
«Todo lo bueno pasa muy rápido o, al menos, eso dicen». Para comprobarlo, basta con mirar al reloj cuando compartimos tiempo de calidad con nuestros amigos o familiares. Solo entonces somos conscientes de cómo se aceleran las agujas cuando vivimos experiencias que nos llenan el alma. Con la llegada de septiembre parece que el tiempo cambia de ritmo. Los días empiezan a tener nombre y la rutina llama de nuevo a nuestra puerta. Septiembre es sinónimo de cambios y todo cambio conlleva una elección y, de alguna manera, una pequeña pérdida. Toca despedirse de la tumbona y vuelven los despertadores, las prisas y las responsabilidades.
Las personas somos diversas y, en mi opinión, esa variedad es tan necesaria como asombrosa. Por eso, cuando acaba el verano, hay quienes desean «volver a la rutina», aquella que les aporta seguridad, mientras otros anhelan seguir perdiendo la noción del tiempo, por lo que tratan de exprimir cada minuto al máximo, aferrándose a las últimas puestas de sol con las que finalizan las tórridas tardes de agosto.
La vida, a veces, es frenética. Sin embargo, al igual que el sol, es esencial levantarse cada mañana con actitud y tratar de ser personas vitamina para quienes nos rodean. No resulta muy descabellado afirmar que, para muchas personas, la vuelta al trabajo, a los estudios… así como asumir cualquier otro tipo de responsabilidad que resulte monótona y rutinaria, suele convertirse en una auténtica carga, especialmente cuando finaliza la temporada veraniega. Se trata de un momento en el que muchos experimentan una terrible sensación de nostalgia, al comprobar que no disponen de tanto tiempo para hacer aquellos planes que verdaderamente les generan entusiasmo y alegría. Cuando estos pensamientos se instalan en nuestra mente, deberíamos preguntarnos lo siguiente: ¿Realmente valoramos el aquí y el ahora? ¿Somos conscientes de lo afortunados que somos de poder «volver a la rutina» por ajetreada que sea?
Como maestra que soy, considero que septiembre es el mes más importante y especial del año. Muchos docentes lo reciben con gran incertidumbre, puesto que hasta ese momento no saben en qué centro educativo desempeñarán su labor el próximo curso académico. Esta situación puede provocar cierta inseguridad entre los miembros del colectivo, ya que es muy probable que los educadores tengan que adaptarse, de manera muy apresurada, al nuevo colegio que les hayan asignado. En muchas ocasiones, esto supone trasladarse a otro municipio, trabajar con nuevos compañeros, acercarse a una gran variedad de familias para entender el contexto y la situación en la que se encuentran y, lo más importante, interesarse por el nuevo alumnado, mostrándose cercanos y abiertos en todo momento, manteniendo una actitud de escucha y comprensión, ya que solo así se podrán generar lazos afectivos basados en la confianza y el respeto, aspecto clave para que posteriormente se produzca el aprendizaje.
Cuando el verano llega a su fin, tengo la sensación de que algo mágico se apaga, pero, al mismo tiempo, siento una gran ilusión por volver a empezar de cero, puesto que septiembre no solo es final, sino también principio. Por eso, os animo encarecidamente a hacer una pausa y a descubrir los pequeños momentos mágicos que se esconden en nuestra rutina, los cuales, en muchas ocasiones, pasan desapercibidos. Y es que, para mí, no hay nada más gratificante que aquellos instantes en los que surgen miradas cómplices, risas compartidas, silencios reflexivos… o, simplemente, cuando nuestros alumnos nos regalan unas bonitas palabras o gestos de agradecimiento que nos llenan de dopamina y nos permiten apreciar lo extraordinario que puede llegar a ser dedicarse a la docencia.
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