
Fue un par de años antes de la epidemia del Covid cuando tuve la oportunidad de presentar junto a un importante grupo de buenos conocedores del territorio, una iniciativa ante el grupo Leader-Omezyma para conocer algo más sobre las singulares y escasas oliveras que aún podemos encontrar en el ámbito de las comarcas del Bajo Aragón y del Matarraña. En aquella ocasión, sin saberlo, estábamos sembrado una semilla en un territorio en el que la figura del olivar siempre ha tenido su protagonismo y en donde la calidad de sus aceites han supuesto un motivo de orgullo para su productores. Faltaba si acaso, el reconocimiento a la figura de esos árboles, en muchos casos desconocidos y escondidos entre esos bosques de olivos que forman parte de ese paisaje tan nuestro. Unos árboles que llevan acompañándonos a lo largo de nuestra historia, formando parte de nuestra identidad, de nuestra cultura, y tradicionalmente, como no, de nuestra economía y con los que entendimos que teníamos pendiente una deuda y la obligación de facilitar su conservación ante futuras adversidades.
Esa fue la idea que impulsó a la catalogación de las grandes, escasas y singulares oliveras que aun podemos encontrar en todo el Bajo Aragón Histórico como elementos únicos de su patrimonio natural, intentando a su vez sensibilizar a sus propietarios como aliados indispensables en la permanencia y conservación de esas oliveras en las mejores condiciones, tratando de crear un vínculo emotivo con el árbol que supla la escasa productividad de los mismos. Nuestro objetivo como asociación es continuar catalogando esas grandes oliveras, creando recorridos con aquellas más accesibles y fácilmente visitables, siempre que cuenten con la autorización de su propietario, para crear una red que como ocurre en países como Japón sirva para honrar y venerar al árbol que han visto crecer tantas generaciones de nuestros antepasados y que sea respetado por la sociedad de su entorno. En momentos como los que vivimos, una correcta difusión acompañada de una protección consensuada para estas grandes oliveras debería de servir para preservar este patrimonio natural ante algunos planteamientos actuales de transformación y alteración de nuestro paisaje. Y esa protección de las grandes oliveras debe de venir aparejado con el justo reconocimiento por parte de las administraciones públicas a quienes han permitido que hayan llegado hasta nuestros días, a sus propietarios.

Esa sensibilidad que hemos tratado de fomentar durante estos años para estos ejemplares olvidados entre la sociedad, se ha ido reforzando a través de iniciativas como la declaración de la Olivera de Cervera como primera olivera declarada como Arbol Singular en Aragón, el desarrollo de programas como Tierra de Centenarias que impulsado desde la comarca del Bajo Aragón permitirá la recuperación y acondicionamiento de espacios como la almazara de Jaganta o el sulfuro de Valdealgorfa, la entrega de los premios Empeltre que se otorgan en conjunto con la DO Aceite del Bajo Aragón y que este año recayó en la Olivera del Pitongo, el premio a la olivera singular que desde AEMO se ha otorgado recientemente al Oliver del Suavo en Calaceite, las charlas acerca del setenta aniversario de la gran helada del 56, las actividades de oleoturismo impulsadas desde el territorio, la señalización de conjuntos singulares como el del Mas de Conesa en Las Parras de Castellote, así como otras muchas actividades y actuaciones que se siguen planteando en el territorio en torno al figura de la olivera.
La asociación aragonesa de amigos de las oliveras y árboles centenarios seguiremos trabajando en esa línea, con la intención de conservar y conocer algo más sobre esos elementos extraordinarios de la naturaleza agraria y por continuar con ese justo reconocimiento que se merece el árbol y su propietario como parte esencial en la evolución del mismo.
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