
La evaluación es un tema que suscita especial interés entre el profesorado y que, desgraciadamente, causa cierto nerviosismo en el alumnado y sus familias. Está comprobado que la manera en la que se mide el aprendizaje no solo repercute en el rendimiento académico de los estudiantes, sino también en su motivación y autoestima. Entonces, ¿por qué, hoy en día, la evaluación se sigue limitando a la realización de un examen escrito?
Tradicionalmente, los exámenes han sido considerados instrumentos de evaluación «idóneos» al permitir medir los conocimientos aprendidos de manera rápida, eficaz y objetiva. Sin embargo, en la mayoría de los casos, este tipo de pruebas se basan principalmente en la memorización y reproducción de contenidos, dejando de lado habilidades fundamentales para la vida como, por ejemplo, la creatividad, la comunicación asertiva o la resolución de problemas.
Numerosos autores afirman que la evaluación debe realizarse de forma personalizada, considerando la situación inicial de cada alumno, así como los distintos ritmos de aprendizaje y actitudes en el aula. De este modo, conviene que los docentes consideren otros métodos de evaluación, pues no es justo realizar el mismo examen a todos los estudiantes, ya que cada niño cuenta con diferentes habilidades y tiene circunstancias distintas.
Desde la normativa educativa actual se resalta la necesidad de que los profesores utilicen diferentes instrumentos y técnicas de evaluación para comprobar y valorar el aprendizaje de sus alumnos. Pero… ¿cuántos docentes conocemos que, a la hora de evaluar, se basan exclusivamente en la nota de un examen escrito?
Resulta fundamental tener en cuenta que la principal finalidad de la evaluación es lograr que el alumnado reflexione y mejore su proceso de aprendizaje. Pero… ¿realmente esto se consigue a través de un examen escrito?
La realización de este tipo de pruebas es importante; contribuye a que los estudiantes se organicen, a que desarrollen hábitos de estudio y a que adquieran habilidades como la síntesis de información o la gestión del tiempo. Sin embargo, en la mayoría de los casos, los exámenes conllevan más desventajas que beneficios para los alumnos. Esto se debe a que están descontextualizados, presentan un número excesivo de ejercicios, miden la memoria y no la comprensión, fomentan actitudes competitivas, causan estrés y ansiedad a los alumnos… y, lo más grave, reducen el aprendizaje a una nota, centrándose más en el resultado que en el propio proceso de aprendizaje. Entonces… ¿seguro que este instrumento de evaluación es el más completo y objetivo?, ¿realmente un examen mide lo que verdaderamente importa?, ¿es una prueba escrita la mejor manera de evaluar el aprendizaje en pleno siglo XXI?
No se trata de acabar con los exámenes, pero sí conviene enforcarlos de diferente manera y combinarlos con otros instrumentos que permitan una evaluación procesual (tal y como se expresa en el currículo de Aragón) como los diarios de aprendizaje, los portafolios, los debates, las dramatizaciones e, incluso, los exámenes cooperativos, que son más interesantes, pues contribuyen al desarrollo de habilidades sociales.
En definitiva, la evaluación, además de informarle al profesor sobre la evolución del alumnado, debe posibilitar que el aprendiz sea consciente de sus errores y que, a partir de ellos, intente mejorar. Y esto no se consigue con un mero examen escrito.
Como dice Einstein: «todos podemos ser genios, pero si juzgas a un pez por sus capacidades para trepar un árbol, pasará toda su vida creyendo que es un inútil».
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