
Un rato que tengan, entre siesta y siesta, o entre chapuzón y chapuzón en este verano infernal, echen un vistazo a los territorios en los que se están registrando los incendios forestales más pavorosos de Aragón. Se veía venir claramente que tras el invierno y primavera lluviosa que hemos tenido se ha llenado el campo de maleza que llegado el verano se ha secado y está funcionando ahora como una megaantorcha volatilizado decenas de miles de hectáreas de terreno, además, de especial valor ecológico, forestal, paisajístico y medioambiental. Un desastre en toda regla.
Un desastre, además, que tiene mucho que ver con ese vistazo que a lo mejor han podido echar. Los focos principales de los incendios más destructivos en Aragón tienen todos un nexo común: no vive casi nadie en muchos kilómetros a la redonda. El valle oscense de La Fueva es un enclave prepirenaico con aspecto de media montaña europea que junta a apenas un millar de personas en decenas de aldeas cada una de ellas diseminada respecto a las demás. Sus referentes demográficos son ya cabeceras comarcales relativamente alejadas, como Aínsa, Barbastro, Monzón o Graus. En medio, un páramo deshabitado que ha ardido por los cuatro costados.
Ahora arde un poco más arriba, en los maravillosos valles de Chistén y Plan, una réplica exacta de los Alpes suizos en la que tampoco vive prácticamente nadie. Está ardiendo también la zona más frondosa, espectacular y delicada de las altas Cinco Villas, el entorno de Luesia, otro santuario prácticamente deshabitado con Ejea, Jaca y Huesca como referentes demográficos a decenas de kilómetros de malas carreteras. Ha ardido también, como una pira, la sierra de Alcubierre. Prácticamente no vive nadie allí tampoco.
Y, en efecto, está ardiendo el Bajo Aragón histórico. La zona de Ports, y el alto Mezquín; muy poca población, muy diseminada. De acceso difícil. Y se está quemando, como se quemó hace quince años, la Silent Route, que se llama silent no precisamente por su acumulación de seres humanos. Se ha quemado, de hecho, dos veces, a partir de Ejulve y en todas las direcciones. El centenar y pico de habitantes de esta población constituye el núcleo de más entidad rodeado por decenas de kilómetros de ese paraíso que reivindican los que gustan de vivir en un Teruel ancho, sin el molesto ruido de gentes de tez más oscura.
Después de toda la absurda polémica que oirán de parte de algunos supuestos políticos, quédense con lo siguiente: el fuego se extingue con servicios públicos, fundamentalmente con bomberos y efectivos de protección civil y seguridad. Se previene con una política medioambiental seria, despojada de apriorismos ideológicos desconectados de la realidad, basada igualmente en el establecimiento de más servicios públicos que emplean medios técnicos y humanos que habitan de manera estable en el territorio.
En definitiva, el fuego se combate con gente. Gente especializada, instalada en nuestras comarcas, vecinos de nuestro medio rural que conviven, además, con el resto de los vecinos del medio rural, que deben ser cada vez más, todos los que sea posible, trabajando en lo que sea necesario. Así que la motosierra nacional debe ir ya acelerando la búsqueda del ADN biológico aceptable para repoblar nuestros pueblos y cabeceras. Y si, por lo que sea, no acaba de tener éxito con su proyecto de decolorado del aragonés común, que permita que, al menos de momento, vengan nuevos vecinos más oscuros porque, si no, a esos que se parten la camisa por su «mundo rural» igual en cinco años no les queda ya rural con el que incendiar las redes sociales.
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