
Me llegó la noticia por diferentes conductos. Un ciudadano de 88 años, natural y vecino de La Codonyera, perdió la vida en un accidente de tráfico. El periódico decano de Aragón acompañaba la información con una fotografía del siniestro. Se reconocía a la perfección el lugar: la entrada en Torrevellilla. Pero para identificar al fallecido tuve que llamar a un buen amigo del ‘lloc’ a fin de que me dijera quién era aquel convecino suyo que había perdido la vida en la mañana del domingo 13 de septiembre. Uno tiene ya 82 años y empadronado en Bellmunt, por fuerza tenía que conocer la identidad de un habitante de esa edad en un pueblo limítrofe, un dato informativo que los medios de comunicación de cercanía no me facilitaban.
Era el mismo día en que conocíamos la desdichada muerte en México de una estudiante española, en etapa formativa de Erasmus, llamada Claudia y apellidada Tacoronte. Pero del fallecido en el accidente en Torrevelilla el periodismo de cercanía no facilitaba ni las iniciales. De otro siniestro con víctima mortal acabo de leer una información en la que sí se daban la primera letra del nombre así como la del apellido. Parece ser que los atestados de la Guardia Civil y otros cuerpos de seguridad no facilitan los datos personales con demasiada facilidad. A pesar de todo, el periodista de pueblo, el más cercano, bien podrá preguntar a la familia si puede o no publicar la identidad del fallecido.
Esta situación incomprensible desde mi humilde modo de encarar la vida en general y la profesión a la que dediqué gran parte de mi ya larga existencia, viene de lejos. Recuerdo una ocasión en que un periódico de cercanía recogía una noticia lúgubre semejante a la que nos ocupa en la que de la víctima no se facilitaba ni un interrogante. ¡Ah, pues no se lo pierdan! Porque en las páginas de las esquelas del mismo medio, en el mismo día de autos, aparecían, claro, todos los datos personales y familiares del triste protagonista de la historia.
Los funerales en nuestros pueblos son un momento de congregación comarcal superior a cualquier otro. En otras épocas, los vecinos de un villorrio que se trasladaban a otro por novedad triste o de regocijo, se veían forzados a pernoctar en la plaza de destino. Hoy, por el contrario, las iglesias de nuestros pueblos, vacías por lo general en días y horas de culto litúrgico tradicional, se llenan hasta la bandera de feligreses de toda la contornada y aun de más allá, para despedir al difunto y mostrar sus condolencias a sus familiares y allegados. Y tan alta concurrencia es noticiable para el periodismo de cercanía, -¡faltaría más!- pero… con iniciales, en el mejor de los casos.
Con el permiso de la dirección de CyC, medio comarcal y de cercanía donde los haya, notifico que el fallecido en el accidente de Torrevelilla se llamaba Domingo Faci Bayod. Había nacido 88 años antes de su partida de este mundo en el ‘lloc’ de La Codonyera y era hijo de Ángel Facil Bayod y nieto de Cristobal Faci Gazulla, ambos de Bellmunt. ‘Lo tio Cristobol’ estuvo en la guerra de Cuba y fue uno de los inolvidables personajes de nuestra infancia. Pero quizá todos estos detalles sean más recuerdos entrañables que datos noticiables para ser plasmados en un medio de comunicación, aunque sea de cercanía.
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