
El pasado 14 de marzo falleció el filósofo Jurgen Habermas (1929-2026), considerado hasta entonces como el más importante intelectual europeo vivo. Su dilatada vida le permitió ser testigo de hechos fundamentales de la historia de Alemania y de Europa. Esto es esencial para comprender su obra, con la cual se ha convertido en toda una referencia, no solo entre los «intelectuales» (filósofos, sociólogos, politólogos…), sino para cualquier ciudadano consciente que se pregunte acerca del contenido, los límites y el futuro de las democracias.
La obra de Habermas es muy amplia, pero vale la pena centrarse en dos de sus ideas más conocidas: la «democracia deliberativa» y el «patriotismo constitucional».
Habermas plantea una noción radical de la democracia, que no debe limitarse a convocar a los ciudadanos a las urnas cada cuatro años, sino que debe ser «deliberativa»: los ciudadanos «libres e iguales» nos ponemos de acuerdo hablando, compartiendo argumentos, razonando. Y eso lo hacemos en el «espacio público», entendido como el espacio de interrelación entre la ciudadanía y la esfera de toma de decisiones, y que va más allá del Parlamento: es la calle, la asociación de vecinos, el taller o la empresa, el parque o el mercado. Para que la conversación sea fructífera, ha de contar con información precisa, plural, honesta y rigurosa, y con un lenguaje claro y también preciso. Por tanto, los medios de comunicación juegan un papel fundamental para aportar ese lenguaje y esa información al espacio público. La actual deriva de muchos medios y la aparición de las redes sociales, con sus dinámicas tóxicas, ponen en cuestión el modelo de Habermas, pero lo hacen, sin duda, más necesario que nunca. Como ha escrito en ocasiones la politóloga Cristina Monge: «De la crisis de la democracia solo se sale con más democracia».
El otro concepto célebre acuñado por Habermas es el de patriotismo constitucional. «Este modelo de identidad política se basa en la adhesión a los principios y procedimientos del Estado democrático de derecho. Los ciudadanos se identifican con los valores constitucionales y con la participación común en las instituciones democráticas, y no con una comunidad de origen cultural o étnico. El patriotismo constitucional permite concebir una identidad política compatible con sociedades pluralistas(1)» . La idea de Habermas surge de las cenizas de la guerra mundial y de la catarsis de la sociedad alemana tras el Holocausto, que es la base para la Ley Fundamental de Bonn de 1949. De un modo parecido, la Constitución italiana de postguerra realiza un esfuerzo superador de las diferencias políticas del país mantenidas durante toda la primera mitad del siglo XX. Son enfoques, precisamente, muy alejados de la interpretación estrecha e interesada con que la derecha española -aznariana primero, Vox después- se ha apoderado de la Constitución de 1978 (ya de por sí bastante débil y sesgada) para concebirla como un documento «de parte», que deja de lado a otra gran parte de la población española, ya sea por origen social, ya sea por territorio, y que no siente la bandera rojigualda como propia. Y eso, cuando precisamente España venía de un ciclo traumático (guerra civil y dictadura) que debería haber sido la base para una Constitución superadora. Pero no. Por eso, las ideas de Habermas son todavía del máximo interés para intentar entender y resolver los muchos asuntos pendientes de la frágil democracia española.
(1) «Habermas como filósofo de la democracia constitucional», J.J. Solozábal, El País, 16/03/26.
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