
En los últimos años el acoso escolar se ha convertido en un tema cada vez más preocupante para familias y educadores. Las burlas, empujones o bromas del pasado han dejado paso a una forma más sofisticada y oculta de proceder, en ocasiones tan invisible que apenas nos damos cuenta hasta que ya es muy tarde, y las consecuencias son terribles.
Discusiones, peleas o malentendidos son situaciones habituales de las que se aprende a gestionar los conflictos. Para que se pueda considerar acoso debe haber una intimidación y maltrato de forma repetida y mantenida en el tiempo, con la intención de humillar y someter abusivamente a otra persona. En el ciberacoso todo esto se da a través de las redes sociales, plataformas de mensajería o videojuegos , por lo que es más difícil verlo o enterarse... si alguno de los implicados no lo cuenta.
Por eso, en el ciberacoso, tan importante como el agresor y la víctima son los otros participantes. Esos espectadores que forman parte del grupo, que saben lo que está ocurriendo y lo toleran. Algunos por temor a convertirse en el nuevo blanco del acoso, otros por no saber qué hacer o cómo ayudar. Seguramente no resulta nada fácil para un adolescente que forma parte de un grupo de Whatssap de 30 personas enfrentarse a los dos o tres que se mofan de un compañero, mandan fotos manipuladas, hacen memes burlones, insultan... Al final, suele ser la denuncia de uno de los menores, o la vigilancia de alguna familia responsable quienes encuentran y descubren el tormento que sufren algunos niños. A menudo, comunicarlo al centro educativo ayuda a que entre todos, bien coordinados, podamos frenar esta desagradable realidad con la que viven todos los días compañeros de nuestros hijos.
Lo más importante para evitar el ciberacoso es, como con casi todo, prevenir: educar en el respeto, la tolerancia y la empatía. Un momento clave es cuando le damos por primera vez un móvil propio a nuestro hijo. Es entonces cuando tenemos la autoridad para fijar unas normas que deberemos aplicar con firmeza mientras sean menores, y que nos permitirá observar, con discreción, los contextos virtuales y el tipo de relaciones en las que se mueve:
- Los padres deben tener siempre el control del terminal, es decir, poder revisarlo en cualquier momento y disponer de la contraseña.
- Establecer unos horarios de uso. Hay tiempo para estudiar, relacionarse con los demás, jugar... y utilizar el móvil. Nos encontramos con quienes pasan 7 y 8 horas al día conectados, caminando hacia una adicción cada vez más frecuente y difícil de superar.
- Hay que sacar el móvil de la habitación por la noche (y asegurarse de que no se conectan al ordenador). Muchos adolescentes reconocen hablar con sus amigos o jugar online hasta altas horas de la madrugada sin que sus padres lo sepan. Luego se duermen en clase y dan lugar a un nuevo problema de fracaso escolar.
Además, es conveniente que el ordenador y otros productos tecnológicos estén situados en espacios comunes y compartidos, controlar el tiempo que pasan frente a las pantallas, el dinero que gastan, favorecer conductas alternativas de ocio, tiempo libre, actividades físicas, deportes, etc. Y sobre todo, incidir en el protagonismo de todos los niños, sensibilizarlos en su responsabilidad para que esto no ocurra.
Sin agobios, pero sin excusas. El ciberacoso o ciberbullying es una conducta muy extendida en la actualidad, y requiere de nuestra mayor atención para que sea erradicada. De nosotros depende.
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