
El 30 de julio de 2026, Santiago Abascal atacó a Pedro Sánchez en su habitual tono exaltado. A propósito de los sucesos de Ceuta, afirmaba el caudillo de VOX que el presidente del Gobierno era el mayor «enemigo» de los españoles, «culpable» de todas las plagas y merecedor de sufrir condena, no sabemos si en prisión o, en coherencia con el país del garrote vil y lo declarado por don Santiago en diciembre de 2023, colgado de los pies cual duce de la Emilia-Romaña. A fin de cuentas, la ley de fugas y los juicios sumarísimos son viejos conocidos de nuestro pasado, y la historia, que pesa lo suyo, siempre deja grandes surcos sobre la tierra.
Abascal no predica en el desierto. El conservadurismo hispano oscila entre la modorra en el palco de sombra y la fibrilación apocalíptica. Siempre que el bracero lo ha mirado a los ojos, o un mindundi ha pisado la moqueta de su ayuntamiento sin llamar antes a la puerta de servicio, la obsesión de verse desvalijado le ha arruinado la siesta. Es comprensible. Para las familias que gastan porcelana fina y veranean en Vistahermosa, el poder es una cosa muy española, es decir, muy suya, tanto como manejar la sala segunda del Supremo por detrás o echar pestes de esa patria por la que están dispuestos a fusilar, en palabras de aquel chat de ases de la aviación, a «veintiséis millones de hijos de puta». Ni el propio Emilio Mola lo hubiese expresado con más garra en sus instrucciones secretas.
Padeciendo las fiebres tropicales que se contraen en la oposición, el conservadurismo entiende que Sánchez no es más que un «okupa», esto es, lo que los legitimistas llamaron a Napoleón en su momento, un «usurpador». Para ellos, la nación no es el resultado de las urnas, sino un huevo de Fabergé custodiado en sus vitrinas de cristal de Bohemia. Perdido el gobierno, el cosmos deviene caos, el miedo se trufa de odio y cualquier aventura, incluidos el pasteleo con potencias extranjeras y la difamación allende las fronteras, deja de interpretarse como una deslealtad para ser un deber patriótico de «restauración». Si uno pide que el que pueda hacer que haga, la institucionalidad de la democracia pasa de compromiso a tranvía y, por tanto, la tentación de bajarse en Núñez de Balboa es tan fuerte como la certeza de que la progresividad fiscal es una venganza de los antiguos siervos de la gleba.
Nada nuevo, por otra parte, en estas playas del sur de Europa. «Te pido que se lo hagas saber a los soberanos extranjeros, para que vengan a sacarme de la esclavitud en que me hallo y libertarme del peligro que me amenaza», escribió Fernando VII en diciembre de 1821 a uno de sus turiferarios. Obligado a jurar la Constitución de 1812, el rey había conspirado desde el primer día contra el gobierno del Trienio Constitucional, suplicando, sin rubor ni reparos, una invasión francesa que le restableciese en su poder absoluto. La Europa de la Santa Alianza, nacida contra los principios de 1789, le atendió el pedido y, poco después, los Cien Mil Hijos de San Luis le dieron a la alianza del trono y el altar una prórroga de diez años.
Este proceder, sin embargo, no fue privativo de España. Ejemplos los hay de sobra. En 1871, Adolphe Thiers, jefe de gobierno de la Francia posterior a la caída de Napoleón III, solicitó a Otto von Bismarck la liberación de miles de soldados del ejército vencido con la intención de desguazar la Comuna. El general MacMahon entró con todos ellos en París y fusiló a veinte mil communards en menos de una semana. La Europa de la ópera y el landó de caballos negros suspiró aliviada después de setenta y dos días de espanto. El primer gobierno de la clase trabajadora, surgido en el mismo momento en que las mejores familias francesas habían hecho defección del esfuerzo de guerra, fue el hombre del saco para las burguesías hasta que los bolcheviques tomaron el Palacio de Invierno en 1917.
En julio de 1936, el general Franco hizo llegar a Adolf Hitler una petición de varios bombarderos y otros tantos cañones. El canciller alemán respondió enviando la Legión Cóndor y sus mejores deseos. Con ellos también desembarcaron decenas de miles de soldados italianos mientras las democracias liberales miraban desde el tercer anfiteatro. Valiéndose de esta pinza, Franco le partió el cuello a la II República y la borró de «en medio del tiempo», tal y como Fernando VII había mandado hacer con la Constitución gaditana.
Los delirantes ataques contra el gobierno de coalición son sombras de aquel fuego originario. El caso más reciente han sido los acontecimientos de Ceuta, en los que la Santa Alianza, corregida y aumentada, esperaba contemplar una versión garbancera de Guerra Mundial Z. Por el momento no lo han conseguido, ya que docenas de ahogados les saben a poco, pero la oportunidad de dibujar al presidente del Gobierno como otro conde don Julián la han agarrado con el ansia de quien no las tiene todas consigo. Porque ése, y no otro, parece ser el motivo de este papelón que Feijóo y Abascal representan con fruición y, al mismo tiempo, con la impaciencia de quien todavía no ha pisado la alfombra de Moncloa siendo, como consideran que es, suya.
Porque a estos capataces de finca, como a los apellidos compuestos a los que les llevan las cosas del Estado, no les gusta España. Detestan su diversidad plurinacional y aborrecen que las profecías más oscuras no se cumplan, las que, ante cualquier emergencia, reclaman los tanques en la calle para unos disturbios que nunca llegan. De no haber arrancado el franquismo de nuestra memoria el siglo XIX, y la república que le dio cierre y culminación en el XX, la historia de España no les serviría para envolverse en la bandera de la Cruz de Borgoña, sino para confirmar sus temores y salir corriendo con las joyas ocultas en las entretelas.
Es necesario, por tanto, recuperar esa memoria perdida, la que echó a María Cristina en dos ocasiones y a su hija, Isabel II, en una, la definitiva. Al hacerlo, el mapa de nuestro mundo ganará en profundidad, amplitud y textura, y leeremos que esa «plebe» que levantaba barricadas contra las quintas y asaltó las casas del conde de San Luis y del factótum de la Corte, el marqués de Salamanca, somos nosotros y nosotras, como somos también los que han fallecido tratando de llegar a Ceuta. Es una cuestión de pura estadística. Condes de la Cuesta de Arriba o de la Cuesta de Abajo, a pesar de lo que nos imaginamos cuando fantaseamos con épocas pasadas, eran apenas cuatro.
Esto es algo que la Santa Alianza siempre ha sabido, como ha sabido que no tenía nada que ver con lo que llamaba la muchedumbre, el populacho o la canalla, y que un duque o un gran industrial danés, alemán o italiano eran todos compatriotas. Para ella, la patria es una opción que debe socializarse como una condena para las clases subalternas. Pero cuando éstas no bajan la cabeza y, por ello, ponen el orden «natural» de las cosas en solfa, buscar la injerencia parece tan justo como necesario. En palabras del rey Fernando, «esto va cada día peor y se pone de peor aspecto; los republicanos adelantan descaradamente, sin rebozo y a pasos agigantados». Sin miedo y sin reverencias, se queja. Ahí está el secreto de su odio y nuestra salida del laberinto.
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