
Cada año el final del verano nos trae tormentas demagógicas referidas al ámbito educativo. Comenzamos un nuevo curso escolar lamentando unos desastrosos resultados en las últimas pruebas PISA realizadas a jóvenes de nuestro país, con intensos debates públicos y privados. Con preocupación, pero también como puñaladas envenenadas entre contrincantes políticos que en nada resuelven un problema que lleva ya muchos años en declive, y que genera una enorme angustia en docentes y familias.
Se buscan culpables en el sistema educativo, las leyes, el profesorado, los padres, la sociedad... Pocas veces se escucha decir que nada tienen que ver el tipo de pruebas PISA con lo que se enseña (y sobre todo cómo se enseña) en muchos de nuestros colegios e institutos, más centrados en tratar de superar exámenes como la PAU/EVAU (antigua selectividad) que en modernizar sus metodologías.
¿Alguien se imagina que, de repente, el examen del carnet de conducir consistiera en una serie de preguntas abiertas sobre el uso de las luces, el motor o la señalización horizontal, en lugar del típico test para el que todos nos hemos entrenado?
Cierto que los bandazos y modificaciones de leyes educativas cada vez que cambia el partido del gobierno no ayudan a plantear una normativa que planifique, oriente y ayude a resolver, con cierto consenso y trabajo en común, las dificultades con las que nos encontramos hoy en día en las aulas.
Cierto también que la sociedad ha ido cambiando en las últimas décadas, y nada tienen que ver los niños y adolescentes actuales, con los de entonces. Ni en el modo de entretenerse, ni de comunicarse, ni de relacionarse entre ellos.... Muchos niños empiezan la educación infantil sin haber cogido nunca un lápiz, ni haber recortado, ni leído un cuento. Impensable para los que disfrutamos de dibujar, pintar y leer como nuestras principales diversiones en la infancia. Cada vez más familias no tienen libros en casa, ni van a la biblioteca (que es gratuita) a por ellos.
Internet y las redes sociales son un buen ejemplo de lo intenso del cambio de hábitos en varias generaciones, y no sólo en jóvenes, sino en personas de cualquier edad; el uso del tiempo libre y ocio, las actividades extraescolares, el auge deportivo y del gimnasio, las dificultades para conciliar horarios familiares y trabajos....
La salud mental y el bienestar
emocional cobra importancia y genera una gran inquietud en un profesorado al
que cada vez se le exige más burocracia y formación para actualizarse, con una
mayor diversidad en las aulas, conflictividad y problemas de disciplina sin los
recursos necesarios para abordarlo adecuadamente.
Las voces que claman por una escuela a la antigua usanza parecen no tener en cuenta que nuestra sociedad, nosotros, ya nos somos ni vivimos como entonces. Para bien y para mal. Por eso, que la escuela se adapte, de verdad, al S.XXI, en lugar de mirar en tantas ocasiones al S.XIX, sería un buen camino por el que llegar a un mayor éxito en el rendimiento escolar.
Denostar a la juventud actual y lanzar proclamas sobre la bondad de tiempos pasados es un burdo ejercicio estéril que no mejorará absolutamente nada.
Desde la Antigüedad se ha venido
repitiendo la misma queja insistentemente: «Nuestra juventud ama el lujo: está
mal educada; se burla de la autoridad y no tiene ningún respeto por sus
mayores. Nuestros hijos hoy son tiranos.
No se levantan cuando un anciano entra en una estancia». Sócrates (470-399 a.C.)
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