La entrega de los Premios Mariano Nipho, el pasado 13 de diciembre, me dio la oportunidad de hablar del escritor regeneracionista, Rafael Pamplona Escudero, que llegó a ser alcalde, aunque muy efímero, de Zaragoza. Rafael Pamplona fue autor de numerosas novelas de corte costumbrista aragonés. Una de ellas, publicada en 1910, ambientada preferentemente en Alcañiz, se tituló ‘Los pueblos dormidos’. Y los así señalados eran los del Mezquín: Castelserás, Torrecilla de Alcañiz, La Codoñera, Torrevelilla y Belmonte.
Hoy el escritor zaragozano podría comprobar que sus pueblos dormidos están más despiertos que nunca. Los que él describía eran otros muy distintos y que con el paso del tiempo supieron, por fortuna, despertar. Entonces la mayoría de los hombres y mujeres no sabían leer ni escribir; en tiempos de Rafael Pamplona se estaban construyendo las primeras carreteras sobre el trazado de los antiguos caminos de carro y herradura; no hacía tanto que en los pueblos había escuela para niños y también para niñas; el desequilibrio entre la población urbana y la rural era palpable, entre ambos mundos existía un profundo abismo. En tales circunstancias, no es de extrañar que los pueblos estuvieran dormidos.
Los pueblos de “la ribera del Mezquín”, así los agrupaba Rafael Pamplona, no soló vivián postrados bajo la depresión económica y social de la época. Sus vecinos eran además sumisos a una religión impuesta y vivían enmarañados en las más insospechadas supersticiones. En la novela regeneracionista citada se da cuenta de la existencia de un Niño Dios de nueve años llamado Ramoncito y al que sus padres llevaban por los pueblos predicando en cada plaza mayor, remedando al mismísimo ‘Divino Maestro’. “Todos querían ver al Niño Dios, tocarle, palparle, especialmente las mujeres que besaban sus manos, sus ropas, como si se tratara de un santo”, según constatación de quien noveló la vida de aquellos pueblos, aunque seguramente su ficción se ajustaba bastante a la realidad.
Como también se ajustaba a la realidad la tantas veces repetida observación que Luis Buñuel hizo en el libro de sus memorias, ‘Mi último suspiro’ : “En Calanda, donde yo nací, la Edad Media se prolongó hasta la Primera Guerra Mundial”. El siglo XX amaneció en nuestra tierra en medio de grandes nubarrones que cubrían el profundo sopor de sus gentes. Las mujeres se quedaban en los pueblos con sus hijos mientras los hombres guerreaban en las últimas colonias españolas. Además, tres guerras civiles, más la primera de la Independencia con la que nació el siglo XIX, habían llegado a enfrentar, incluso a padres e hijos, en los villorrios más apartados del mapa. La situación provocó la aparición del movimiento regeneracionista, encabezado por Joaquín Costa, y que en el Bajo Aragón encontró seguidores que batallaron en favor de los municipios, en contra del caciquismo imperante y a favor de frenar la migración que ya se aventuraba y que no cesaría de crecer a lo largo de todo el siglo XX.
Los pueblos, los de la ribera del Mezquín y otros muchísimos más, no solo están despiertos sino que viven su auténtica edad de oro. No faltan los problemas ante el futuro, por supuesto. Pero hoy cualquier joven, hombre o mujer, nacido en una aldea de la España mal llamada vacía o vaciada, puede llegar, desde la escuela, pasando por el IES comarcal, hasta la Universidad en la que apetezca estudiar cualquier carrera que le permita ganarse la vida mediante el desempeño de una profesión liberal. Nada tiene que ver lo que hoy podemos contar de nuestros pueblos con aquello que contaba de ellos, hace 115 años, Rafael Pamplona Escudero.
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