
Hace pocas semanas que los estudiantes han finalizado sus clases. Tras los meses de estudios y agobios, ahora se enfrentan a decidir cuál va a ser su futuro. Elegir un camino educativo nunca ha sido una tarea sencilla, pero para los estudiantes actuales se ha convertido en un auténtico ejercicio de supervivencia de cara al futuro. Las generaciones anteriores quizá lo tuvimos más fácil, a partir de nuestras aptitudes y de las necesidades del mercado laboral elegíamos por un camino u otro, ya fueran estudios universitarios o ciclos formativos.
Sin
embargo, hoy el panorama ha cambiado radicalmente. Anticipar la irrupción masiva de la
Inteligencia Artificial en el mundo laboral está extendiendo la idea de que
ciertas formaciones están condenadas a desaparecer, bajo la premisa de que
habrá máquinas capaces de realizar la mayor parte de ese trabajo.
En
un mundo donde la IA puede procesar, programar y redactar a golpe de clic,
hemos olvidado que el objetivo de la educación superior no puede ser la mera
acumulación de conocimientos técnicos o memorísticos que caducan a los pocos
meses de graduarse. Su verdadero propósito siempre ha sido y es, hoy más que
nunca, desarrollar nuestro pensamiento crítico.
Lo
que marca, en cualquier ámbito, el éxito de una persona son sus aptitudes
personales. La finalidad que debería prevalecer en la formación que recibimos,
desde las etapas más tempranas de nuestra infancia hasta nuestra adultez, es la
de brindarnos las herramientas intelectuales necesarias para potenciar esas
capacidades y, junto con una actitud adecuada, permitirnos desplegar todo
nuestro potencial. Esto no significa que debamos vivir de espaldas a la
realidad laboral que se avecina, sino que debemos dejar de aferrarnos a las
antiguas expectativas para anticipar lo que la sociedad va a necesitar,
reorientando así el rumbo de nuestra formación.
La
escritora Irene Vallejo, al recoger el premio «Promotora de los Estudios
Latinos», defendió su opción, y la de tantos
brillantes alumnos, de estudiar cosas que aparentemente «no importan». Su
doctorado en Filología Clásica ha sido el complemento perfecto para el
desarrollo de su pasión literaria, lo que la ha convertido en una gran
narradora de historias, que emociona a cuantos la leemos.
Preguntados
varios de los líderes de las empresas de inteligencia artificial más punteras
sobre los estudios que iban a promover a sus hijos e hijas, la gran mayoría
coincidía en que iban a dirigir el desarrollo intelectual de estos hacia las
artes y las humanidades. A su modo de ver, todo lo relacionado con la
repetición y el desarrollo tecnológico iba a quedar en manos de la inteligencia
artificial. Quizá este pensamiento es demasiado reduccionista y aventurado,
habida cuenta de la riqueza que les van a legar; pero debe hacernos pensar
hacia dónde se dirige el futuro laboral.
Del
mismo modo que tras la catástrofe de la peste negra surgió un humanismo que
supo levantarse poniendo al ser humano en el centro del desarrollo para
impulsar una nueva era de avances, hoy nos encontramos ante una oportunidad
histórica análoga. La irrupción masiva de la inteligencia artificial y los
vertiginosos cambios sociales que se avecinan nos obligan a redefinir el
propósito de nuestra educación, cuestionando la mera acumulación de
conocimientos técnicos. Debemos superar las inercias del pasado para reorientar
el rumbo hacia una educación cuyo verdadero objetivo sea formar personas,
permitiéndonos desplegar nuestro máximo potencial y, al igual que ocurrió en el
Renacimiento, propiciar un nuevo florecimiento del pensamiento que sitúe de
nuevo al ser humano como motor principal del progreso. Este proceso no debe
acometerse contra la inteligencia artificial, sino con ella, sirviéndonos de
esta herramienta común para desarrollar al máximo nuestras capacidades.
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