«En verano siempre ha hecho calor…», «Tormentas y sequías siempre ha habido…». Frases como estas se repiten a menudo en las barras de bar; lo realmente peligroso es cuando quienes las pronuncian se ponen al mando de las instituciones.
Vamos a los datos concretos: es indiscutible que la temperatura sube de manera constante cada verano, las olas de calor se prolongan y las noches son cada vez más tórridas. Al mismo tiempo, los inviernos resultan progresivamente más suaves, registrando muchísimas menos heladas que hace solo unas décadas. Respecto al recurso hídrico, en un país de clima mediterráneo como España donde las sequías siempre han sido cíclicas, la situación actual muestra un recrudecimiento evidente: las épocas secas son más intensas y, cuando finalmente llueve, descarga de forma abrupta y torrencial. Aunque la pluviometría global no varíe en exceso, digamos que «llueve peor».
Con este escenario sobre la mesa, tenemos dos caminos. El primero es obviar la realidad bajo el prejuicio de que el clima siempre ha sido así, achacando a la mala suerte los incendios e inundaciones posteriores y aplicando únicamente medidas paliativas tras la tragedia. El segundo camino pasa por comprender el proceso climático actual, escuchar a los expertos y desarrollar políticas públicas preventivas concretas:
Dicho todo esto, ¿y si nos pusiéramos de acuerdo? Aplicando el sentido común y dejando a un lado la confrontación partidista, evitaríamos que nuestros bosques ardieran y nuestras calles se anegaran. Confiemos en no hacer buena la famosa frase atribuida a Einstein: «Dos cosas son infinitas: el universo y la estupidez humana; y de lo primero no estoy seguro».
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