Como se señalaba recientemente en la prensa regional(1): “Aragón cuenta con 4.191 explotaciones y un censo que ronda los 10 millones de cabezas, la comunidad se ha convertido en la mayor potencia de esta ganadería en España, y uno de cada cuatro cerdos que se crían en el país lo hacen aquí. Representa el 32% de la producción final agraria aragonesa y cerca del 40% del valor total de la agricultura y la ganadería en la comunidad. Su aumento se ha producido especialmente desde comienzos del siglo XXI, con un 61% más de explotaciones. Ese músculo se traduce en comercio exterior. En 2024, Aragón superó los 2.200 millones en exportaciones de porcino, y en el primer semestre de 2025 alcanzó 1.089 millones, muy cerca del récord del año anterior”.
En las comarcas del Bajo Aragón histórico se encuentran 615 explotaciones, que suman 1.160.816 plazas, todo ello, en un territorio que cuenta con unos 73.703 habitantes. Dicho de otra manera, “tocamos” a más de 15 plazas de porcino por persona…
Dado el impacto que puede tener sobre la cabaña ganadera, y la mayor posibilidad de transmisión en el marco de un mercado único y sin fronteras, la Unión Europea vigila estrechamente la evolución de esta enfermedad, y financia programas de vigilancia para los Estados Miembros y para países limítrofes (ya sabemos que las enfermedades no conocen fronteras). Ahora bien, no se vigilan (al menos, con programas de la UE) todas las enfermedades en todos los países: en cada uno se vigilan aquellas que están reportadas o que vienen representando un riesgo. La peste porcina no lo era (no lo es aún) en el caso de España, que en 2024 cubrió con fondos europeos programas de vigilancia para salmonella, gripe aviar y encefalopatías espongiformes bovinas (las “vacas locas”).
Por ello, en el más reciente informe publicado del Comité Asesor Europeo de Salud Animal (2), no aparecía todavía el brote detectado en Cataluña. De todos modos, de dicho informe, e incluso de las actividades llevadas a cabo en las últimas semanas, se infiere que el seguimiento -incluso sin programas específicos de la UE-, es exhaustivo y permanente, lo cual permite intervenir con rapidez en caso de aparición de un brote. También se infiere que los casos se circunscriben sobre todo a jabalíes y cerdos salvajes, siendo los brotes en cerdos domésticos extremadamente raros, especialmente en Europa occidental.
Otra cosa es que la aparición de estos brotes plantee dos cuestiones. Por un lado, el riesgo de que se extienda a la cabaña doméstica está directamente relacionado con la intensificación del sector: más animales en menos espacio, más hacinamiento, más posibilidad de transmisión de enfermedades. Igual que un monocultivo de pinos en el monte puede arder de manera mucho más rápida que un bosque natural pluriespecífico o salteado de parcelas de prados, cultivos y pastos.
Por otra parte, este brote se ha convertido en la ocasión que buscaban muchos cazadores para “reivindicarse” como protectores de la naturaleza y de la sociedad, matando jabalíes para “impedir” la propagación de la enfermedad. Y todo ello en un contexto de reducción del número de licencias, envejecimiento del censo de cazadores y progresivo descrédito social de la actividad.
La primera cuestión debería hacernos reflexionar sobre el tamaño y alcance de esta actividad, cuyas consecuencias no son solo el mayor riesgo de propagación de enfermedades. Hablamos de impactos ambientales en forma de purines o metano, de dificultad para conseguir agua de boca (como en el Matarraña), de un sobreconsumo absoluto de proteína animal con serias consecuencias sobre la salud y la calidad de vida, y una vulnerabilidad cuyos principales paganos, en caso de catástrofe, no serán los grandes grupos nacionales o multinacionales que operan en integración, sino los pequeños productores que viven en los pueblos y que, entonces, se dirigirán, no a la integradora, sino al Gobierno en busca de ayudas.
La segunda cuestión nos debería recordar, más que reivindicar medidas “de final de tubería” o de intentar vestir la caza con ropajes éticos, que la sobrepoblación de jabalíes -igual que la de conejos- es un síntoma de un profundo desequilibrio ecológico, conseguido a base de eliminar todo tipo de depredadores (lobos, linces, águilas,…) y una modificación del entorno donde el jabalí, como especie omnívora y oportunista, ha encontrado acomodo, refugio y alimento. Es decir, que es el ser humano el principal responsable de dicha sobrepoblación, y que, como mínimo, habría que tenerlo presente en el momento de apretar el gatillo.
En definitiva, una situación delicada, para la que se han puesto en marcha medidas rápidas, pero que nos recuerda la vulnerabilidad de nuestro modelo económico y los peajes que ya pagamos, y podríamos seguir pagando por ello.
(1) “Aragón, columna vertebral del porcino española: 10 millones de cerdos, 4.200 granjas y una factura exterior de 2.200 millones”, El Periódico de Aragón, 29/07/2025.(2) https://food.ec.europa.eu/animals/animal-diseases/diseases-and-control-measures/african-swine-fever_en
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