
¿Quién no ha visto alguna vez, directamente en la naturaleza o a través de una fotografía, la imagen de una planta silvestre que brota entre las piedras o en una grieta del asfalto? De forma sorprendente, no solo sobrevive, sino que, incluso en las condiciones más adversas, es capaz de florecer.
¿Por qué nos conmueve esa imagen? ¿Qué historia nos cuenta?
La idea del renacimiento en medio de la adversidad ha acompañado
al arte y a la literatura desde hace siglos. Miguel Hernández la expresó con
una fuerza extraordinaria en el poema Para la libertad, cuando escribe:
«Porque soy como el árbol talado, que retoño: aún tengo la vida». La imagen del
árbol cortado que vuelve a brotar se convierte en una afirmación de resistencia
frente a la violencia, la prisión y el intento de aniquilar la dignidad humana.
Antonio Machado recurre a un símbolo semejante en A un
olmo seco, de Campos de Castilla. Un árbol herido por el rayo, con
el tronco carcomido y convertido casi en habitación de hormigas, conserva, sin
embargo, unas hojas verdes que anuncian una posibilidad de vida. Machado no
niega el deterioro ni el paso del tiempo; al contrario, los contempla de
frente.
Ambos poemas siguen interpelándonos porque hablan de una
experiencia que trasciende su contexto histórico. También hoy vivimos en
sociedades atravesadas por la violencia, la desigualdad, la polarización y el
desgaste emocional. Bajo las distintas formas que adoptan el saqueo, la
explotación o la deshumanización, continúa latiendo la misma pregunta: ¿es
posible volver a empezar?
¿Cuántas personas son como esa planta que brota en una grieta
del asfalto y, a pesar de todo, florece?
Es cierto que buena parte del pensamiento contemporáneo ha
puesto el acento en la crisis. Byung-Chul Han, por ejemplo, describe una
sociedad marcada por el cansancio y el vacío existencial. Sin embargo,
reconocer la crisis no obliga a instalarse en ella. El árbol talado de Miguel
Hernández sigue retoñando, y el olmo de Machado continúa recordándonos que la
vida puede abrirse paso incluso cuando todo parece perdido.
Quizá una forma de combatir el resentimiento y el desánimo
consista precisamente en no conceder la última palabra a la desesperanza. Una
persona herida, o una comunidad herida, puede elegir entre quedar atrapada en
el daño o convertirlo en el punto de partida para construir algo nuevo.
En este sentido resulta especialmente sugerente la propuesta
de Donna Haraway en Seguir con el problema. Plantea que incluso en un
planeta profundamente dañado la vida sigue generando formas de simpoiesis,
un término que puede traducirse como «hacer con otros». No se trata de un
optimismo ingenuo, sino de reconocer y fortalecer las pequeñas formas de cooperación,
resistencia y cuidado que ya existen en nuestras comunidades.
Sabemos que los pueblos y las personas sufren podas
drásticas. La historia está llena de ellas. Pero mientras permanezcan las
raíces, la posibilidad del rebrote seguirá existiendo. La vida posee una
capacidad sorprendente para recomenzar.
También la literatura clásica ofrece una imagen elocuente.
Después de un largo viaje, Ulises recupera su identidad gracias al secreto del
lecho que había construido sobre un olivo vivo. Solo él conoce que aquella cama
no puede desplazarse porque forma parte del árbol que permanece enraizado en la
tierra.
También hoy: mientras existan raíces, habrá un brote
dispuesto a desafiar la devastación.
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