
Cuando se produce un gran incendio forestal, una de las primeras cifras que aparece en los medios de comunicación es el número de hectáreas quemadas. Es un dato importante para dimensionar la magnitud del incendio, pero resulta insuficiente para comprender todo lo que realmente se ha perdido. Detrás de cada hectárea hay un ecosistema, especies animales y vegetales, actividades económicas, viviendas, recuerdos y, en definitiva, una parte del territorio y de la vida de las personas que lo habitan.
Por ello, valorar las consecuencias de un incendio significa mucho más que medir la superficie afectada. Es necesario analizar sus efectos ecológicos, sociales, económicos y también emocionales. También interesa cada vez más el impacto sobre la atmósfera: se estima que los incendios en España de este verano han vertido a la atmósfera más de 12 millones de toneladas de CO2, una cifra sobrecogedora.
El fuego puede provocar una pérdida directa de la biodiversidad. Animales que no pueden escapar de las llamas; nidos, madrigueras y refugios desaparecen, a la vez que algunas especies sobreviven al incendio para encontrar después un territorio transformado, sin alimento, sin agua y sin lugares adecuados para la vida. Los efectos, por tanto, no terminan cuando se apagan las llamas: pueden prolongarse durante años según la dimensión de la superficie quemada.
En el caso de la vegetación sucede algo similar. Algunas especies están adaptadas al fuego y pueden rebrotar o regenerarse por sí mismas, mientras que otras necesitan mucho tiempo para recuperarse. La desaparición de determinadas plantas puede afectar además a numerosas especies animales que dependen de ellas, al menos durante algún tiempo. Especial importancia tienen las especies amenazadas, endémicas o con poblaciones reducidas, cuya pérdida puede tener consecuencias desproporcionadas para el equilibrio del ecosistema.
Por eso, las hectáreas tienen diferente valor ecológico. Una hectárea de un bosque homogéneo y joven no representa necesariamente la misma pérdida que una hectárea que alberga un hábitat singular, una población de una especie amenazada o un ecosistema que ha tardado décadas en desarrollarse. Saber cuántas hectáreas han ardido es solo un dato inicial para empezar a valorar el impacto, hay que saber también qué especies vivían en ellas, el estado evolutivo del monte y del bosque quemado y cuánto tiempo necesitará el ecosistema para recuperarse. Y comenzar a planificar y ejecutar los trabajos forestales y ambientales necesarios.
A esta pérdida ecológica se suma la económica y social. Un incendio puede destruir viviendas, segundas residencias, explotaciones agrícolas y ganaderas, vehículos, instalaciones, caminos y otras infraestructuras. También puede provocar la interrupción de actividades económicas, pérdidas de cosechas, disminución de ingresos, además de los costes de la emergencia, de la extinción y de la futura restauración. Algunas consecuencias económicas se prolongan mucho después de extinguido el incendio.
Pero también hay pérdidas cuyo valor no puede calcularse fácilmente en euros.
Ser desalojado de la propia casa ante el avance de un incendio supone una experiencia especialmente dura. De repente, una familia tiene que abandonar su hogar, sus pertenencias y su entorno sin saber si podrá regresar a él en las mismas condiciones. El pueblo, la casa y los espacios cotidianos dejan de ser lugares seguros y se convierten durante un tiempo en territorios amenazados.
Sin embargo, existe otra dimensión emocional menos visible: la transformación del paisaje.
Para quienes vivimos en un territorio, el paisaje no es simplemente aquello que se observa a modo de imagen fotográfica. Es el lugar donde se ha construido una parte de la propia historia. Son los caminos recorridos durante años, los bosques donde se paseaba, los árboles que se han visto crecer, los campos, las montañas y los espacios naturales asociados a recuerdos familiares y personales. Es también un patrimonio íntimo compartido por toda una comunidad.
Después de un incendio, ese paisaje puede resultar irreconocible. Allí donde había un bosque, un mosaico agrícola o una ladera cubierta de vegetación aparece un territorio negro, desnudo y silencioso. La pérdida no es solamente estética: se modifica el escenario físico que daba sentido a experiencias, recuerdos y formas de vida.
Por eso, el paisaje posee un valor que va mucho más allá de su precio económico. Tiene un valor ecológico, cultural, social y, sobre todo, emocional. Forma parte de la identidad de quienes lo habitamos y del patrimonio colectivo de la comunidad.
Por tanto, al hablar de los incendios forestales, además del número de hectáreas que si bien, es un dato significativo, hemos de valorar el impacto sobre las especies y hábitats afectados, los bienes e infraestructuras destruidos, las actividades económicas perjudicadas y también, algo que resulta mucho más difícil de medir: el vínculo de las personas con el territorio que han perdido o que ha quedado profundamente transformado.
Porque cuando arde un bosque no solo se quema superficie: Se pierde biodiversidad, se destruyen bienes, se alteran vidas y, en ocasiones, desaparece un trozo del paisaje que forma parte de nuestra memoria.
Gestionar los montes y bosques es una tarea ardua y muy costosa tanto de esfuerzo laboral como presupuestario, ya que tareas que hace décadas hacían las gentes del campo con su forma de vida, formas de vida hoy desaparecidas, hoy hay que plantearlo de forma planificada y gestionada.
Por tanto y visto el cambio que está sufriendo el clima en los últimos años, tratemos de avanzar en esa gestión, pero: ¡incendios forestales, hasta el verano que viene!
¿Te ha gustado este artículo? Compártelo