
Hace pocos días celebramos nuestras Fiestas Patronales. Había muchos carteles de colores vistosos que anunciaban la presencia de seis toros bravos. Tres toreros desplegaron ante ellos su destreza y su valor. Su arte. Y los toros, pese a su nobleza, acabaron muertos. El poeta Miguel Hernández, a pesar de ser taurino —o tal vez por ello— escribió en un poema: «Como el toro / he nacido para el luto y el dolor». Ese verso me hizo pensar.
Porque durante siglos hemos
construido nuestra idea de humanidad separándonos del animal. Nosotros somos
razón, lenguaje, cultura; ellos, naturaleza e instinto. Jacques Derrida
cuestionó radicalmente esa frontera y formuló una interrogación sencilla, pero,
de alguna manera, perturbadora: el animal no es solamente aquel a quien
miramos. También él nos mira.
¿Qué ocurriría si aceptáramos por
un instante la mirada del toro?
La corrida puede entenderse como
una representación extrema del sujeto soberano. El toro posee la fuerza; el
hombre, el poder. Es el hombre quien construye la plaza, establece las reglas,
elige las armas y determina el desenlace. Después llama combate a esa
desigualdad y convierte al animal en símbolo: bravura, nobleza, casta, naturaleza.
Cuanto más hermoso y poderoso sea, mayor será la gloria de quien consiga
someterlo.
Pero debajo del símbolo permanece
un cuerpo vulnerable.
Quizá sea precisamente esa
oposición entre fuerza y poder la que revele algo más profundo. El toro es
físicamente más fuerte, pero el hombre posee el mundo en el que ambos se
enfrentan. Ha creado el escenario, conoce las reglas y administra incluso la
muerte del otro. El animal representa entonces aquello que la cultura
occidental ha situado fuera de sí: naturaleza, instinto, cuerpo, fuerza.
Dominarlo puede leerse como una antigua representación de nuestra soberanía
sobre todo ello.
Sin embargo, nosotros compartimos
con los animales más de lo que quisiéramos reconocer. Somos cuerpo. Sangramos,
enfermamos, sentimos miedo, envejecemos y morimos. Por mucho que construyamos
plazas, ceremonias y símbolos, seguimos perteneciendo a esa naturaleza que
pretendemos contemplar desde fuera.
El poema de Hernández nos
recuerda precisamente esa condición. Una antropología de la finitud parte de
reconocer que nuestra vulnerabilidad no es una anomalía, sino una dimensión
constitutiva de lo humano. Esa conciencia puede conducirnos en dos direcciones
opuestas: soy vulnerable, por eso necesito dominar; soy vulnerable, por eso
reconozco la vulnerabilidad del otro.
La segunda conduce a una ética de
la compasión.
No necesitamos demostrar que un
toro piensa como nosotros. Basta una pregunta simple: ¿puede sufrir?
Puede. Y de qué manera.
Entonces la cuestión deja de ser
si la tauromaquia posee tradición, belleza, ritualidad o valor cultural.
Incluso concediendo todo eso, permanece una pregunta anterior: ¿pueden nuestro
placer o cualquier pretensión artística justificar el sufrimiento deliberado de
otro ser?
Tal vez la crueldad más peligrosa
no consista únicamente en provocar dolor, sino en construir ceremonias,
palabras y costumbres capaces de volvernos insensibles ante él. Llamamos
bravura a su resistencia; arte, a nuestra intervención; fiesta, al
acontecimiento. El lenguaje puede ennoblecer una práctica, pero también puede
ocultarnos aquello que sucede ante nuestros ojos.
Hace muy pocos días, en el centro
de la plaza de Alcañiz hubo seis animales magníficos a merced de nuestro poder.
Creímos estar contemplándolos. Pero quizá fueran ellos quienes nos estaban
mostrando quiénes somos.
Y acaso esa fiesta que proclama
nuestra superioridad no fuera sino un viaje al corazón de las tinieblas.
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