
En la actualidad, la sociedad se caracteriza por ser, cada vez, más cambiante, plural y diversa. Este aspecto se refleja en la escuela, espacio en el que conviven multitud de alumnos con diferentes intereses, ritmos y estilos de aprendizaje. Aceptar la diversidad existente supone entender que cada persona es única y completamente distinta a los demás, siendo esta la base para construir una sociedad democrática.
Pese a ello, todavía en pleno siglo XXI hay personas (incluidos docentes), quienes no consideran la diferencia como fuente de riqueza. Este pensamiento es limitante y nos impide crecer y avanzar como sociedad.
En las últimas décadas, la falta de motivación del alumnado ha sido un tema recurrente en el panorama educativo. Lamentablemente, en muchas ocasiones se hacen generalizaciones y los estudiantes son considerados como apáticos, distraídos e, incluso, rebeldes. Sin embargo, rara vez, se dirige la mirada hacia el profesorado. ¿En qué medida el docente puede potenciar o disminuir el entusiasmo de los alumnos hacia aquello que van a aprender?
Es evidente que la educación no puede ser a la carta y que hay una gran cantidad de contenidos mínimos que hay que abordar en todas las aulas, pero… ¿debería el profesorado interesarse por conocer los gustos y motivaciones de su alumnado?, ¿repercutiría este hecho de manera positiva en su proceso de aprendizaje?
Hay evidencias científicas que respaldan la idea de que los estudiantes aprenden mejor cuando tienen confianza en sus profesores, es decir, cuando se encuentran en entornos seguros, donde son escuchados, comprendidos, apoyados y estimulados. Y todo ello no puede ocurrir si los docentes no han dedicado tiempo a conocerlos. Tampoco es posible si no tienen expectativas de éxito en ellos, ya que, cuando esto sucede, la retroalimentación y los niveles de exigencia tienden a ser menores, algo que repercute negativamente en la autoestima del alumnado y, en consecuencia, en su rendimiento académico.
El verdadero docente no es el que enseña, sino el que logra que sus alumnos aprendan. Y si consigue que los estudiantes disfruten a lo largo del proceso puede dar por terminada su ardua y bonita misión, que consiste en acompañar, motivar e inspirar.
Captar el interés y la motivación de los estudiantes no es una tarea sencilla, pero requiere mucho menos trabajo cuando los profesores se muestran abiertos, flexibles, cercanos y se preocupan por conocer a sus alumnos, a las familias y al contexto del que forman parte.
El aprendizaje es ilimitado, permite que las personas crezcan y las acompaña a lo largo de su vida. Por eso, hay quienes dicen que «un maestro siempre será alumno». En relación con esto, es necesario que el docente se mantenga en constante formación, que se actualice, que se arriesgue y que, incluso, se equivoque para que, posteriormente, reflexione sobre su propia práctica y modifique todos los aspectos que sean necesarios para atender y dar respuesta a las necesidades de sus alumnos.
Así, la desmotivación de los estudiantes no solo depende de ellos, sino que, en ocasiones, puede asociarse a la falta de conexión entre docente – alumno, a la resistencia al cambio de nuevas metodologías, a la falta de recursos, a la escasa significatividad del contenido enseñado e, incluso, a la incapacidad del docente para cuestionar su actividad pedagógica.
Para que un profesor logre motivar a sus alumnos tiene que creer en la magia de la educación, ya que la pasión se transmite en cualquier lugar y momento.
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