
Después de cuatro años al frente de la Concejalía de Festejos, y con la legislatura llegando a su final, resulta inevitable mirar atrás y hacer balance. No solo de los conciertos, las orquestas y las actividades programadas, sino también de todo lo aprendido durante este tiempo.
Organizar las fiestas de una ciudad como Alcañiz, con
alrededor de 17.000 habitantes, es mucho más complejo de lo que puede parecer
desde fuera. Inclusa en algunos momentos, humildemente, me he sentido
«pequeñita» frente a esta responsabilidad. A menudo, cuando se presenta un
programa, todo se resume en una pregunta: «¿Quién viene?». Sin embargo, detrás
de cada nombre hay reuniones, llamadas, presupuestos, negociaciones, contratos,
permisos, necesidades técnicas, seguridad y muchas horas de coordinación.
Además, el mundo de la música y de los espectáculos ha
cambiado profundamente. Antes era posible contratar a casi cualquier grupo o
artista para que actuara en nuestra ciudad. Hoy, el aumento de los cachés, la
complejidad de los formatos y las exigencias técnicas hacen que organizar un
concierto sea mucho más costoso. Ya no se trata únicamente de contratar a un
artista, sino de asumir desplazamientos, montaje, sonido, iluminación,
pantallas, personal especializado y todas las condiciones necesarias para que
el espectáculo pueda celebrarse.
También han cambiado las redes sociales y las plataformas
digitales. La música llega de forma inmediata a cualquier lugar y el público
tiene acceso constante a contenidos, conciertos y artistas de todo el mundo.
Esto ha elevado las expectativas, pero una ciudad pequeña no puede competir
siempre con los presupuestos de las grandes capitales. Por eso es necesario
buscar un equilibrio entre actuaciones destacadas, propuestas para diferentes
edades, artistas locales, peñas, charangas, asociaciones y actividades
participativas.
Las fiestas no se construyen únicamente con grandes nombres.
También las hacen posibles los trabajadores de la brigada, los equipos de
limpieza, la Policía Local, Protección Civil, el personal sanitario, los
técnicos, las empresas de montaje, la hostelería y todas las personas que
trabajan mientras los demás disfrutamos. Pero sobre todo gracias a la Peñas y
los peñistas. Cada escenario preparado, cada calle acondicionada y cada acto
que se desarrolla con normalidad es fruto del esfuerzo de muchos profesionales.
Durante estos años he pensado más de una vez que la experiencia
de ser concejal debería formar parte de la educación ciudadana, casi como una
asignatura práctica durante la ESO. No porque todo el mundo tenga que dedicarse
a la política, sino porque conocer desde dentro un Ayuntamiento ayuda a
comprender mejor cómo se toman las decisiones.
Gobernar no consiste solo en proponer ideas. También implica
estudiar presupuestos, priorizar necesidades, cumplir procedimientos, escuchar
críticas, asumir errores y decidir cómo utilizar unos recursos limitados. En el
caso de las fiestas, se trabaja además con las ilusiones y expectativas de toda
una población. No siempre se puede contratar todo lo que se desea, y cada euro
destinado a una actuación no puede emplearse en otra necesidad.
Conocer esta realidad nos ayudaría a valorar más el trabajo
de cualquier equipo de gobierno, independientemente de quién lo forme. No para
dejar de criticar, que de forma constructiva es necesario, sino para hacerlo
con más información y entendiendo la dificultad de gestionar lo que es de
todos.
Al finalizar esta etapa, me quedo con una certeza: las
fiestas son mucho más que un programa. Son una forma de cuidar la ciudad,
reconocer su talento y crear espacios para encontrarnos. Detrás de cada fiesta
hay música, pero también planificación, responsabilidad, ilusión y muchas horas
de trabajo compartido.
Gracias Alcañiz, por esta lección aprendida.
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