
¿Cuántas cosas has dejado de hacer porque pensabas que no eras capaz? ¿Cuántas oportunidades has rechazado porque te faltaba experiencia, formación, dinero o porque alguien te hizo creer que aquello no era para ti?
Y lo peor de todo: ¿cuántas veces ni siquiera lo has intentado?
Nos han enseñado a ser prudentes, responsables, educadas y, sobre todo, a no molestar. A pensar primero en los demás, a estar disponibles, a decir que sí cuando nos apetecía mandar a alguien a tomar por culo. Y hemos cumplido. ¡Vaya si hemos cumplido!
Hasta que un día te das cuenta de que llevas años atendiendo las necesidades de todo el mundo mientras las tuyas siguen esperando.
¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo exclusivamente porque te apetecía? Sin justificarte. Sin sentirte culpable. Sin tener que dar explicaciones a nadie.
Y no me refiero a comprarte unos zapatos o tomarte un café a solas. Hablo de hacer aquello que llevas años deseando y que siempre encuentras una excusa para posponer.
Porque también somos especialistas en eso: esperar.
Esperar a tener más tiempo, a que los hijos crezcan, a que llegue el verano, a que mejore nuestra situación económica, a perder cinco kilos, a encontrar compañía, a que alguien nos dé permiso.
¿Y si dejas de esperar de una puñetera vez?
Mientras tanto, la vida sigue. Y tú vas dejando pasar momentos porque te parecen insignificantes. Una conversación inesperada, un abrazo que podría durar un poquito más, una carcajada escandalosa, una tarde sin hacer absolutamente nada.
¿Cuándo fue la última vez que dijiste «te quiero» sin preocuparte por la respuesta? ¿Cuándo abrazaste a alguien sin mirar el reloj? ¿Cuándo te permitiste llorar de alegría, bailar fatal o reírte hasta quedarte sin aire?
Y ahora viene la pregunta incómoda.
¿Quién coño te está frenando?
¿Tu familia? ¿Tu pareja? ¿La sociedad? ¿El miedo al fracaso? ¿El qué dirán?
Puede que algunas de esas personas hayan condicionado tus decisiones. Puede que hayas tenido que enfrentarte a dificultades reales. No todo depende de nuestra actitud ni todas tenemos las mismas oportunidades.
Pero hay algo que merece la pena preguntarse: ¿cuántas veces eres tú quien se dice que no antes de que nadie más lo haga?
Quizá ha llegado el momento de tomar alguna decisión que te dé auténtico vértigo. De esas que te producen un miedo tremendo y unas ganas enormes al mismo tiempo. De atreverte a equivocarte, cambiar de opinión, empezar de nuevo o reconocer que lo que antes te hacía feliz ahora ya no te interesa.
No necesitas convertirte en una mujer extraordinaria. Ni encontrar tu mejor versión. Ni demostrarle nada a nadie.
Necesitas descubrir qué quieres tú, ahora, con los años que tienes, con tu cuerpo, tus circunstancias y tus contradicciones.
Porque no se trata de hacerlo todo, conseguirlo todo ni vivir permanentemente emocionada.
Se trata de dejar de renunciar a ti para que los demás estén cómodos.
Y, por favor, cuando descubras qué te apetece hacer, no organices otra reunión contigo misma para valorar los pros y los contras.
¡Hazlo, joder!
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