Ser mujer no es una categoría estática, inamovible ni universal, en el sentido de que todas las mujeres tienen las mismas experiencias. El feminismo ha desempeñado un papel crucial para mostrar que como dijo Simone de Beauvoir: “mujer no se nace, se hace”, por lo que lo femenino se ha construido en base a asignaciones sociales, culturales y simbólicas sobre lo que “debe” hacer, sentir o ser una mujer.
Veamos qué significado tiene el término rural, este no sólo señala fuera de la ciudad. Ruralidad evoca redes de relaciones distintas, formas de vida vinculadas a la tierra, dependientes de factores climáticos, servicios públicos menos accesibles, distancias mayores. Para muchas mujeres del medio rural pueden significar una mezcla de autonomía y dependencia: autonomía en la gestión tradicional del cuidado del territorio, pero dependencia frente a infraestructuras, políticas públicas o la invisibilidad institucional.
El territorio rural, además, suele estar marcado por la despoblación, la precariedad económica, la falta de transporte público, de internet de calidad, de servicios sanitarios y educativos accesibles. En este contexto ser mujer rural implica no sólo enfrentarse a las desigualdades de género comunes, sino a las que derivan de vivir en espacios con menos recursos y menor visibilidad.
En este entorno, las mujeres están concentradas en trabajos de cuidados, en manipulación agroalimentaria pero mucho menos en tareas de decisión técnica o liderazgo en explotaciones agrícolas o ganaderas. También existe segregación vertical, como advierten desde Fademur (Federación de mujeres rurales), los puestos de responsabilidad, consejos rectores en cooperativas, órganos de gobierno local o comarcal o participación política relevante, están predominantemente en manos de hombres.
Debemos hacer una llamada al feminismo para que los avances conseguidos lleguen de igual manera a todos los lugares. Como se ha insistido desde el feminismo interseccional y rural, las diferencias importan. El género interactúa con la clase, la raza, la edad y también con la ubicación geográfica. Ser mujer en la ciudad no es lo mismo que ser mujer en un pueblo: los desafíos, las oportunidades, las expectativas y los “debes” ser, o hacer, varían.
Es por ello que deben emerger espacios de resistencia, creación, transformación y proponer otras maneras de relacionarnos con la tierra, con los cuerpos, con la comunidad y la economía. Visibilizar y dar voz a las mujeres rurales, reconocer su trabajo, sus derechos, sus talentos y su autonomía. Es necesario transformar las políticas públicas con criterio de género y de territorio para que los pueblos no sean zonas marginales, sino espacios de vida y futuro.
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