
El poeta mexicano Octavio Paz
escribió en su célebre poema «Piedra de sol» los siguientes versos que expresan
una profunda paradoja sobre la identidad:
«para que
pueda ser he de ser otro,
salir de mí,
buscarme entre los otros,
los otros que
no son si yo no existo,
los otros que
me dan plena existencia.»
La idea expresada en el poema no deja
indiferente. Desmantela la idea de un yo único y esencial, y propicia el
reconocimiento del otro como condición indispensable para la propia existencia.
Como casi todos, he pasado años
tratando de construir una identidad autosuficiente, pero esta lectura me
impulsó a revisar y reformular mi pensamiento. ¿Cómo entender que ningún yo
precede al encuentro con el otro, sino que nace en ese vínculo? Tal vez por esa
razón el poeta Víktor Gómez Valentinos insiste en la expresión «la salud de los
vínculos». Está claro que para ambos poetas el sujeto se construye y se
reconoce mediante el diálogo y la interacción con los otros. Esa mirada
integradora y solidaria nos revela una dimensión profundamente humana.
La afirmación de que el «yo» es un
«nosotros» clausura de alguna manera el concepto del individuo como una
fortaleza inexpugnable y lo presenta como un ser de múltiples posibilidades,
constituido por una red de relaciones: «salir de mí/ buscarme entre los
otros» dice Octavio Paz, y yo compruebo con gran satisfacción que ese
postulado poético y existencial lo viene encarnando desde hace mucho tiempo
nuestra sociedad bajoaragonesa. Cuántas asociaciones, colectivos y plataformas
están construyendo una identidad dinámica y colectiva, basada en la empatía y
la solidaridad.
Podemos coincidir en que esta
conciencia poética y humana no es moco de pavo. Porque a todos, sin excepción,
se nos ha revelado nuestra existencia como algo particular. Pero desde siempre,
sin embargo, nos sabemos solos. Se ha dicho que, justamente, el gran mal de esta época es la
soledad. Y no solamente entre los colectivos más vulnerables, como los ancianos
o inmigrantes, sino en general. No podemos ignorar que hemos estado expuestos
al mensaje machacón y, en apariencia, reivindicativo del culto al «yo».
Cuántos líderes o personajes
«carismáticos»
manifiestan abiertamente una constante exaltación de la propia personalidad e
individualismo. En la era digital, esa tendencia se ha exacerbado en diferentes
plataformas sociales, donde la cultura basada en la validación a través de los
«me gusta» alimenta la autoadmiración.
La egolatría ha dado lugar, a lo
largo de la historia, a formas de liderazgo autoritarias y profundamente
destructivas. Por eso amo la poesía y me adhiero plenamente al mensaje de
Octavio Paz. Sin embargo, no entiendo esta concepción poética y filosófica como
la desintegración o destrucción del «yo», sino todo lo contrario, como una
verdadera realización del ser humano, tal como lo expresara Aristóteles hace
más de dos mil años.
El filósofo griego postulaba que la
felicidad consiste en alcanzar la realización o el florecimiento de las
capacidades y potencialidades. Y afirmaba que todos los talentos humanos se
desarrollan en plenitud en una dimensión profundamente comunitaria: siempre en
relación al otro, al servicio del otro y en el contexto de la comunidad.
Aristóteles afirmaba que quien se
cierra en sí mismo y sólo se dedica a sí mismo jamás puede ser feliz. Y jamás
podrá florecer. Porque una flor aislada puede sobrevivir, pero solo un jardín
florece.
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