
La India representa actualmente el mayor enigma para la geopolítica. Tras haberse convertido en 2023 en el país más poblado del mundo, es sin duda la potencia mundial que más se desarrolla: en 2025, su PIB creció un 7,5%, frente al 5 de China, el 2 de EEUU o el 1,1 de Japón. Se trata además de una sociedad joven y con un crecimiento demográfico que no depende de la inmigración, pero que ha abandonado también el exceso de nacimientos de épocas anteriores, situando su tasa de fertilidad en 1,9 hijos por mujer en edad fértil, lo que ha ayudado a reducir la pobreza.
La India es además una potencia tecnológica y digital en plena revolución, incentivada y coordinada desde la planificación estatal, y con una amplia inversión en IA, computación cuántica, semiconductores o exploración espacial. Y todo esto ocurre, por si fuera poco, en la mayor democracia del mundo, con un régimen parlamentario que existe con relativa estabilidad desde su fundación en 1950.
Sin embargo, hay una serie de cuestiones en la India que producen cierto desasosiego, tanto entre los propios indios como entre cualquier observador externo. En primer lugar conviene recordar que la India es la sexta potencia nuclear del mundo, con 180 ojivas totales. Y lo que es más preocupante todavía: su vecino y archienemigo Pakistán solo tiene 10 menos.
Y es que la política exterior de la India se podría prácticamente resumir en una palabra: Pakistán. De forma análoga, toda la política exterior de Pakistán gira en torno a la India. Esto viene siendo así desde la independencia de la India británica, que comprendía a ambos países, y su inmediata partición en 1947. Y es que la India y Pakistán son dos naciones cuya matriz constitutiva es la religión, y no tanto la lengua, pues el hindi y el urdu son esencialmente el mismo idioma. Esto no debería sorprendernos mucho en Europa, pues ha formado parte del proceso histórico de diferenciación de nacionalidades como belgas y neerlandeses o, más recientemente, serbios y bosnios.
De este modo, los gobernantes locales acordaron con las autoridades británicas que la antigua colonia se dividiría en dos nuevos Estados: uno ocuparía la práctica totalidad de la península indostánica hasta el Himalaya, y quedaría bajo un gobierno identificado con la religión hindú (aunque ya veremos como hasta tiempos recientes la India ha apostado por un modelo genuinamente laico), mientras que las tierras en torno al valle del Indo, en el oeste, y al golfo de Bengala, en el Este, separadas por miles de kilómetros, se integraron en la recién creada -y geográficamente fragmentada- República de Pakistán, dominada por musulmanes.
El gobierno británico, desoyendo las peticiones de ayuda de los nuevos gobiernos, se lavó las manos como Pilatos y ordenó a sus tropas -que eran la única autoridad que existía en la colonia- abandonar el país rápidamente. Columnas de cientos de miles de personas comenzaron a huir de un lado a otro, puesto que hindúes, musulmanes y cristianos vivían mezclados por toda la antigua colonia. Ahora, muchos musulmanes no querían quedarse en la nueva India, y casi ningún hindú quería quedarse en el nuevo Pakistán, un país que nacía marcado por una fuerte impronta religiosa. Altercados y matanzas proliferaron y sembraron la discordia para el futuro. Algunas tribus pakistaníes invadieron la región de Cachemira, en el curso alto del Indo. Esta zona, de mayoría musulmana, podría haberse integrado en Pakistán, pero ante la caótica situación su gobernante hindú dudó, y finalmente decidió unirse a la India, inaugurando un conflicto que todavía perdura.
Se iniciaría así la primera guerra entre India y Pakistán, de un total de cuatro. La última fue en 1999, pero desde entonces ha habido numerosas tensiones y choques fronterizos. De la segunda de estas guerras surgiría un nuevo país, Bangladés, al independizarse a instancias de la India toda la parte oriental de Pakistán. Esta situación ha llevado a que estos países organicen sus relaciones internacionales siempre con un ojo y medio puesto en el conflicto. Así, Pakistán buscó rápidamente acercarse con el segundo mayor rival de India, que ha sido siempre China, e inició una sólida cooperación conocida como «amistad de hierro» y sustentada por el Corredor Económico China-Pakistán, con el que China busca salida al Océano Índico y Pakistán obtiene apoyo e inversiones. Frente a ello, la India buscó una firme cooperación con el mayor rival de China, que en los años 60-70 no era otro que la URSS, y desde entonces ha mantenido una estrecha colaboración con Rusia.
Por otra parte, Pakistán fue progresivamente acercándose a EEUU, lo que llevó a una estrecha colaboración en el plano militar en los años 70 y 80, favorecida por el intento de influencia soviética en Afganistán que llevó a la URSS a la desastrosa invasión de este país. Frente a ello, EEUU y Pakistán armaron al bando talibán, islamistas apoyados por Bin Laden y Al Qaeda en tierras afganas. Finalmente los soviéticos fueron derrotados y los talibanes se hicieron con el poder. El resto de la historia ya nos suena más: Al Qaeda preparó desde Afganistán su ataque terrorista contra EEUU del 11 de septiembre de 2001, lo que llevó a EEUU a invadir Afganistán y a exigir a Pakistán colaboración para luchar contra los talibanes, a los que su propio Ejército había formado. Finalmente Pakistán cedió, tras una serie de cruentos atentados en su país, uno de los cuales segó la vida de 150 personas, la mayoría niños. Sin embargo, su relación con EEUU ya no ha vuelto a ser tan cercana como lo fuera entonces.
Mientras tanto la India ha experimentado un gran giro político en la última década. Pakistán es la gran obsesión, y ha terminado por poner la cuestión religiosa en el punto de mira de la agenda política. Tal y como hemos dicho, la religión mayoritaria en India es el hinduismo, una religión ancestral, bastante más antigua que el cristianismo y no digamos ya que el Islam. Sin embargo, los hindúes no han hecho proselitismo en los últimos siglos, e incluso han sido bastante permisivos, hasta hace poco, con la expansión de otras religiones dentro de su ámbito. El problema ha sido que cristianos y, sobre todo en tiempos recientes, musulmanes, sí que realizan una importante labor propagandística para expandir sus respectivos credos, y esto ha terminado por tensionar a los sectores más conservadores de la sociedad india, que ven la expansión islámica como una amenaza.
Tal vez fue este uno de los factores que llevó al poder en 2014 al derechista Narendra Modi, que gracias al éxito económico y social de sus Gobiernos se ha consolidado en el poder frente a la clásica hegemonía que había mantenido el centrista y laico Congreso Nacional Indio.
Sin embargo, algunas políticas de Modi preocupan a los observadores internacionales: las comunidesdes musulmanas y cristiana en la India (que son el 15 y el 2,4% de la población respectivamente), han perdido muchos derechos, llegándose a penalizar las conversiones y establecer criterios religiosos en política migratoria. De esta forma, Modi está logrando la cohesión por primera vez mediante un nacionalismo hinduista, por definición excluyente. Por otra parte, según numerosas organizaciones, el país se ve inmerso en una deriva autoritaria, con restricciones a la prensa y acción institucional continuada contra opositores políticos. Si la frágil democracia india resistirá y contribuirá a dar estabilidad a un país llamado a tener tanto protagonismo en este siglo XXI, es quizás una de las mayores incógnitas geopolíticas actuales.
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