
Es recurrente en algunas zonas rurales de Teruel, y puesto en boca de quienes detentan la capacidad legal de marcar por dónde se plantean las propuestas de desarrollo y cómo se gasta el dinero público, escuchar que «Aquí no tenemos nada». Y proyectar la vista hacia lugares que les parecen más prósperos, basándose en afirmaciones como que «Aquí no hay playa para un turismo masivo, estaciones de esquí para salvar el invierno, ni grandes industrias que garanticen el futuro».
También es muy fácil escuchar en los últimos tiempos que la gran oportunidad está en los proyectos que destruyen el territorio para generar recursos y valor añadido en otros sitios. Pensar que si se llena el Bajo Aragón de centrales eólicas o fotovoltaicas, va a generar empleo e industrialización, es no saber cómo funcionan las cosas o directamente engañar. La sola producción de energía no hace que se creen empresas en su entorno, pues, aunque sería lo lógico, no es lo habitual. Solo hay que ver las empresas que se han creado en torno a la central de Andorra en los últimos cuarenta años. Pero ahora se dice que con las renovables será posible, cuando resulta que estas ni son intensivas en empleo, ni tienen porque consumirse en proximidad según el modelo propuesto.
Sin embargo inversiones gestionadas durante muchos años buscando la identidad del territorio y luchando por un desarrollo endógeno, han puesto de manifiesto con hechos, que es una provincia rica en productos de calidad alimentaria, en valores ambientales para sustentar un turismo de calidad y ofrecer recursos eco-sistémicos valorizables , en una ganadería de calidad a la que falta dar valor añadido, en una riqueza paisajística y natural para atraer a personas con disponibilidad de tiempo. En definitiva, tiene un potencial, ya desarrollado en muchos sectores, que alienta un buen futuro. Y siempre trabajando desde el territorio, creando y manteniendo empleos estables a lo largo del tiempo.
Este segundo modelo se basa en la autonomía y la autosuficiencia del territorio; el otro presenta la provincia como incapaz de auto desarrollarse, maldita por su aislamiento y por su entorno inhóspito, que sólo puede salir adelante con la llegada de proyectos energéticos, mineros o macrogranjas. Olvida que el valor de esta provincia está en sí misma, con empresas locales, pues las iniciativas que vienen de sitios lejanos y no tienen implicación, acaban marchándose y dejando más problemas que soluciones.
Si quienes han sido elegidos para animar y motivar desde la realidad del territorio, se dedican a proclamar que no ven posibilidades en el mismo y a plantear un futuro negro e incierto, lo que consiguen, es abrir la puerta de par en par a especuladores y empresas extractivistas, algo que ya lleva soportando la provincia muchos años en sectores como la minería o la producción de energía.
Todos los ejemplos de empresas extractivistas afincados en Teruel, no han llevado a una repoblación o una reactivación de la misma, sino a una caída cada vez más rápida. Por otra parte, los esfuerzos de empresarios locales sí que han afianzado los pueblos, sí que han creado identidad y dotado de futuro, un futuro que todavía puede ser mejorado con proyectos creativos.
No se pueden abandonar los esfuerzos de tantos años de desarrollo rural en la provincia, de tantos recursos europeos invertidos, de tantos sueños hechos realidad, sólo por la incapacidad de algunos para ver por dónde generar ilusión y futuro. No será el Nudo Mudéjar quien aliente el futuro de Andorra y su comarca, ni las muchas centrales de placas proyectadas, pues sólo aportarán más abandono y deterioro del entorno.
La alternativa sería construir desde recursos endógenos y con empresas locales, que han ayudado siempre a consolidar y mantener los territorios, siendo capaces de atraer pequeñas empresas que se establezcan en el territorio al amparo de condiciones favorables.
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