
La creatividad se considera una habilidad esencial en el siglo XXI. Sin embargo, y a pesar de su importancia, desde la propia escuela no siempre se contribuye a su desarrollo. Esto se debe principalmente a cómo el sistema está organizado, pues en la actualidad, en los centros educativos se prioriza la mecanización frente a la imaginación y la experimentación.
Los alumnos, a lo largo de su trayectoria académica, tienden a reproducir patrones y soluciones que han visto, en lugar de proponer ideas. De este modo, interiorizan que hay una serie de respuestas que son correctas y otras que deben evitar. Por tanto, conciben el error como algo negativo y se limitan a “encajar” en el sistema. En este contexto, crear se convierte en un acto de valentía. Imaginar, explorar, seguir caminos diferentes… puede conllevar una mala calificación o una corrección inmediata por parte del profesorado. Así, desde los colegios se transmite el mensaje de que es mejor adaptarse a lo esperado que cuestionar lo convencional. Pero, ¿qué pasaría si los errores fueran celebrados como oportunidades de aprendizaje y no castigados? ¿Se nos ha olvidado que hasta el magnífico Thomas Alva Edison necesitó errar 999 veces antes de inventar una bombilla que fuera práctica y duradera? ¿Somos conscientes de lo que se pierde cuando se promueve la repetición en lugar del pensamiento en las aulas? ¿Qué tipo de ciudadanos estamos formando si desde el colegio no se les anima a arriesgarse y a confiar en sus capacidades?
La presión que tienen los docentes por cumplir con lo establecido en el currículo tampoco favorece el desarrollo de la creatividad. La enorme cantidad de contenidos, así como el reducido tiempo para profundizar sobre ellos, ocasiona que, en ocasiones, el proceso de enseñanza sea rígido y acelerado, dando lugar a aprendizajes superficiales.
Entonces, ¿qué importancia se le da a la creatividad desde la escuela si para la mayoría de los maestros la prioridad es acabar el temario? ¿Es necesario realizar todos y cada uno de los ejercicios del libro de texto o es preferible crear espacios donde se promueva el diálogo, la reflexión, el movimiento y la exploración?
Expertos educativos como David Bueno y Alfredo Hernando señalan las graves consecuencias de no fomentar el pensamiento crítico en los alumnos. De este modo, aseguran que los estudiantes interpretan los errores como fracasos, por lo que, en multitud de ocasiones, prefieren no participar ante el miedo a equivocarse. Esto provoca que tengan poca confianza en sí mismos y que se muestren inseguros a la hora de resolver ejercicios que requieran cierta flexibilidad, originalidad y autonomía.
No es que los alumnos no tengan imaginación es que no se les ha enseñado a usarla. Y como dice Ken Robinson, la creatividad debe cultivarse y enseñarse, al igual que se enseñan la lectura, la escritura y las matemáticas.
En definitiva, recuperar la creatividad en las aulas es una responsabilidad compartida, y en esta compleja tarea los docentes desempeñan un rol esencial. Cada proyecto, cada pregunta, cada error cometido… permite que los alumnos sigan creciendo, que confíen en sus capacidades, que sueñen y se ilusionen, que se equivoquen y reflexionen, dándoles la oportunidad de que aprendan y desaprendan con total libertad, pues solo así podrán superarse y evolucionar, siendo esto fundamental para que se desarrollen de forma integral.
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