
❝No hace falta mucha imaginación para intuir que el desarrollo de un territorio depende, en última instancia, de esa combinación esquiva entre un liderazgo capaz e independiente y una ciudadanía activa pero no obstruccionista.
Cuentan los viejos legajos aragoneses que en muchos concejos medievales las decisiones importantes, como repartir el agua, arreglar un camino o elegir al Justicia, se tomaban a «campana tañida». ¿Qué era eso? Muy sencillo: todo el vecindario se reunía en la plaza, en el atrio de la iglesia o en algún sitio especial. Al concejo abierto no faltaba nadie que tuviese algo que perder o que ganar, y el que mandaba lo hacía porque la asamblea se lo permitía cada año, no porque hubiese nacido para ello. Ese pequeño arreglo institucional, humilde y sencillo, tiene mucho que ver con lo que hoy llamamos desarrollo local. Porque, salvando las siete u ocho tallas de tamaño del territorio estudiado, encierra el mismo dilema que ya trataron Acemoglu y Robinson (en adelante AR) en su libro titulado El pasillo estrecho: cómo lograr que el poder de quien gobierna y el poder de quien es gobernado crezcan juntos, sin que ninguno de los dos devore al otro.
Cuando reseñé ese libro hace unos años, insistía en que su verdadera aportación no era tanto las anécdotas históricas, que las tiene, y muchas, como el dilema que presenta. El pasillo estrecho pasa entre dos ejes, el poder del Estado por un lado y el poder de una sociedad organizada por otro. El pasillo es precisamente esa franja estrechísima entre ambos en la que pueden florecer la libertad y la prosperidad siempre que uno no se imponga al otro. Pues bien, ese mismo diagrama, reducido de escala, sirve para explicar por qué unas comarcas se despueblan mientras otras, con recursos parecidos o incluso peores, logran fijar población, atraer inversión y sostener sus servicios. La clave no está tanto en el dinero que llegue de Bruselas o de la capital autonómica de turno, aunque ayudar ayuda, como en si esa comarca ha encontrado su propio pasillo: un liderazgo local con capacidad real de ejecutar y coordinar, pero contenido por una sociedad civil despierta que no le deja convertir la comarca en cortijo particular.
El lector avezado en estos asuntos ya sabe de sobra que el desarrollo rural español, como el de media Europa meridional, ha oscilado durante décadas entre dos precipicios muy reconocibles. El primero es el del poder local hipertrofiado y sin contrapesos: el alcalde-patrón, el cacique de toda la vida reconvertido en gestor de fondos europeos, que decide quién recibe la subvención para el agroturismo y quién se queda sin ella según simpatías de familia o de partido. Ese modelo puede generar algún resultado vistoso a corto plazo: esa rotonda a ninguna parte, ese polígono industrial que luego está medio vacío, ese museo etnográfico que luego casi nadie visita. Pero esos liderazgos raramente producen el tejido económico denso y diverso que sostiene un territorio a largo plazo, porque nadie invierte allí donde las reglas dependen del humor de una sola persona. El segundo precipicio es el simétrico del anterior y puede ser tan dañino como el anterior: el de la atomización asociativa sin ninguna capacidad de crear proyectos de futuro. Se trata de movimientos desde abajo que están en contra de proyectos, pero incapaces de ofrecer a cambio ninguna alternativa. Una sociedad civil pujante que solo sabe decir no acaba paralizando al territorio con la misma eficacia que un cacique que solo sabe decir sí a los suyos. El truco está en que la sociedad civil delibere a qué hay que decir sí y los poderes elegidos sepan decir no a los que han mandado en la zona desde tiempos inmemoriales.
Sin duda ese equilibrio es frágil. Guardando las proporciones, el esquema de AR puede usarse para entender por qué tantos programas Leader o tantas estrategias de desarrollo rural participativo acaban en papel mojado. Se diseñan con toda la buena intención del mundo, se dota a los Grupos de Acción Local de reglamentos exquisitos de participación, pero al final el resultado depende de si en ese territorio concreto existía ya, antes de que llegase la subvención, una cultura cívica capaz de vigilar, proponer y exigir cuentas. Allí donde esa cultura preexistía, el dinero europeo actuará como fertilizante. Donde no, ese mismo dinero simplemente reforzará las jerarquías de siempre. Mantenerse en el pasillo es una tarea continua porque el corredor, aunque haya conseguido llegar a abrirse, puede volverse a cerrar en la siguiente legislatura según quién gobierne. Porque al pasillo se puede entrar, pero también salirse; nada garantiza que una comarca que hoy exhibe ese raro equilibrio lo conserve dentro de veinte años, sobre todo si el relevo generacional vacía las asociaciones o si un liderazgo carismático decide gobernar sin rendir cuentas a nadie.
Conviene no caer aquí en el determinismo cultural que los propios AR se esfuerzan en descartar. No hay comarcas genéticamente predispuestas a la cooperación cívica ni pueblos condenados de antemano al caciquismo. La Historia reciente de España ofrece ejemplos de territorios que en un par de décadas pasaron de la pasividad resignada a una sociedad civil organizada y exigente, capaz de convivir con un liderazgo local fuerte pero sin dejarse avasallar por él: cooperativas agroalimentarias que se convierten en actor político de facto, mancomunidades que profesionalizan su gestión sin perder el control asambleario, comarcas que aprenden a decir sí de forma condicionada (ni un no reflejo ni un sí incondicional).
Hay, además, un matiz que el marco de AR ilumina especialmente bien si lo aplicamos a esta escala menor: el Estado fuerte no tiene por qué llegar hasta el propio municipio. Puede, y en el caso español probablemente debe, tratarse de un Estado autonómico o central que sea capaz de proveer infraestructuras, sanidad, educación y conectividad digital allí donde el mercado nunca llegaría por sí solo, pero dejando a la sociedad civil local la tarea de decidir prioridades y vigilar la ejecución. El drama de buena parte de la España vaciada no es solo la ausencia de recursos, sino la combinación perversa de un Estado remoto y desentendido con una sociedad civil que, sin nada que vigilar ni con quién dialogar, termina por desmovilizarse. Es la variante rural de esa jaula de hierro que Weber ya describía y que AR resucitan para explicar los despotismos ausentes: allí donde no llega el Estado tampoco crece la libertad, solo el vacío.
Concluyo esta reflexión igual que en su día cerraba la recensión que la inspira, insistiendo en que la Historia (también la pequeña historia local, la de los concejos, las cooperativas y los ayuntamientos rurales) es la mejor maestra disponible para entender la política. No hace falta mucha imaginación para intuir que el desarrollo de un territorio depende, en última instancia, de esa combinación esquiva entre un liderazgo capaz e independiente y una ciudadanía activa pero no obstruccionista. Ese pasillo estrecho existe también en la escala municipal y comarcal. Es probable que sea ahí donde se juega el destino de los territorios, casi siempre en silencio y sin nadie que lo retransmita.
Este artículo está inspirado en: Bielsa Callau, Jorge (2020); Recensión de El pasillo estrecho, estados, sociedades y cómo alcanzar la libertad, Revista de Economía Crítica, nº29, primer semestre 2020, ISSN 2013-5254, pp. 160-162
El libro recensionado (y recomendado) es: Acemoglu, Daron y Robinson, James A. (2029): El pasillo estrecho, estados, sociedades y cómo alcanzar la libertad. Ed. Deusto.
¿Te ha gustado este artículo? Compártelo