
El pasado 24 de febrero, durante el discurso del estado de la Unión, el presidente Donald Trump dijo solemnemente: «Nuestra nación ha vuelto: más grande, mejor, más rica y más fuerte que nunca». Los fantasmas de la decadencia del Imperio americano, en la que tanto insistió como base retórica desde la oposición, quedaban disipados. De hecho, durante su segunda investidura en enero de 2025, Trump anunció pomposamente que «a partir de este momento, la decadencia de Estados Unidos ha terminado».
Sin
embargo, es muy humano desconfiar de lo que dicen los dirigentes de sus propios
países, y la Historia cuenta con no pocos ejemplos que nos invitan a ello. En
1908, en un célebre discurso pronuciado en la Universidad de Cambridge, el
primer ministro británico Lord Balfour alardeaba confiado que sus compatriotas
no eran «propensos a sufrir trastornos políticos», y que no conocían «el
significado de las palabras decadencia y caída». Era un buen
momento para decir aquello, pues desde Londres se decidían los destinos de gran
parte del mundo, dominando un amplio Imperio que se desparramaba por los cinco
continentes. Pero ya sabemos: la Gran Guerra evidenció que Reino Unido había
dejado de ser la mayor potencia del mundo, y poco después perdería la práctica
totalidad de sus colonias.
No
digo nada nuevo si afirmo que el dominio unipolar que asumió EEUU tras el
colapso de la URSS ha llegado a su fin. Y eso va más allá de que Trump
considere que cuando él está en la oposición el Imperio americano se está
hundiendo y cuando entra en la Casa Blanca vuelve a resurgir. Sin embargo,
hay muchos indicadores que demuestran que una posición imperialista de EEUU
sigue siendo evidente en el mundo, aunque hayan dejado de ser la única
potencia mundial relevante. Para explicar el momento actual, los expertos en
relaciones internacionales recurren a un concepto acuñado en los años 20 del
siglo pasado por el filósofo y político marxista Antonio Gramsci, el de interregno.
En sus famosos Cuadernos de la Cárcel lo expresaba así: «El viejo mundo
muere, el nuevo tarda en aparecer. Y en ese interregno surgen los monstruos».
Gramsci aplicaba este concepto al conflicto social: la oligarquía había perdido
el consenso, y ya solo dominaba por la fuerza, pero el pueblo todavía no era lo
suficientemente fuerte como para hacerse con el poder de forma efectiva, por lo
que el «vacío de poder» podía ser tomado por «monstruos» en forma de organizaciones
y regímenes de diversa índole, todo ello en medio de una agresividad en la que
afloraban las posiciones más radicalizadas.
Según
la visión compartida por el filósofo Zygmunt Bauman en 2012, y de gran éxito en
el análisis geopolítico actual, nos encontraríamos en un periodo caótico en el
que el mundo no tiene una potencia líder. El interregno viene definido por
la posición de unos EEUU que en los veinte años posteriores a 1991 fueron
hegemónicos en el mundo, pero que desde hace ya algo más de una década han
dejado de serlo. Esto, en parte una consecuencia del proceso de
globalización, se ve acelerado por dos factores: que económicamente son más
débiles y dependientes, y que les han salido duros competidores,
fundamentalmente China, quien además propone al mundo un modelo de gestión
diferente, tanto en asuntos internos como externos.
Para
comprender la política exterior norteamericana del interregno, compárense sus
rasgos principales con los de la fase anterior de hegemonía global de EEUU. En
primer lugar, en aquella EEUU basaba su preeminencia en una pregonada
superioridad como sociedad. La idea era que su modelo económico y político era
mejor, y por tanto exportarlo suponía beneficiar a todo el mundo. Para ello, se
basaba en el uso masivo del soft power y el respeto, al menos declarado,
a una legalidad internacional fundamentada en los mismos principios liberales y
democráticos que regían su nación. Se trataba claramente, como diría el propio
Gramsci, de un «consenso acorazado de coerción». Frente a ello, en el actual
interregno EEUU está derivando a posiciones agresivas que soslayan
deliberadamente la mera idea de justicia internacional. Por decirlo de forma
sucinta, no es que antes EEUU no vulnerara las leyes internacionales ni los
derechos de otros pueblos y Estados, sino que al menos no alardeaba de hacerlo.
Pasamos así a una fase en que la coerción pura habría sustituido al consenso.
El reciente renombramiento del Departamento de Defensa norteamericano como
Departamento de Guerra sería un estridente ejemplo de ello.
Un
segundo rasgo diferencial que caracteriza el interregno sería anteponer la
prioridad regional frente a la estrategia de dominio global. En lo que la
propia Administración norteamericana define como «Corolario Trump a la Doctrina
Monroe», subyace de fondo un argumento defensivo: blindar las posiciones
económicas y geopolíticas del continente americano de la intromisión de
potencias extranjeras, aun a costa de debilitar para ello el intervencionismo
estadounidense en otros continentes. Se trata, pues, de un claro repliegue
estratégico, ante la creciente amenaza de potencias como China, que resultan
enormemente atractivas como socios comerciales y militares para países en vías
de desarrollo. Las intervenciones sobre Venezuela, Cuba o Groenlandia son
buenas muestras de ello, así como la relativa desvinculación de conflictos más
alejados como Ucrania.
Un
tercer elemento clave sería la tendencia al autoritarismo, más que evidente en
este segundo mandato de Trump. EEUU ya ha asumido algunos rasgos propios de
regímenes personalistas, como por ejemplo el poner a multitud de instituciones
públicas el nombre del líder político vigente. Al margen de ello, las
tendencias autoritarias en EEUU ya son una realidad. En 2020 Trump no
reconoció la victoria electoral de Biden, algo bastante insólito en la
democracia más antigua del mundo. Y en su núcleo de confianza no faltan quienes
hablan explícitamente de acabar con el sistema democrático, como es el caso de
Peter Thiel, líder de la empresa tecnológica Palantir y uno de sus mayores
aliados, quien en su famoso ensayo La educación de un libertario dijera
que «la libertad y la democracia ya no son compatibles», abogando
explícitamente por la desaparición de la democracia para que las empresas
puedan seguir actuando con «libertad».
Todo
lo anterior son, por tanto, evidentes muestras de que el poder imperialista
norteamericano ha perdido fuelle. Sin embargo, ¿podemos decir por ello que EEUU
vaya a dejar de ser un imperio? Bajo mi punto de vista, y sin entrar a valorar
si eso sería mejor o peor para el mundo en general y para Europa en particular,
creo que tal declive está lejos de ocurrir. EEUU tiene varias grandes
fortalezas, que se podrían sintetizar en dos palabras: dólar y ejército. En
resumen, a día de hoy posee una moneda que es la gran referencia global, y eso
está lejos de cambiar; y controla el ejército más poderoso del mundo, a una
inmensa distancia del siguiente, y eso también va a seguir siendo así. De
hecho, es posible que China adelante a EEUU como primera economía mundial en un
par de décadas, pero es muy poco probable que a corto y medio plazo EEUU pierda
la primacía en cualquiera de estos dos campos, entre otras cosas porque China
estratégicamente no se ha planteado ninguno de esos dos objetivos seriamente.
Echando
un vistazo a la Historia, los únicos elementos que pueden provocar el colapso y
decadencia de un gran imperio han sido los siguientes: debilidad militar,
pérdida del tren de la innovación o desgarramiento político. Nada de esto
parece atisbarse en el horizonte, si bien es cierto que las crecientes
tendencias autoritarias podrían llegar a desembocar en un conflicto civil
interno. En tal caso las consecuencias geopolíticas serían absolutamente
imprevisibles.
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