
Javier de Luna creció en Beceite, junto al Matarraña, donde el cielo condiciona la vida cotidiana. Licenciado en Geología por la Universidad de Zaragoza, se especializó en climatología y lleva más de quince años vinculado a la meteorología y los medios. Desde 2024, en Aragón TV acerca la predicción al público desde la memoria del territorio. En esta conversación recuerda la riada de octubre de 2000, analiza los fenómenos extremos y explica cómo prepararse para el eclipse total de sol del 12 de agosto.
P. ¿Qué episodio te hizo comprender por primera vez la fuerza de la naturaleza?
La nevada de enero de 1991. Tenía cinco o seis años y cayeron alrededor de cincuenta centímetros. La nieve se congeló y permaneció muchos días, transformando por completo el paisaje y la vida cotidiana del pueblo. Después llegaron las crecidas del Matarraña, la sequía de mediados de los noventa y, ya en mi adolescencia, el temporal de octubre de 2000. Cada uno de aquellos episodios me hizo mirar el cielo con más atención, pero ese último fue el que realmente me marcó y terminó de despertar mi interés por comprender el tiempo, su fuerza y sus efectos sobre el territorio y las personas.
P. ¿Qué ocurrió en octubre de 2000 para que lloviera tanto?
Fue lo que hoy llamamos una DANA y entonces se conocía como gota fría: una bolsa de aire frío aislada en altura, acompañada por viento de levante y mucha humedad. Entre el 21 y el 25 de octubre se superaron los 550 litros por metro cuadrado en las cabeceras del Matarraña y el Bergantes. La lluvia torrencial se mantuvo durante horas y los ríos crecieron con enorme rapidez.
¿Cómo lo viviste personalmente?
Vivíamos junto al río y nos marchamos por precaución porque la casa temblaba. Se fue la luz, desapareció el suministro de agua potable y tuvimos que recoger agua de los tejados. Recuerdo los chopos cayendo uno detrás de otro y el nivel del río subiendo cada vez que arrastraba uno. Fue un caos. La realidad superó por completo a la ficción.
P. ¿Podría repetirse hoy un temporal semejante?
Sí. Un episodio todavía más intenso es difícil porque aquel alcanzó niveles extraordinarios, pero podría darse otro similar o prolongarse más tiempo. Ya hubo grandes riadas en 1957 y a comienzos del siglo XX. Estos fenómenos han existido siempre, pero el calentamiento global favorece episodios severos más frecuentes.
P. ¿Está ahora el territorio mejor preparado?
En general, en nuestras zonas se han respetado bastante los espacios inundables. Los ríos y los barrancos terminan sacando su escritura de propiedad. Quedan, sin embargo, balsas laterales pendientes y actuaciones concretas en cauces y márgenes. No se trata de limpiar por completo los ríos, porque necesitan conservar su biodiversidad, sino de intervenir con criterio cuando hay gravas acumuladas, azudes amenazados o árboles que pueden bloquear un puente.
P. ¿Por qué un suelo muy seco responde tan mal ante una lluvia torrencial?
Porque suele tener menos vegetación y, por tanto, menos raíces capaces de retener el agua. Además, algunos suelos arcillosos forman una costra dura al secarse y se vuelven parcialmente impermeables. El agua infiltra peor, corre por la superficie y aumenta la escorrentía. Los suelos calizos y porosos absorben mejor, aunque depende del terreno y de la intensidad.
P. En julio de 2025 se activó el aviso rojo y la tormenta no afectó igual a todos los municipios. ¿Cómo se explica?
Es imposible determinar con total precisión por dónde pasará una tormenta. El Bajo Aragón es una zona de aviso muy extensa y una célula puede descargar en un pueblo y dejar casi intacto el de al lado. El aviso informa de que existe un riesgo serio dentro de ese territorio. Y conviene insistir: no hay que esperar al aviso rojo, un aviso naranja ya implica peligro y debemos asumir que puede producirse un fenómeno severo.
P. ¿Qué hace que Teruel sea una zona tan propicia para las tormentas y el granizo?
Coinciden tres factores: aire seco en superficie, humedad mediterránea en capas medias y altas, y un relieve con áreas elevadas y valles muy cálidos. El suelo se calienta con fuerza, genera corrientes ascendentes y entra en contacto con aire frío en altura. Ese contraste alimenta tormentas violentas, a menudo acompañadas de granizo, viento fuerte o reventones.
P. Se escucha a menudo que tormentas así «ha habido siempre». ¿Qué hay de cierto?
Granizadas y riadas siempre ha habido. Mi padre recuerda una granizada enorme en Alcañiz en los años cincuenta. Lo que parece cambiar es la violencia de algunos episodios. Puede que antes hubiera tantos o más días de tormenta, pero ahora vemos pedregadas muy destructivas, granizo mayor, rachas más intensas y daños más graves. Más calor implica más energía disponible para determinadas tormentas.
P. Con mejores radares y avisos, ¿por qué seguimos reaccionando tarde?
Nunca habíamos dispuesto de información meteorológica tan precisa. El problema es cierta sensación de inmunidad: pensamos que el peligro no va con nosotros. Un aviso no sustituye al sentido común. Si se anuncia nieve, hay que llevar cadenas o neumáticos adecuados; si hay ola de calor, no se puede salir al monte sin agua. La información sirve cuando modifica nuestra conducta.
P. ¿Qué riesgo seguimos subestimando en el Bajo Aragón Histórico?
La sequía, unida a la gestión forestal. Faltan infraestructuras para almacenar mejor los recursos escasos y una ordenación efectiva de las masas forestales. Hay zonas abandonadas, secas y casi inaccesibles que están esperando a arder. No hablo solo de limpiar, sino de gestionar el territorio, aprovechar el monte y prepararlo frente a incendios favorecidos por un calor más intenso.
P. El 12 de agosto el Bajo Aragón vivirá un eclipse total. ¿Qué necesitaremos para verlo?
Un cielo despejado y un horizonte libre hacia el oeste-noroeste. La totalidad llegará sobre las 20.30, con el Sol muy bajo, a unos cinco grados, apenas media hora antes del ocaso. En muchos pueblos habrá que buscar zonas altas, porque una montaña o un edificio pueden ocultarlo. Si las tormentas de la tarde y la calima lo permiten, será un privilegio: durante aproximadamente un minuto y medio podremos ver la corona solar desde nuestra propia tierra. Eso sí, las fases parciales deberán observarse siempre con gafas homologadas.
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