ha insistido en que el proceso produjo algo más que una simple reorganización de los asistentes al banquete de la vida. La revolución dio carta de naturaleza a una tradición política sustentada en los derechos individuales y la soberanía popular. No se trató sólo de una pamema. Aquellas ideas eclosionaron contra el poder arbitrario del imperio británico y han sido el vocabulario en el que se ha movido la política estadounidense hasta el día de hoy.
La paradoja de su historia se encuentra precisamente aquí. La libertad se universalizó como lenguaje al mismo tiempo que se restringía como práctica a ciertos colectivos y ciertas visiones alternativas de ese mismo concepto (el socialismo, por ejemplo). Los principios proclamados eran universales; los sujetos que podían disfrutarlos, no. Esa contradicción no permaneció confinada a las instituciones y al choque entre las formas industriales del trabajo asalariado en el norte y el modo de producción esclavista en el sur. Se proyectó sobre el territorio como un virus que reescribió todos y cada uno de los aspectos de la vida social y cultural, y que trató de curarse mediante la conquista del Oeste.
Estados Unidos nació así como una república expansiva. La marcha hacia la costa del Pacífico no fue un accidente. La apropiación de territorios indígenas, los desplazamientos forzosos de poblaciones enteras y las guerras de anexión son los jalones de la historia material del país. A este respecto, la doctrina del Destino Manifiesto (1845) transformó esa expansión en una misión histórica. Estados Unidos dejó de verse como una nación para contemplarse como el vehículo de un proyecto civilizatorio. Por eso la frontera ocupa un lugar tan singular en la imaginación estadounidense. Sin embargo, cuando la frontera física desapareció, su lógica sobrevivió bajo otras formas, como el dominio de las plantaciones en el sur sobrevivió bajo las leyes segregacionistas. El impulso expansivo reapareció en la proyección militar global, en el predominio del dólar y en la hegemonía tecnológica. El imperio continuó existiendo incluso cuando ya no quedaban territorios continentales que pudieran ser ocupados. Desde esta perspectiva, el contraste entre 1976 y 2026 adquiere un significado particular.
En el bicentenario, la Guerra Fría seguía organizando la política mundial. Cuba conservaba una cierta capacidad de resistencia gracias a su inserción en el bloque del socialismo realmente existente. Estados Unidos, por su parte, atravesaba una crisis de legitimidad sin precedentes. La coalición demócrata construida durante el New Deal se había fracturado definitivamente en 1968, cuando el demócrata segregacionista George Wallace arrastró los votos de cinco estados del sur. La revelación de los «Papeles del Pentágono» (1971) había expuesto años de engaños gubernamentales. Y el Watergate culminó con la dimisión de un sudoroso Richard Nixon. La América de Doris Day se había transformado en la «Amérika» desnortada y sucia de Taxi Driver.
De semejante convulsión salieron unos Estados Unidos más democráticos, odiados, sin excepción, por el movimiento MAGA. Con la actual administración, el embargo impuesto por Washington sobre La Habana ha tomado todos los visos de un asedio medieval que puede muy bien acabar en una invasión esperpéntica. Este giro hacia una forma atrabiliaria de ejercer el poder imperial no parece ser, sin embargo, el canto de cisne del poder estadounidense. Es más bien el síntoma de una descomposición y de una imaginación geopolítica que vuelve a hablar el lenguaje de la conquista, la injerencia desnuda y la fuerza bruta.
Por todo ello, el significado del 250 aniversario excede a Estados Unidos. Si La Habana acabara convirtiéndose definitivamente en un resort llamado Havana, no desaparecería solamente el último gran símbolo revolucionario del siglo XX, sino que estaríamos ante uno de los últimos episodios de una secuencia histórica mucho más larga, la iniciada con la Revolución francesa y prolongada por la Revolución rusa, aquella en la que la igualdad aspiró a disputar su lugar a la libertad y a la propiedad como forma, al menos así lo vio Marx, de garantizar la libertad efectiva para toda la humanidad.
Tal vez este 4 de julio no se celebre únicamente el nacimiento de una nación. Quizá, a diferencia de lo sucedido en 1976, asistamos a una reestructuración anti-ilustrada en toda regla, la del triunfo de una libertad identificada con la expansión ilimitada del mercado y la concentración feudal del poder, tal como ya sucedió en la Gilded Age (c. 1870-1900) de los robber barons. Si así fuera, el espectáculo de Trump no representaría una anomalía, sino la expresión de una tendencia presente desde los orígenes mismos de la república.
No obstante, ninguna tradición histórica desaparece de la faz de la tierra sin dejar un surco. La libertad democrática sobre la que escribió Foner sigue formando parte de la experiencia estadounidense tanto como la reorganización elitista del poder descrita por Anderson. Quizá ahí resida la verdadera pregunta que plantea 2026. No qué Estados Unidos celebra su aniversario, sino cuál de sus culturas políticas terminará imponiéndose. Tal como escribió T. S. Eliot, en todo final se encuentra el principio. Y acaso también, podríamos añadir, en todo principio permanece oculto el conflicto que acabará definiendo su final.
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