
❝La selección (esos chavales de veinte años) confiaban mucho más en ellos mismos de lo que hacíamos una generación anterior, proclive al fatalismo, al victimismo, y anclada a ese complejo de inferioridad...
España ingresó en la CEE en 1986. Ese mismo año, España perdió los cuartos de final del Mundial a los penaltis contra Bélgica, país donde vivo y que no era -ni lo es ahora, pese a la calidad de algunos de sus jugadores- una potencia futbolística. Hace cuarenta años, «ya somos europeos» era la divisa de toda una generación de españoles; España entró con vocación de empollona y complejo de inferioridad (las dos cosas van unidas) en el «club europeo». Y fruto de ese complejo de inferioridad, también, nos temblaban las piernas, como Selección y como país, ante la tesitura de ir un poco más allá, de avanzar hacia el Olimpo, de formar parte de la élite de las naciones.
Otro recuerdo, más lejano: en 1976, tuvieron lugar los Juegos Olímpicos de Montreal, unos más de aquellos Juegos a los que España acudía con la máxima aspiración de conseguir una medallita en Vela, y poco, muy poco más.
Cuarenta, cincuenta años después, el panorama ha cambiado totalmente. España ha sido, en este lapso, tres veces campeona de Europa y dos veces campeona del Mundo de fútbol masculino, y también es campeona mundial femenina. Ha sido dos veces campeona del mundo de baloncesto, y perdí la cuenta de los Eurobasket ganados por la generación de Pau Gasol y compañía. Desde los Juegos de Barcelona, las medallas se cuentan por decenas, y en disciplinas que antes nos hubieran parecido simplemente quiméricas…España tiene un lugar en el mundo del deporte, y en el mundo en general.
Hace pocos meses, al saber que yo era español, un taxista de Bruselas me dijo algo así como «Hace años, Bélgica estaba arriba, y ustedes abajo; nosotros nos hemos quedado donde estábamos, pero ustedes han subido y ya nos han superado». Sin pretenderlo, no pude por menos que darle la razón, porque la realidad que yo veo, después de más de diez años viviendo en ambos países, es que España ha progresado de forma exponencial, aunque muchas veces, ni nosotros mismos seamos conscientes de ello.
Por eso la selección (esos chavales de veinte años) confiaban mucho más en ellos mismos de lo que hacíamos una generación anterior, proclive al fatalismo, al victimismo, y anclada a ese complejo de inferioridad que he nombrado antes. La generación actual ya no tiene dicho complejo. Estudia, juega, gana, o pierde… en igualdad de condiciones, o incluso mejor, que muchos jóvenes de otros países. Cuando Alemania, o Bélgica, se enfrentan ahora al desafío de ser potencias analógicas en un mundo digital, España, los españoles de varias generaciones, hemos sido capaces de, poco a poco, construir un país al que muchos, y lo digo con conocimiento de causa, miran con envidia.
También en el plano de los derechos sociales: una compañera de trabajo polaca comentaba con admiración que España contempla las bajas por reglas dolorosas… o el mapa de derechos LGTBIQ+, que nos sitúa como avanzadilla del mundo… Incluso, en el espinoso tema de la inmigración -y de nuevo, hablo por experiencia directa-, la forma en que la cuestión se maneja en España es mucho más proactiva e inteligente que en otros países europeos.
Por supuesto, quedan cuestiones pendientes: la vivienda, la desigualdad, la propia inmigración, el cambio climático (con este horrible verano de incendios…), el modelo productivo,… pero cada vez estoy más convencido de que los españoles/as tenemos capacidad e inteligencia para gestionar todo ello y sacar adelante un país más justo y ejemplar, si no permitimos que el odio, el nacionalismo de pacotilla y banderita, la exclusión y el pensar pequeño se apoderen de nosotras.
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