
Nunca antes había sido activista por ninguna causa.
Por supuesto había asistido a muchas concentraciones y manifestaciones por diversos motivos, pero siempre de manera discreta, sin agitar banderas ni portar pancartas, sin gritar consignas, en todo caso coreándolas en voz baja, sin significarme. Hace ahora un año contacté con el grupo de Solidaridad con Palestina que había en Alcañiz, organizador de las concentraciones que se habían hecho hasta entonces.
En aquel momento el grupo estaba en horas bajas, desanimado por la poca movilización general a pesar de lo grave de la situación en Palestina, que podía calificarse ya abiertamente de genocidio. A pesar de ser pleno verano, se decidió hacer una concentración el 31 de julio para expresar nuestro rechazo a la descarada masacre de Palestina y a la sangrante inacción de Europa. A esa concentración siguieron otras diecisiete en los meses siguientes hasta la actualidad.
En enero 2026, y ante el empeoramiento de la situación internacional, un pequeño grupo de personas -muchas de ellas procedentes del grupo de Solidaridad con Palestina- decidimos crear la Asamblea Ciudadana por la Paz del Bajo Aragón Histórico.
Tenemos en común que no nos gusta que el autoritarismo campe por sus respetos y que los matones impongan la ley del más fuerte. Tampoco nos gusta que se intente eliminar las instituciones de solidaridad y ayuda al desarrollo, ni que se ningunee el Derecho Internacional.
Enseguida llegó el episodio de injerencia en Venezuela, y nos concentramos contra el ataque para hacerse con los recursos del país. Al poco, empezó la guerra contra Irán. La Asamblea decidió invitar a partidos políticos, sindicatos y asociaciones de vecinos de Alcañiz a reunirse, con idea de hacer un acto unitario de repulsa. Varias instituciones se sumaron, y el acto del 24 de marzo tuvo bastante seguimiento público.
El panorama no es alentador: la situación en Palestina tras nueve meses de alto el fuego sigue siendo crítica, y ya no se habla de ella; la paz en Irán parece todavía lejos, y continúan las ansias expansionistas e imperialistas: Cuba, Groenlandia… En este contexto, ¿tiene sentido denunciar todos estos atropellos, leer manifiestos, hacer sonar cacerolas y reclamar la resolución dialogada de conflictos?
¡Rotundamente SI! En esas concentraciones decimos alto y claro que no nos da igual lo que pasa, que no somos indiferentes al dolor ajeno y estamos dispuestos a exponernos para alzar la voz por los que no pueden o no se atreven a hacerlo. Y no importa si somos pocos o muchos, importa lo que reivindicamos. A su vuelta del viaje espacial en la Artemis II, la astronauta Christina Koch, flamante ganadora del Princesa de Asturias de la Concordia 2026, hizo una inspirada reflexión sobre la labor de la tripulación en semejante misión. Hablaba de un grupo de personas que, pase lo que pase, reman juntos con un mismo objetivo, se tratan con respeto y se exigen responsabilidad mutua, un equipo que comparte las mismas preocupaciones y las mismas necesidades.
Es el mismo espíritu
que ha guiado a La Roja hasta
conseguir su objetivo: mucho trabajo en equipo prescindiendo de
individualidades y con el apoyo incondicional y generoso de todos los
jugadores.
Unir fuerzas y
voluntades es la única receta para afrontar los desafíos infinitos de nuestra
sociedad y aspirar a un mundo que sea un poco más habitable para todos. Yo me imagino como una humilde miembro de esa
tripulación que permanece unida de forma
ineludible, hermosa y comprometida de la que habla Koch.
Y ahora que me he convertido en activista, invito a todos a luchar por las causas que consideren justas.
Lourdes Miguel Abuelo
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