Si no fuera porque estamos dentro de la península ibérica, se nos podría comparar perfectamente con las colonias africanas de las potencias europeas durante los siglos XIX y XX: territorios de extracción de materias primas, con degradación del medio y generación de riqueza a través de esos recursos en la metrópoli; en nuestro caso, en los polos de desarrollo peninsulares.
El patrón siempre es el mismo para Teruel: para nosotros, placas fotovoltaicas inundando nuestros campos, aerogeneradores rompiendo nuestros paisajes, purines contaminando nuestros suelos y minas a cielo abierto degradando el territorio. Todo ello a cambio de poquísimos puestos de trabajo y de compensaciones miserables para el territorio. Eso sí, la generación de riqueza, los puestos de trabajo cualificados y los beneficios colosales se quedan en Madrid, Barcelona o Levante.
El mismo lema que se ha utilizado para reclamar «Renovables sí, pero no así» se podría aplicar al sentimiento de los habitantes afectados por las explotaciones mineras: «Minería sí, pero no así». En absoluto están en contra del sector minero, pero sí piden que las cosas se hagan de manera planificada, con transparencia y con la participación de los municipios afectados.
Es muy bonito llevarse la riqueza de nuestra tierra y dejarnos a nosotros las carreteras reventadas por los camiones, un tráfico insostenible para unas vías que no están preparadas para soportar este flujo, montes descarnados y, sobre todo, la posible afectación de los acuíferos de los que beben nuestros pueblos.
Ya basta. Urge un plan que ordene estas explotaciones y que planifique todas las afecciones que producen, desde las medioambientales hasta las viarias. Y, sobre todo, que priorice la calidad de vida en los pueblos y vele por que no se comprometa su futuro.
Porque cuando estas explotaciones se vayan, los pueblos seguirán estando. Y queremos que queden igual o mejor que antes.
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