
Todos los años, de forma recurrente y coincidiendo con la temporada de caza mayor, medios de comunicación de todo tipo nos bombardean, día sí y día también, con noticias negativas sobre nuestro denostado y perseguido jabalí. Que si hay “hipermegasuperpoblación”, que si provocan accidentes de tráfico, que si destrozan cosechas, que si patatín, que si patatán.. No son más que campañas que persiguen blanquear y justificar ante la opinión pública la actividad cinegética y poner en valor el sádico entretenimiento de ciertos “señoros”. Con motivo de la campaña de este año, ha saltado a la palestra un nuevo factor: el virus de la peste porcina africana (PPA).
Un brote de esta enfermedad detectado a finales de Noviembre de 2025 en la provincia de Barcelona, ha hecho saltar todas las alarmas, y el chivo expiatorio está siendo el jabalí, para su desgracia, su principal vector de propagación.
Pero, ¿qué es la PPA? El primer brote de esta enfermedad se detectó en 1921 en Kenia en una explotación ganadera de cerdos importados de Europa. En África es una enfermedad endémica, y el primer brote detectado en Europa fue en Portugal, también en una granja de cerdos. En Europa occidental y en América, se consiguió erradicar, aunque ha habido brotes esporádicos originados por movimientos de productos cárnicos contaminados.
Esta enfermedad provoca fiebre alta, ictericia, problemas respiratorios, diarreas y vómitos sanguinolentos y petequias. Los animales infectados mueren por una combinación de colapso circulatorio, fallo multiorgánico y hemorragias internas severas. La PPA afecta exclusivamente a cerdos domésticos y jabalíes, por lo que este nuevo brote ha puesto en jaque a la industria porcina del estado, que se enfrentaría a pérdidas millonarias si el virus infectara a los animales que explota.
Ya hemos contado que todos los años se repite la misma historia, siempre difundida desde el mismo sector. Según investigadores y científicos de la Universidad de Barcelona y del CSIC, el jabalí tiene un papel ecológico definido y su abundancia responde a varios condicionantes: disponibilidad de alimento (las grandes extensiones de monocultivos, principalmente de maíz destinado a la elaboración de pienso para el ganado son un auténtico paraíso para los jabalíes) , posibilidad de refugio en los bosques, ausencia de grandes depredadores (es de sobra conocido quién ha llevado a la extinción al lobo ibérico en gran parte de nuestra geografía), la presión cinegética (adelanta el celo de las hembras jóvenes) y una elevada capacidad de adaptación. En la fauna salvaje, las poblaciones nunca son estables. Hay periodos de abundancia y otros de escasez y la distribución siempre es heterogénea, por lo tanto, no se puede actuar igual en todas partes. Hay especies, como los grandes omnívoros y herbívoros, que forman parte del ecosistema y que, por su ecología, alcanzan abundancias elevadas, pero esto no significa que haya un desequilibrio. La abundancia puede indicar que el ecosistema funciona y que ciertos procesos naturales se han recuperado. No se puede hablar de sobrepoblación de ninguna especie sin antes haber realizado un censo de carácter científico, y, ahora mismo se utilizan a la ligera tanto este término como el de “plaga” respecto a ciertas especies silvestres, solamente porque representan molestias a ciertas actividades humanas. Para Bajo Aragón Animalista, la única sobrepoblación que existe es la de individuos hacinados y explotados por la industria cárnica (el 62% de la biomasa de los mamíferos terrestres a nivel mundial corresponde al ganado, mientras que sólo un 4-5% corresponde a animales silvestres), y de ella poco se habla. Como tampoco se habla de la cría en granjas cinegéticas de jabalíes para su posterior suelta o, como llevan advirtiendo varias entidades agroganaderas desde hace años, de la importación ilegal de jabalíes procedentes del Este de Europa, donde la PPA no está erradicada, para cazarlos como trofeo.
Numerosos estudios y evaluaciones de organismos como la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) coinciden en algo fundamental: la caza masiva del jabalí, por sí sola, no detiene la peste porcina africana. En algunos casos, incluso puede empeorar la situación.
La razón es sencilla. La presión cinegética intensa rompe la estructura social de los grupos de jabalíes, provoca desplazamientos bruscos, dispersa animales infectados y aumenta el contacto entre poblaciones que antes estaban relativamente aisladas. Es decir, más movimiento, más estrés y más riesgo de propagación del virus. Además, la PPA no desaparece cuando cae un animal abatido. El virus permanece activo durante meses en los cadáveres, en el suelo y en restos orgánicos. Sin una vigilancia exhaustiva y una retirada sistemática de animales muertos, la caza se convierte en un parche ineficaz, cuando no directamente contraproducente.
Pero la ciencia ni genera likes en redes sociales, ni votos en las urnas, y de ello son muy conscientes ciertos gobiernos autonómicos (los de siempre) enemigos de animales, que han dejado en exclusiva en manos de los cazadores la gestión y “prevención” de una hipotética crisis que afectaría al sector porcino (los dos lobbies del maltrato animal más influyentes y poderosos trabajando codo con codo), permitiendo, promoviendo y subvencionando la caza indiscriminada de miles de jabalíes (adultos y crías; infectados y sanos) en sus territorios y elevando a la categoría de héroes a los cazadores, que, siendo parte del problema, en la PPA han hallado la excusa perfecta para reivindicarse y justificar lo injustificable: su innecesaria y sádica afición.
Por si ya no lo estaban antes, nuestros montes van a llenarse de sangre inocente (y de plomo) de manera indefinida.
Patógenos como la PPA o la gripe aviar, extremadamente letales para la fauna silvestre, han tenido su origen en explotaciones ganaderas, debido al hacinamiento y a la insalubridad que padecen o han padecido los animales allí explotados. No es nada descabellado que el próximo patógeno que ponga en jaque nuestra propia existencia, salga de una explotación ganadera.
Para revertir esta situación, urge un replanteamiento en la forma en que nos relacionamos e interactuamos con los animales “de consumo”. Urge un cambio radical en los hábitos de consumo alimenticio de gran parte de la sociedad.
Hasta entonces, animales inocentes, explotados o salvajes, seguirán pagando con lo más preciado que tienen: su vida.
Incluso los humanos, puede que algún día, también podamos pagarlo caro…
¿Te ha gustado este artículo? Compártelo