
Cuando se aborda la despoblación rural, se abren debates sobre falta de servicios, empleo, vivienda, sanidad… Sin embargo, existe una realidad sobre la que no se dialoga, invisibilizada pero que afecta profundamente a las personas que habitan los pueblos pequeños: la pobreza cultural.
Mientras que en las ciudades la oferta
cultural es amplia: bibliotecas,
exposiciones, conciertos, cines, formación educativa continuada, en la mayoría
de los municipios de menos de 100 habitantes, la oferta se limita a algunos
actos en señalados fines de semana, durante las fiestas patronales o los
periodos vacacionales. El resto del año, acceder a la cultura es difícil, por
no decir imposible.
Este escenario aporta una visión
equivocada de la cultura, entendida a menudo como un entretenimiento ocasional
y no como un derecho fundamental de las personas sea cual sea su hábitat, y una
consecuencia de esta manera de entenderla es convertir a los habitantes de
estos pueblos en ciudadanos culturales de segunda categoría.
La escasez de habitantes y además
envejecidos no debe justificar esta carencia, al contrario, la cultura debería
desempeñar un papel fundamental en la lucha contra el aislamiento social.
Cuando en los meses más duros del otoño e invierno no existen propuestas que
fomenten el encuentro, el aprendizaje o la creatividad, los vínculos
comunitarios se debilitan y crece la sensación de abandono institucional.
Ante la situación de desamparo
cultural durante la mayor parte del año, en Fuenferrada un pueblo de 37
habitantes censados, pero de 11 «invernantes», decidimos tomar las
riendas y lanzar la propuesta de generar un espacio de cultura de interacción
profunda en el que generar verdadero sentido comunitario aunando la cultura y
el arte de relacionarse con los vecinos más próximos y de pueblos
colindantes.
Así, en diciembre de 2025, nació la «Lifara
cultural», un espacio de cultura, con periodicidad mensual excepto en los
meses de julio y agosto en los que vacacionamos, y siempre, entre semana para
dotarla de sentido local y desposeerlo de la cultura turística. Evitando así que
se convierta en producto de consumo para aquellos que regresan en vacaciones o
fines de semana a los pueblos de los que emigraron y a los que las Asociaciones
y Comisiones tienen que entretener.
Invitamos a personas del entorno
comarcal o a cualquier persona que tenga algo que contarnos, a que nos den una charla
sobre lo que mejor conocen para posteriormente debatir y compartir en torno a
una merienda (se paga a escote) en el bar del pueblo. A lo largo de su andadura
hemos transitado por temas educativos, sociales, astronómicos, poéticos e
incluso sobre tarot. Hemos bailado, cantado, comido y bebido, pero sobre todo
hemos compartido territorio, alegrías y penas. Nos ha aportado bienestar, ha
mitigado en parte la soledad del invierno y hemos ampliado las sensaciones de
arraigo y pertenencia. Queremos crear sinergias que nos permitan desplazarnos a
comunidades vecinas y que esto se convierta en una cita semanal en un pueblo u
otro.
Esta iniciativa nos hace sentirnos vivos y orgullosos
de habitar el territorio. Esperamos con ilusión la cita mensual para reunirnos
y preparamos con mimo la cita siguiente. Evitamos la cultura de ocasión que genera
la actividad artificial veraniega e intentamos evadir el silencio cultural a
partir de septiembre y pensar en quienes habitamos el territorio durante todo
el año.
También se nos plantea la cuestión de
que si para nosotros, la mayoría pasados la sesentena esta sequía cultural nos
resulta difícil, especialmente preocupante es la situación de los jóvenes que
permanecen en estos territorios. Habitar un entorno donde las oportunidades
culturales son mínimas transmite el mensaje de que para acceder y disfrutar de
la cultura es necesario salir fuera de los pueblos y por lo tanto contribuye y
refuerza la percepción de que no hay futuro en ellos.
Para revitalizar los pueblos, lo
rural, no bastará sólo con inversiones en infraestructuras o a través de
conexiones digitales. Son necesarios espacios de encuentro, reflexión,
participación y debate que permitan a los habitantes ser parte activa de la
sociedad. A los pueblos que se les niega la cultura durante la mayor parte del
año se les niegan las oportunidades de desarrollo humano y comunitario.
La cultura es un servicio público, no puede ser un acontecimiento excepcional que quede reservado para los fines de semana o las vacaciones Esta debe formar parte de la vida cotidiana de los pueblos por pocos habitantes que tenga. Si las instituciones olvidan el factor cultural en la lucha contra la despoblación nos abocan al sentimiento de ciudadanos de segunda, al retraso cultural, al provincianismo y a la falta de espíritu crítico.
Victoria Gracia Andrés
Militante del MAR
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