
Tengo casi 54 años. Nací en Cataluña, pero mis raíces son aragonesas y mi corazón siempre encuentra el camino de regreso a Montalbán. No es una frase hecha; es una forma de entender la vida. Porque hay lugares que no solo te ven crecer, sino que te enseñan quién eres. Y Montalbán, junto a las Cuencas Mineras de Teruel, me enseñó el valor del esfuerzo, la dignidad y el orgullo de pertenecer a una tierra que nunca se ha rendido.
Mis abuelos, Aniceto y Pilar, fueron parte de esa generación que levantó familias enteras con el trabajo de sus manos y la fuerza de su palabra. Ellos, como tantos vecinos de esta comarca, nunca esperaron que nadie les regalara nada. Construyeron su futuro con sacrificio, solidaridad y una capacidad de resistencia que hoy sigue siendo el mayor patrimonio de nuestros pueblos.
Las Cuencas Mineras no son una fotografía del pasado ni un rincón olvidado del mapa. Son la memoria viva de miles de hombres y mujeres que hicieron posible el desarrollo de este país. Durante décadas extrajeron el carbón que alimentó industrias y hogares, contribuyendo al progreso de España. Sin embargo, cuando llegó el momento de devolverles parte de lo que habían entregado, demasiadas administraciones optaron por mirar hacia otro lado.
El mundo rural no necesita homenajes vacíos ni discursos cargados de buenas intenciones cada vez que se acercan unas elecciones. Necesita decisiones. Necesita inversiones, servicios públicos dignos, cobertura sanitaria, escuelas abiertas, comunicaciones, oportunidades para los jóvenes y respeto para quienes deciden quedarse. Porque permanecer en un pueblo hoy no es resignarse; es un acto de compromiso y, en muchas ocasiones, de auténtica valentía.
Hay quien habla de la «España vaciada», pero pocas veces se pregunta quién la vació o quién permitió que se vaciara. Los pueblos no desaparecen por casualidad. Desaparecen cuando la política deja de escuchar, cuando las promesas sustituyen a los hechos y cuando se considera que vivir lejos de una gran ciudad equivale a tener menos derechos.
Por eso seguiré defendiendo Montalbán y las Cuencas Mineras siempre que tenga ocasión. Porque allí aprendí que la verdadera riqueza de un territorio no está en sus edificios, sino en las personas que lo mantienen vivo cada día. Y porque mientras existan vecinos orgullosos de su tierra, habrá esperanza para el mundo rural. Lo que no puede seguir ocurriendo es que quienes sostienen esa esperanza continúen sintiéndose invisibles para quienes tienen la obligación de gobernar para todos.
Alberto Gómez Martín
Militante MAR
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